Los herederos europeos de Bus

 

Justo Fernández Rodríguez

 

Después de la retirada política de Aznar y Blair, adláteres belicistas generosamente recompensados por el magnate de la comunicación mundial Murdoch, por su complicidad en la invasión ilegal de Irak, con empleos, jornada flexible y retribuciones multimillonarias, queda el tercer farsante de las Azores, George Bush, principal responsable de las matanzas de civiles, la creación de un centro internamiento ilegal, Guantánamo, donde se tortura sistemáticamente. Ahora ha emprendido un viaje de despedida por algunos países de la Unión Europea, cuando solo quedan algunos meses para que abandone la Casa Blanca y la ocupe un demócrata que, por el momento, se ha manifestado contrario a la política exterior de su país.


Bush, con independencia de haber patrocinado la presión de los neoconservadores yanquis, para imponer sus recetas reaccionarias a la "vieja Europa" y de su aventurerismo militar, ha dividido a la comunidad internacional, oponiéndose a tomar medidas económicas y medioambientales para paliar las consecuencias negativas del cambio climático, y ha sido responsable principal de la crisis financiera de las hipotecas basura, la caída del dólar y el encarecimiento espectacular de los precios de los productos derivados del petróleo, provocando una crisis económica mundial de consecuencias impredecibles. Durante su estancia europea, se han producido dos hechos que evidencian la catadura política y moral de Bush.


La Confederación Sindical Internacional (CSI) ha presentado su informe sobre las normas fundamentales del trabajo en EE.UU.: la Administración niega a millones de trabajadores la libertad de afiliarse a un sindicato y negociar colectivamente. La Junta Nacional de Relaciones Laborales ha suprimido varias protecciones a favor de los trabajadores, debilitando sus posibilidades de reclamación. Se dificulta a los trabajadores despedidos ilegalmente la recuperación retroactiva de su salario. No se abordan eficazmente los problemas de la gran cantidad de niños y niñas, en su gran mayoría latinoamericanos que se ven obligados a trabajar en la agricultura en condiciones peligrosas. La discriminación y menores salarios de la mujer, especialmente, para las mujeres de color, no disminuye.


Tampoco ha debido agradar a Bush, la decisión del Tribunal Supremo, por cinco votos a favor y cuatro en contra, de que los sospechosos extranjeros, detenidos sin derechos, salvo el de ser torturados, en Guantánamo, pueden recurrir sus casos a los tribunales civiles de EE.UU.


Pese a sus tardíos amagos de excusas, admitiendo que se excedió para justificar la guerra de Irak, no ha dudado en reiterar que no descartaba un ataque contra Irán. Bush no merece ni una sola lágrima de despedida. Solo una buena parte de los líderes, actuales y antiguos, del Partido Popular, añorarán su presencia y su afanes bélicos.


La oleada de conservadurismo económico que ha invadido los principales países de la Unión Europea, con algún toque de nacionalismo fascistoide, encabezados por Francia, Alemania e Italia, en medio de una increíble y suicida apatía sindical, nacional e internacional, ha comenzado a mostrarnos su verdadero rostro reaccionario y sus objetivos de incrementar el grado de explotación de los trabajadores y sus familias, como solución a los problemas financieros y económicos creados por su incompetencia, rivalidad y voraces apetencias de ganancias fáciles.


Encabezados por Gran Bretaña, los ministros de Trabajo de la Unión Europea, por mayoría cualificada, con la estúpida abstención de España, que había manifestado su oposición a tal agresión social, han aprobado una nueva directiva sobre jornada de trabajo, que permite ampliar la jornada diaria más allá de las ocho horas y el límite de las 48 horas de la jornada semanal hasta las 65 horas, o más, haciendo retroceder los derechos laborales noventa años, hasta el 29 de octubre de 1919, cuando la Conferencia General de la OIT, celebrada en Washington, fijó la duración máxima de la jornada de trabajo en ocho horas diarias y 48 semanales.


Esta medida constituye un golpe mortal al modelo social europeo y una agresión a sindicatos y trabajadores. Las primeras consecuencias, contrarias a los intereses de los trabajadores, que tendría esta brutal ampliación de la jornada serían una pérdida drástica de puestos de trabajo, importante reducción de las conquistas sociales, incremento del desempleo en cifras inadmisibles, eliminación de las horas extraordinarias, no contabilizar las guardias como trabajo efectivo, reforzamiento de la autoridad empresarial y una reducción inaceptable de la calidad de vida de los trabajadores y del tiempo que pueden dedicar a la familia, los estudios o el ocio. Lógicamente, se han producido reacciones políticas, empresariales y sindicales.


La Confederación Europea de Sindicatos (CES) ha calificado de "inaceptable" el acuerdo alcanzado por los Veintisiete. La UGT entiende que el acuerdo individual entre empresa y trabajador deja a éste en una posición de negociación más débil y, prácticamente, a merced de la empresa. Además, se introduce la posibilidad de que se renuncie a derechos. Supone un atentado a la negociación colectiva. Si la directiva se aprobase en las condiciones pretendidas, va a ser la primera que introduzca una regresión en la protección de los trabajadores.

CC.OO. considera que "es el mayor ataque al derecho laboral europeo desde la creación de la Unión". "Es intolerable que se convierta la jornada laboral en una cuestión de relación individual entre empresario y trabajador, como señala la directiva".


El ministro de Trabajo del Gobierno español, Celestino Corbacho, ha querido desbaratar el intento, cargado de cinismo por parte de sus defensores, de "avance social", calificándolo de "regresión social". Si el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, dejó clara la oposición de España, manifestando que "no sólo no apoyaba la directiva, sino que la rechaza", ¿por qué se abstuvo, en lugar de votarla negativamente?

 

La CEO considera que se "ha interpretado mal" la directiva. Intentan explicar que es una necesidad de la globalización. En lugar de fomentar el progreso social en las potencias emergentes, se pretende reducir los niveles económicos, sociales y salariales conseguidos en los países de la Unión Europea, para mejorar su competitividad exportadora. Pero más peligrosa para los intereses de los trabajadores es la actitud de silencio cómplice con el proyecto reaccionario de los Sarkozy, Merkel o Berlusconi de los dirigentes del Partido Popular. Pese a la fiebre mediática que les ha atacado en los últimos meses, solo el portavoz de Empleo del PP, José Ignacio Echániz, ha defendido la directiva europea de las 65 horas, pretendiendo que la "directiva no es una obligación". Al parecer, este personaje o es un cínico o no tiene idea de las posibilidades que tienen los empresarios de convertir en obligatorio lo que pudiera ser dudosamente voluntario.


Cuando llegue al Parlamento Europeo, para una segunda lectura, la acción de las organizaciones sindicales de todos los países de la Unión Europea y sus expresiones supranacionales, la Confederación Europea de Sindicatos y la Confederación Sindical Internacional, con millones de afiliados, deberían haber dejado meridianamente claro, utilizando todo el bagaje de acciones sindicales, que no permitirán el regreso al siglo XIX en las relaciones laborales, volviendo a las "jornadas de sol a sol". De prosperar la propuesta, los trabajadores podrían preguntarse: sindicatos, ¿para qué?


Por las páginas de Internet se empieza a encontrar una respuesta lógica, ¿65 horas? Ni de coña.