La ideología del coche eléctrico
Juan Jesús Bermúdez Ferrer
Partimos del hecho de que tienen coche aquellos que
hoy en el Mundo tienen mayor poder adquisitivo. Son una minoría, porque la
mayor parte de la población mundial se mueve caminando, en transporte público,
a lomos de algún animal o en bicicleta. Los propietarios de vehículos de
transporte privado consumen al día casi 20 millones de barriles de petróleo,
algo menos de la cuarta parte de la extracción mundial. Para muchos de ellos,
el vehículo de uso individual se ha convertido en algo imprescindible, porque
el urbanismo de las regiones con mayor renta per
capita se ha diseñado alejando usos y consumos de forma creciente: el
famoso “suburbia” americano se ha apoderado del
esquema de ordenación de muchos territorios: la compra, el trabajo, el ocio, la
familia, etcétera, se hayan a kilómetros de distancia, salvados por el uso
incesante del coche, convertido además en objeto de culto. Como en su momento
advirtió el filósofo Iván Illich, en realidad nos
hemos convertido en reos de la velocidad creciente, promoviendo un modelo
social -y mental- que considera inmutable la pulverización cotidiana de las
distancias. En vez de eso, tenemos hoy sufridas retenciones, a través de
atascos que las carreteras no resuelven y, sobre todo, costes crecientes para
mantener ese imposible escenario.
Precisamente la subida del precio del combustible ha
disparado, de nuevo, la que podemos denominar como ideología del coche
eléctrico. Según sus preceptos, en realidad el incremento del carburante y el
freno a otras tecnologías es parte de una operación de corte conspiranoico que se tienen entre sí las empresas de coches
y las petroleras, para desecar la sufrida piel del automovilista. Piensa el
imbuido por la ideología del coche eléctrico que, sin esos obstáculos, todo
sería perfecto: tendría un enchufe en casa y, mientras duerme, cargaría
dulcemente su vehículo -que en absoluto perdería prestaciones de confort,
velocidad punta, etc.- para, al día siguiente, volver a usarlo, con el valor
añadido de que el coche contaminaría mucho menos y sería muy silencioso.
Claro que este amable cuadro de trazos futuristas cuenta
con algunos peros importantes, que el consumidor del coche de combustión
interna no se suele plantear. Sustituir la flota de turismos actual -más de 700
millones en el Mundo- por no hablar de los vehículos de transporte
pesado, requeriría multiplicar por varios enteros la potencia eléctrica
instalada. Dado que hoy la electricidad se genera, fundamentalmente, con
combustibles fósiles, nuclear y energía hidroeléctrica (la energía eólica y
solar, conjuntamente, contribuyen con menos del 1% al mix eléctrico mundial),
habría que buscar los recursos energéticos para –con el objetivo de que el
mayor consumidor de energía de
Para muchos (más aún para el consumidor medio de
transporte privado), los límites de recursos energéticos no son un problema
(aunque las advertencias crecientes están poniendo en solfa este dogma de
“Tierra infinita”), y cree que, en realidad, lo que falta es dinero para reconvertir
todo el sistema eléctrico, además del sistema completo de funcionamiento y
buena parte de los materiales de la automoción moderna, que ahí es nada. Y es,
precisamente, en el aspecto de la financiación de esta reconversión donde se
encuentra el siguiente obstáculo. Lo que mantiene el actual sistema financiero
es la energía -base de cualquier modelo económico- aún barata de los
combustibles fósiles, que queremos extraer con tasas crecientes del subsuelo.
Como mantener esta tendencia de consumo exponencial es imposible (por límites
físicos), se está poniendo nada menos que en cuestión la base del conjunto de
nuestra economía: prestar dinero para crecer. La financiación, en la era del
decrecimiento económico, será una ardua tarea, probablemente reservada para
cada vez menos, lo que hace pensar que, más que mascullar escenas idílicas de
flotas masivas de coches eléctricos, deberíamos centrarnos en reducir
sustancialmente nuestra movilidad media, adaptándonos a una era de precios
crecientes de la energía; planificar un territorio que exigiera moverse mucho
menos; concentrar los esfuerzos de electrificación en el transporte colectivo
y, sobre todo, desnudar el mito del coche privado -eléctrico o con gasolina-
que sigue siendo, como dijo el antropólogo Marvin Harris, la auténtica vaca
sagrada que pocos se atreven a cuestionar.