INMIGRANTES ROTOS
Agustín
Mora
Estamos en plena campaña electoral y, entre el alud de
promesas y propuestas con las que los políticos nos ensucian los oídos y la
inteligencia, destaca por su virulencia y carga xenófoba, la referente a la
inmigración.
Desde el “esto es una avalancha” hasta el “aquí
no cabemos todos” pasando por el “vienen a imponernos su cultura” o
el “con los inmigrantes ha crecido la delincuencia”, el mensaje que más
profundamente está calando a pie de calle es el injusto “vienen a quitarnos
el trabajo”.
Evidentemente, de la extrema derecha española y de sus
correligionarios insulares, no podemos sorprendernos por su discurso xenófobo
de “mano dura” que culpa a los inmigrantes de todos los males que
aquejan a España y colonias. Pero lo que se niegan a decirnos o reconocer es
que esos males vienen de muy atrás.
No sé porqué, me estoy acordando ahora mismo de un 18
de julio de 1936 que nos sumió en una terrible noche que duró cuarenta años y,
casi treinta y tres años después de que muriera el genocida Franco (1975), “padre
putativo” (no le saquen doble lectura aunque la tenga, eh) de los Rajoy, Acebes, Zaplana, Soria, etc. las consecuencias de la
dictadura las seguimos pagando en todos los ámbitos de la sociedad.
Los hijos-herederos del dictador se encargan de
que así sea defendiendo sus privilegios de siempre y pisoteando cualquier
interés popular. Si tienen que apelar a la “mano dura”, lo hacen, si
tienen que recurrir a meter miedo a la población, también.
Ahora el “coco” viene en patera, en cayuco o en
barcos nodriza o llega en avión con visado de turista, mucha ilusión y poco
dinero: la inmigración; una inmigración que es consecuencia directa del expolio
al que fueron sometidos los países de origen de los inmigrantes cuando en
España “no se ponía el sol”.
Estos “demócratas” de, por mucho que les
fastidie, “sangre roja y corazón a la izquierda”, se olvidaron (les
interesa no remover mucho la historia no vaya a suceder que se llenen de mierda) que su “papá putativo” fue el cruel responsable de
otra “llegada a mansalva” de españoles, canarios, etc. a países que los
acogieron con los brazos abiertos y donde nunca fueron considerados
extranjeros; iban sin papeles, sin contrato de trabajo y sin “regularizar”;
la única documentación que portaban estaba escrita en sus rostros: miedo,
hambre, angustia, soledad y desesperación. Lo mismo que traen en sus caras “nuestros
inmigrantes”.
En sus maltrechas maletas de madera o de cartón piedra
guardaban la esperanza y la ilusión de poder trabajar y comenzar una nueva
vida. Lo mismo que guardan “nuestros inmigrantes” en sus mochilas.
Más tarde hubo otra “avalancha” de peninsulares
y canarios: Francia, Alemania, Suiza, Italia, América Latina, etc. se vieron
“invadidas” por la “chusma española” pero ningún país de acogida les
obligó a firmar un ridículo “Contrato de Integración”. Nadie gritó
aquello de “aquí no cabemos todos” (¿le suena Sr. Rajoy,
descendiente de emigrantes?) o “los españoles vienen a imponernos su
cultura”. Tampoco se alarmaban los autóctonos de esos países con la “delincuencia”.
Los españoles iban a trabajar, a buscarse una vida mejor que la dictadura de
Franco les negaba. Como intentan hacer “nuestros inmigrantes.
Tantas y tan injustas son las proclamas catastrofistas
que gritan desde la extrema derecha los herederos de Franco, con el tímido
asentimiento y silencio cómplice de los mal llamados socialistas (si Pablo
Iglesias levantara la cabeza…), que acaban por calar en el ciudadano de a pie
creándoles una conciencia xenófoba y racista. Hasta el punto de que los
problemas de paro y crisis económica que sufre ese ciudadano los achaca
directamente a los inmigrantes y no a la mala gestión económica del gobierno de
turno, a la política usurera de los empresarios ni a la complicidad vergonzosa
de los sindicatos.
