Palabras en incesante búsqueda

 

Juan Jesús Ayala

 

   (“Sueño con una len­gua en la que las pa­labras, como los pu­ños, rompiesen las mandíbulas"). No se trata de eso ex­presamente. De rom­per, de herir mediante lo puntia­gudo de una palabra que enlaza­da con otra ejerza de fuerza de­terminante mediante una frase concluyente o ligada unas y otras hasta construir el argu­mento definitivo, demoledor. Se trataría de la elaboración del lenguaje a través no de nuevos significados sino precisamente de lo conocido, desde la senci­llez de las palabras simples para no dejar de fabricar balcones conceptuales donde poder alon­garnos con la mirada de la flui­dez y de la precisión.

 

   Infinidad de veces los morta­les empleamos palabras que sa­len a borbotones desde el acalo­ramiento y también, como no, desde la serenidad del poeta o de la rinconera de la meditación en que lo que aparece, lo único que toma presencia es la nadería, la indefinición, la ausencia de cla­rividencia dejando en su lugar el espantajo y la oscuridad mental emboscando lo que se quiere pensar quedando entonces el ambiente sin interlocución y sin una firmeza tajante y decidida.

 

   Nos pasamos la vida buscan­do palabras porque sabemos que son las que conducen las volun­tades y las que nos ponen en pis­ta no sólo del sentimiento, sino de la perspectiva de ese conoci­miento que se pretende asumir. Las palabras, muchas veces pug­nan entre sí y no dejan en su atropello que aparezcan las ade­cuadas para que el sentido que pretendemos dar a nuestro or­den mental se vea reflejado en un lenguaje coherente que diga, que sea entendible y que no fun­cione como tapón, sino como el centro magnífico de una nítida comunicación.

 

   Pasamos   los   días   teniendo conciencia de nuestra temporali­dad y para evitarlo perseguimo incesantemente las palabras co­mo si fueran el agarradero con­fortable que nos induzca a sen­tirnos que uno y que no está de prestado y no sometido a la influencia que puedan ejercer los demás, que no somos copia, que somos originales, ausencia de plagiadores y metidos dentro de un orden lógico y perfecta­mente asu­mido.

 

   En la búsqueda de las pala­bras pasamos mucho tiempo y se llega a la conclusión que todo ese torrente que se ha derrama­do apenas si tiene un poco de nuestro acento personal que nos hace, que nos identifica tal como
somos y con la duda si verdade­ramente hemos utilizado el len­guaje como un blindaje malver­sado para protegernos de todo y hasta de nosotros mismos o es punta de lanza de una nueva perspectiva. En esa búsqueda incesante de las      palabras pudie­ra ser que un día se encuentren las correctas que jun­to con las que oímos al lado, cer­ca, seamos capaces de enlazarlas y construir un argu­mento que vaya camino del mu­tuo conocimiento.

 

   Esas palabras no la queremos, como diría Cloran, para romper­le la mandíbula a nadie, sino pa­ra que sus acentos digan algo y traduzcan lo que encierra su significado.

 

   A partir de ahí, seguro que se habrá llegado a la meta, a conse­guir que esas palabras que desde siempre se han buscado una vez que las hemos encontrado sirvan para sentirnos humanos, tre­mendamente humanos, que es lo que debe importarnos si así nos consideramos.

 

   Estemos en eso, en demostrar nuestras capacidades, empezan­do por el lenguaje, por las pala­bras adecuadas, por decir lo que hay que decir, huyendo de la am­bigüedad, de palabras que sólo traducen ruido, que son retumbo y que oscurecen las voluntades y todo aquello que ennoblece al ser humano.

 

   La palabra suelta no nos ha­bla, no nos comunica; la palabra sujeta a una firmeza de pensa­miento se dignifica haciendo que la convivencia se afine y sea a través del lenguaje, de esa pala­bra que insistentemente que se busca una de las mejores aven­turas que hemos soñado y desea­do.