Caramba con
el Informe PISA
Juan Manuel
García Ramos
El Informe PISA 2006 (Programa para
En lo que se refiere a España en general, los escolares suspenden en ese
Informe, ya que no alcanzan la media de los cincuenta y siete países
participantes en conocimientos científicos, matemáticos y lingüísticos.
En lo que se refiere a Canarias, nuestra Comunidad es, de las diecisiete del
Estado, la que registra mayor fracaso escolar.
Pero vayamos por partes.
Manejando los datos del citado Informe, lo que más nos llama la atención es que
los alumnos españoles no lleguen a leer tres líneas y media de cualquier texto
sin perderse. Los niños no comprenden lo que leen y ese déficit no queda
constreñido al área específicamente lingüística, sino que termina por gravitar,
claro está, en la adquisición de cualesquiera otros saberes,
como los matemáticos o los científicos, también evaluados por PISA.
Según los expertos pedagógicos, enseñamos a leer y a escribir a nuestros hijos
en primero y segundo de Educación Primaria, a los seis o siete años, y luego
nos despreocupamos por perfeccionar esas destrezas del conocimiento a lo largo
de su progresiva formación académica.
Se añade como error el que el sistema educativo fomente unas clases demasiado
expositivas por parte del profesor, en las que no se premia ni la expresión
oral, ni la exposición en público, ni el debate, ni la argumentación por parte
de los alumnos. La pasividad del alumno ante la impartición de materias es la
norma de nuestro modelo de enseñanza.
Desde hace algunos años, estamos en la cultura de la imagen y todo parece
organizarse en torno a ella. Incluso la enseñanza universitaria de las
humanidades exige cada día métodos que coloquen a la imagen como protagonista
en detrimento de la reflexión y la escritura y el verbo.
Entre los docentes y no docentes, se empieza a generalizar la superstición de
que si los profesores no ilustran sus explicaciones en clase con la ayuda de Power Point (un programa
informático para proyectar en pantalla texto esquematizado, gráficos e
imágenes), muchos de sus alumnos empiezan a bostezar sin más.
Y aclaro lo de superstición. El pasado miércoles 24 de octubre, hacía capilla,
con el historiador e hispanista francés Joseph Pérez, en una de las frescas
salas de
Me decía Joseph Pérez que algunos meses atrás había sido invitado a dictar una
conferencia en un centro académico de su país y que cuando llegó el momento de
salir a escena la responsable del acto, una señora, según él, muy nerviosa, le
preguntó preocupada si no había traído imágenes para acompañar su disertación.
Ante la respuesta negativa del profesor, la buena señora se disculpó por un
momento hasta que trajo su carro de diapositivas, lo colocó en un proyector,
desplegó la pantalla y se dispuso a simultanear la proyección de imágenes que
no venían al cuento con la palabra del conferenciante invitado.
Me contaba Joseph Pérez que la sesión resultó para él un verdadero desastre,
pues casi nada de lo que decía desde su tribuna se correspondía con las
estampas cromáticas que el público iba ojeando desde sus asientos, pero que la
señora de marras quedó más que satisfecha con la ceremonia de confusión de la
que él había sido coprotagonista.
En un reciente reportaje sobre los imperios glamourosos
de Giorgio Armani, el
diseñador italiano declaró que la gente hoy no quiere pensar, solo quiere
"ser golpeada por imágenes" -esa fue la expresión contundente de Armani-.
Nada que objetar a esta (no demasiado) nueva galaxia Marconi
de los medios visuales, heredera de la galaxia Gutenberg
de la escritura y de la anterior, correspondiente a la palabra oral.
Pero tendremos que convenir que la hegemonía de la imagen ha subestimado la
expresión escrita y la expresión hablada. Comprender lo que se lee es requisito
indispensable para aprender y el que no comprende es porque no ha ejercitado su
mente en esa tarea.
Los resultados del Informe PISA nos ofrecen conclusiones inequívocas sobre lo
que está pasando con nuestros jóvenes: después de leer tres líneas de escritura
su cerebro se embota y se atropella. Y lo mismo les sucede cuando van a
argumentar ante cualquier auditorio.
Ya escribí hace algún tiempo que realmente somos las palabras que manejamos o
dejamos de manejar. Y si nos fijamos con atención, la pobreza expresiva se ha
apoderado de nuestra juventud a una velocidad terrible.
"Solo se sabe lo que se sabe decir", reza un viejo aforismo, para
demostrarnos que lo que no podemos articular mediante el lenguaje no existe como
conocimiento.
Por eso insisten los responsables del Informe PISA en que los malos resultados
de España en la prueba de lectura influyen también en los mediocres resultados
en materias como ciencias y matemáticas.
Hemos abandonado la enseñanza del lenguaje y la literatura. No se enseña a leer
y a escribir en las asignaturas de Lengua española; se enseñan fonemas,
morfemas y sememas, y los alumnos salen despavoridos ante las jergas de turno.
Ni sabrán leer el Lazarillo ni sabrán leer el periódico del día, y nosotros,
los profesores, seremos los culpables.
Se impone la autocrítica. El profesor y escritor búlgaro Tzvetan
Todorov, asombrado también por lo que pasa en los
liceos y las universidades francesas, ha denunciado que la literatura corre el
riesgo de perder su sentido social y su razón de ser si su enseñanza y difusión
continúan el derrotero de la pura teoría, más preocupada por las formas y los
procedimientos narrativos y poéticos que por lo que, en realidad, nos transmite
sobre la vida.
El excesivo tecnicismo y la sobrecarga teórica han desposeído a disciplinas
como
Un libro siempre es un amigo que tenemos cerca para facilitar nuestro diálogo
interior; para saber más de nosotros y para aprestarnos a saber más del mundo
que nos rodea.