Hablemos de terrorismo
Alexandro Saco
Y de quienes y a cuántos
matan. Pero eso no interesa a los que en nuestras tierras se llenan la boca de
la palabra mágica de inicios del siglo XXI. El señalamiento de terrorista es un
pretexto para no discutir el fondo de las cosas. Con una ligereza alucinante o
premeditada, se dice que Alkaeda es lo mismo que las
FARC y que somos parte de la lucha global contra el terrorismo. Si alguien es
señalado como terrorista pierde su humanidad, sus derechos políticos, su
libertad al fin. Pero lo paradójico del asunto es que hoy los que acusan de
terroristas a otros son los que destruyen y matan por medio mundo o pretenden
sostener que toda protesta social es injustificada (para, en el caso peruano,
decir que los campesinos se matan entre ellos). Todos sabemos quiénes son los
que hoy destruyen, pero es bueno refrescar la memoria de algunos casos.
Comencemos por el presidente
al que en unos días Alan García estrechará la mano para que invierta en el
Perú. Se llama Hu Hintao y
dirige un Estado que la semana pasada ha asesinado a más de cien tibetanos
(según la prensa muchos calcinados) y que mantiene encerrados a miles que piden
la libertad en esas tierras altas. Hu Hintao fue gobernador del Tibet hace
tres lustros y encabezó la anterior criminal ofensiva contra los que rechazan
la ocupación china. Hablemos de los miembros de Falun
Gong, una disciplina espiritual y corporal que tiene millones de practicantes
en China y que por eso es vista como peligrosa para el sistema. Miles de ellos
han sido encarcelados y muchos asesinados; a algunos se les extirpa los órganos
para comercializarlos en Europa o EEUU; denuncias conocidas en
La permisividad del uso de la
palabra terrorismo y el antojado enfoque que se hace de ésta le han quitado
sentido. Una definición clásica señala que un acto terrorista es el que para
lograr objetivos políticos no diferencia entre población civil o militar en sus
ataques. Por ejemplo, Israel señala que una cosa distinta es asesinar a
milicianos y que estos ataques cobren la vida de inocentes. Desde mi punto de
vista esa es una treta que oculta otras intenciones geopolíticas. Además, en
este caso, como en el caso de Irak, justificar la matanza de civiles con el
escudo del asesinato de un terrorista para fines prácticos es lo mismo. Todo
eso, aceptando el significado de terrorismo en el discurso oficial. Por
supuesto, tenemos toda la libertad de desechar ese uso.
La invasión a Irak o
Afganistán ejercida por los EEUU es otra de las muestras del desparpajo con que
se asesina a los llamados terroristas. Jamás sabremos cuántos de los cientos de
miles de muertos (o millones como los millones del TLC) producidos en estas
guerras fueron milicianos. Es obvio que la mayoría de las víctimas han sido
civiles inocentes; y en el caso de que fueran resistentes a la ocupación, están
en todo su derecho de repeler la bota que va por el petróleo. Mientras tanto en
Perú se encierra a gente que viene de un encuentro político o se hace batidas
en Quilca con el único ánimo de intimidar el
pensamiento distinto. Las justificaciones de lo que viene sucediendo en el país
contra los que confrontan al régimen son ridículas y sí huelen a fascismo.
Los dos principales socios
comerciales del Perú, China y EEUU, son estados que califican como estados
terroristas. Las muertes de las que son responsables se suman por millones.
Eso, en comparación con lo que hoy se quiere hacer presentar en el Perú y
relacionarlo con el terrorismo mundial, no resiste ninguna fundamentación
equilibrada. Ahí están las ocupaciones, ahí los muertos, ahí la represión, ahí
las imágenes que día a día se muestran pero que hemos normalizado cual
borregos. Nos están encerrado en la granja de Orwell,
pero ya no por la barbarie comunista, sino por la degeneración del falso
liberalismo que habla de libertad y que ha encontrado la palabra mágica para
tratar de desaparecer la resistencia.
El peligro en el mundo no está
representado por los tibetanos, los palestinos, los chechenos,
kurdos o las casas de
16 3 2008