Canarias, independencia y democracia
Octavio Hernández *
En el gobierno, la soberbia; en la oposición, la hipocresía. El
PSOE, siempre en misa y repicando. Santiago Pérez da la razón a Juan Carlos
Alemán, quien vino a decir hace poco que no sabe qué defiende su partido,
porque siempre es lo mismo y lo contrario a la vez, como esa proposición
ilógica de liberar a las comunidades de origen al tiempo que se profesa lealtad
a la comunidad que las domina.
Mientras el PSOE en Tenerife se desmorona
en algún punto entre el juicio de los ciudadanos y el juicio de los tribunales,
Santiago Pérez pretende un deslinde maniqueo y sobado entre izquierda y
derecha. Un deslinde falso, porque la izquierda no es el PSOE y la derecha no
es el independentismo, por más que agite el avispero de las grandes
generalidades ideológicas que a buen seguro alimentarán las pasioncillas de
algunos catetos.
Yendo al grano, para mi la cuestión es qué vamos a
hacer Los Verdes de Tenerife en los municipios donde el PSOE pierda la mayoría
y obtengamos representación, un escenario que se sitúa ya para nosotros en el
plano de las tareas inmediatas, alejadas de cualquier grandilocuencia facilona. No espero que me responda, pero precisa
explicación. Y es que el verdadero, auténtico y concreto problema del PSOE en
Tenerife no son los editoriales de El Día, ni el abuso con fines
reaccionarios y retrógrados de la extendida identificación entre independencia
y emancipación. El problema objetivo que tiene su partido es que nuestra
derecha sólo ocasionalmente ha necesitado al PSOE para apuntalar su poder,
tarea a la que el PSOE se ha entregado siempre con insultante fidelidad; pero
la derecha se ha bastado siempre a sí misma para hacer su propia política. De
tal suerte que el PSOE sólo ha gobernado para la derecha y con esa función,
asumida como una profunda convicción por sus dirigentes y una profunda
servidumbre por sus delfines, ha orientado la labor opositora donde no
gobierna.
Esto explica la antológica esquizofrenia expresada por Alemán,
mientras Santiago Pérez toca la lira de su contradicción ontológica entre la
esencia y la apariencia de sus creencias: “Hay razones más que sobradas para
que los canarios aspiremos a tomar las riendas de nuestros asuntos. Siempre lo
he creído intelectualmente y lo he sentido afectivamente”. Las aspiraciones de
los canarios en el PSOE son materia intelectual o afectiva, porque la materia
real de su actividad política es defraudar continuamente en la práctica, con
los hechos, esas aspiraciones. Aparentar socialismo en la oposición y
sustanciar capitalismo en el gobierno, simular democracia en demanda de poder y
ejecutar tiranía en su ejercicio. Palabra gruesa esta de tiranía, pero créanme,
en Tenerife llamar tiranos a alcaldes socialistas no ofende al diccionario. La
gente está harta de ser aplastada con soberbia y burlada con hipocresía por los
compañeros de viaje de Santiago Pérez. Por eso, aunque la derecha tinerfeña
atraviesa una creciente pérdida de apoyo social, el PSOE no se erige en la
autoridad moral alternativa. Porque no la tiene. Porque no lo es.
Hay dicotomías falsas que convocan banderías útiles para hacer creer a los
incautos que en nuestro régimen político isleño hay contienda por el cambio
donde, en realidad, sólo existe sucesión de continuidad. A un lado, proclama
Santiago Pérez, la izquierda defensora de la democracia española con el derecho
de autoafirmación canaria a través de un sufragio equitativo; al otro, la
derecha promotora de una independencia antidemocrática cuya pretendida
soberanía archipelágica viene menoscabada por un sufragio excluyente. Y en
medio, el territorio en disputa de
La insistencia del PSOE en que bajando porcentualmente
las barreras electorales se abrirá la esclusa a la marea del pluralismo y las
instituciones a las fuerzas políticas extraparlamentarias, el autoproclamado
patrocinio del PSOE sobre las aspiraciones rupturistas
de los partidos y movimientos excluidos en este sistema político, es de una
falsedad rayana en el insulto. Porque no son las barreras electorales las que
impiden la presencia en el parlamento de otras opciones, sino
No rehuyo, para terminar, la cuestión de la
independencia. Podemos coincidir en que ningún sistema constitucional puede
mantener abierto indefinidamente el proceso constituyente en un capítulo tan
esencial como la articulación territorial del Estado. Pero no es menos cierto
que en el caso español, la españolidad, el nacionalismo español, en cuanto
argamasa para tapar ese agujero es pura lechada y no el hormigón armado que
necesitaría España para contener en el ámbito de su soberanía las aspiraciones
nacionales insatisfechas, alentadas precisamente por el carácter abierto de la
descentralización autonómica. Hay algo de histórico en esta anemia de la
españolidad, que se contagió al “cuerpo de nación” del Estado cuando el
franquismo consagrado a sangre, fuego y púlpito a su defensa e integridad hizo
que la gente dejara de sentirse orgullosa de ser española, orgullo que es
exclusivamente republicano en nuestra historia contemporánea. Hablo solamente
de las nacionalidades ibéricas, porque Canarias, con un estatus colonial no
reconocido aún oficialmente, es harina de otro costal.
La apertura autonómica se cerrará, qué duda cabe, tarde o temprano. Pero el
federalismo no va a satisfacer las aspiraciones democráticas de autogobierno de
las comunidades de origen, porque solamente es el cierre de la
descentralización que urge al Estado para resistir la desintegración de su
soberanía frente a las demandas soberanistas que desbordan el autonomismo. El
federalismo, en suma, no viene para satisfacer la autodeterminación de
Canarias, sino la de España. El federalismo del PSOE,
* Portavoz de Los Verdes en Tenerife.
** Publicado en Canarias
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