Una historia radiofónica

 

Juan Manuel García Ramos

 

Se trata de reírnos un poco; una terapia oportuna para los duros tiempos que corren. Y de ciertas risitas va este asunto.

Un día de esta última semana, me encontraba oyendo un programa radiofónico dirigido por un señor godo -dicho esto con todos los respetos y con el preciso significado que le otorgamos a ese gentilicio en Canarias, es decir, un señor peninsular con ínfulas coloniales, ni más ni menos-, cuando un contertulio del mismo programa le dio la noticia de que don Tomás Padrón, presidente del Cabildo de El Hierro y líder de AHI, había declarado en el espacio ’Buenos días Canarias’, de nuestra televisión autonómica, conducido por Carmelo Rivero, el derecho de Canarias a la autodeterminación e incluso a su independencia.


El gachupín de turno emitió entonces unas risitas radiofónicas en las que todos los oyentes pudimos detectar algo más que nerviosismo, un nerviosismo trufado de voluntariosa incredulidad y luego elevado a categoría de chanza, pero de chanza acobardada: "¡Eso es imposible, estás bromeando!", le espetaba con pasmo indisimulado a su compañero de ondas que volvía a ratificarle la noticia y le señalaba el periódico donde aparecía publicada en primera página[1]: DIARIODEAVISOS.


Ha sido de las pocas veces en las que he visto a este señor al que me refiero verdaderamente desconcertado, pues su recio pero acomodaticio carácter le ha permitido a lo largo de no muchos años cambiar de amo con una frecuencia y unas lealtades que asombrarían al Yago del Otelo de Shakespeare, y hasta a aquel conde don Julián, gobernador de Ceuta en el año 711, que facilitó arteramente al conquistador musulmán Tarik su entrada en España para quedarse en ella casi ocho siglos. Lo que nos cuenta don José Zorrilla sin mucha brillantez en su drama ’El puñal del godo’.


No es una conducta excepcional en Canarias la de ese señor al que me referí antes. Muchos como él, que merecen por sus conductas -y sólo por sus conductas y no por su lugar de nacimiento- el gentilicio despectivo más arriba mencionado, ensayan esos comportamientos por costumbre apesebrada, pues saben que en estas islas nuestras todavía padecemos el síndrome de la colonialidad, esa sensación de adormecimiento y pasividad que queda en los pueblos un día sometidos por otros intereses ajenos.


Nos deslumbramos por una zeta bien pronunciada, por esa manera de hablar alto, como si nunca hubieran albergado la duda, de algunos paracaidistas tardíos que todavía campean a sus anchas en tantos escenarios de nuestra vida ciudadana, santificando o demonizando reputaciones, prevaliándose de unos méritos que ni ellos mismos se creen. Pero medran con comodidad en el espacio de unas islas que llevan enfrentándose desde que se descubrieron a sí mismas.


Esto es lo que hay y tampoco tenemos que darle excesiva importancia. Hace ya mucho tiempo que esas maneras de ciertos fulanos de ir por la vida isleña fueron detectadas y bautizadas con mucho acierto, aunque eso de usar lo de godo como agravio no sea privativo de este archipiélago, ya en la América española se encargaron los criollos de darle circulación al adjetivo con tanto mimo como aquí.


Lo que más me sorprendió de la reacción del radioparlante aludido fueron esos momentos de duda metafísica que precedieron a las risitas nerviosas en cuestión, unos instantes de autointerrogatorio que llegaba uno a suponer casi frase por frase: "¿Y entonces, cuál sería mi futuro en una Canarias independiente? ¿Cómo seguiría yo ofreciéndome al mejor postor y pastoreando entre estas ovejas mansas?".

 

Bien es verdad que, con la que está cayendo, la bolada de don Tomás no fue de poca monta. Con su acelerón, dejó muy atrás la propuesta de Miguel Zerolo, de solicitar la condición de Estado Libre Asociado para Canarias.

Y creo que todos estamos cayendo en terminologías bastante resbaladizas en unos tiempos en los que el nacionalismo canario tiene que reflexionar con responsabilidad, aunque quizá no sea tan nocivo ni inoportuno propiciar esta tormenta de ideas sobre el futuro jurídico-político del Archipiélago.


Pero una cosa son las cosas que se dicen y otra quién las dice. Y don Tomás y don Miguel son dos nacionalistas que merecen bastante respeto entre sus ciudadanías. Por eso el diapasón de sus razonamientos y de sus afirmaciones se ha elevado mucho, hasta casi romperle los tímpanos al personaje de mi historia, al que ya le voy cogiendo cariño.


Ya Antonio Cubillo, con sus emisiones desde Argel de Radio Canarias Libre, consiguió desbandar a mucho forastero de las islas, pues la gente no nativa -incluso los turistas que nos dan de comer- es normal que se ponga nerviosa ante ciertas consignas y proclamas beligerantes. Yo no creo, y lo digo sinceramente, que ése sea el camino para conseguir el más alto autogobierno para Canarias. Pues de eso se trata: de hacernos cargo de nuestros asuntos directamente, sin intermediaciones de ningún tipo y sin herir a nadie que viva entre nosotros.

Desde luego, y ya lo he dicho hace una semana, la vía del Estado Libre Asociado modelo Puerto Rico está muy por debajo del nivel de competencias que podría disfrutar el Gobierno canario si hoy estuviera vigente el Estatuto de Autonomía que fue devuelto la pasada legislatura por las Cortes Generales españolas.


El Puerto Rico actual no tiene competencias ni en el control de sus fronteras, ni en el de su espacio aéreo, ni en materia de inmigración, ni en defensa, ni en comercio, ni en firmas de tratados con otros países, ni en relaciones exteriores


En cuanto a lo observado por Tomás Padrón en la entrevista de referencia, también es verdad que Canarias tiene derecho, como el resto de los pueblos que están en su situación histórica y política, a opinar sobre su autodeterminación, concepto maldito durante mucho tiempo para el aparato del Estado español, pero de natural aplicación a un territorio como el nuestro.


Se trata de un derecho suscrito por España en distintos momentos de su evolución internacional, una norma que no tiene por qué asustar a nadie. Tampoco los cientos de miles de canarios están pendientes de ejercitar mañana mismo ese principio democrático. Pero podemos hablar de él, como ha hecho el presidente del Cabildo herreño, con naturalidad y sin temores innecesarios.


España le prometió a la antigua provincia del Sahara Occidental preservar su derecho a autodeterminarse y todavía están esperando los saharauis a ejercerlo, tras la traición del tardofranquismo y la ignorancia de las instituciones españolas actuales. Sería necio negarlo.


No es malo que los pueblos piensen en su futuro con los conceptos políticos y jurídicos que tengan a mano. Otra cosa es imponer situaciones que requieren de mucha paciencia y de mucha prudencia, virtudes de las que tampoco carecen mis queridos Tomás Padrón y Miguel Zerolo.


De todas formas, me quedo con la risita nerviosa de mi astro radiofónico. A él sí le molesta que otros piensen y se atrevan a confesar en público lo que piensan. ¡Faltaría más!

[1]