“Vienen a quitarnos el puesto de trabajo” se oye decir en las calles a personas que, si bien es
posible que se encuentren en paro, no serían capaces de realizar las tareas que
realizan los inmigrantes ni de soportar las condiciones de esclavitud que ellos
soportan.
Tenemos casos como el de los invernaderos, en El Ejido
(Almería), donde se ven forzados a trabajar largas jornadas bajo plásticos con
temperaturas que no bajan de 40º; donde tienen que vivir hacinados en
barracones y donde el salario que reciben es miserable.
Estas condiciones de trabajo se dan en muchas
comunidades autónomas y en otras actividades pero, como ejemplo, quiero
comentar un caso sangrante en Gran Canaria y que conozco muy de cerca.
Una joven argentina, casada
y con tres criaturas. Le ofrecen trabajar en el campo: le pagan por ocho o diez
horas diarias (sábados incluidos) el “sueldazo” de ¡veintitrés euros por
día! A la misma inmigrante le ofrecen trabajar en un
bingo; esta vez tiene más suerte y ganará más: ¡veinticinco euros por DOCE
HORAS DIARIAS! De nuevo le sale trabajo en el campo y la mujer, desesperada por
trabajar, quiere probar suerte: el “patrón” le paga treinta euros con la
condición de que aceptara sus requerimientos sexuales. ¿Cómo? Si, el derecho de
pernada aún parece ser que sigue vigente.
¿A quien le está quitando el puesto de trabajo esta inmigrante argentina? ¿Qué trabajador/a autóctono aceptaría esos empleos? ¿A qué se ve
obligada la trabajadora si tiene que pensar en los tres hijos pequeños, en
pagar el alquiler de su vivienda y en enviar algo de dinero a la familia que
dejó en Argentina? Por cierto a esta mujer la contrataba para esos “menesteres”
una cosa muy parecida a las ETTs (Empresa de Trabajo
Temporal) sin domicilio social declarado, sin entidad jurídica conocida y que
abona los miserables salarios que adeuda con cheques sin fondo (soy testigo de
ello).
Este caso concreto se puede generalizar a muchas otras
actividades como la construcción o la hostelería. Empresarios piratas que
contratan inmigrantes sin “regularizar”, sin hacerles contrato de
trabajo, sin darles de alta en la Seguridad Social, sin permitirles ponerse
enfermos porque van a la calle, etc.
La pregunta es la siguiente: ¿quien roba a quien? Un
inmigrante no roba ningún puesto de trabajo. La necesidad lo apremia. Pero
estos empleadores sin escrúpulos no solamente roban al trabajador dinero y
dignidad sino que también roban al Estado, defraudan a Hacienda y roban a otros
honrados empresarios del ramo al establecer esa competencia ilegal y desleal en
cuanto a la mano de obra.
¿La culpa del paro la tienen los inmigrantes? ¿Qué
hacen los ayuntamientos, cabildos, gobiernos autónomos y gobierno central que
no establecen una política de control y castigo para estos empresarios ladrones
y esclavistas? ¿Dónde están los inspectores de trabajo y de Hacienda? ¿Por qué
no se presentan sin previo aviso en los centros de trabajo y exigen los
contratos y papeles legales de los trabajadores? ¿Por qué no se les persigue y
sanciona ejemplarmente por vulnerar la legalidad laboral y esclavizar a los
inmigrantes (trata de blancos y negros y mujeres… trata de pobres) con
prácticas de hace dos siglos?
Claro, dirán algunos; los inmigrantes no denuncian esa
situación y nadie se entera. Pero el control y fiscalidad, la denuncia de esas
prácticas lo deben realizar las instituciones pertinentes; los inmigrantes ya
tienen bastante con su miedo a destacarse por la posible expulsión. Y tienen
bastante con dejarse robar, sin protestar, cuando caen en manos de estos
pistoleros si quieren llevar las migajas de su sueldo a sus familias.
Pregunta idiota que se me ocurre esta semana. Si gana Rajoy las elecciones… ¿organizará contra los inmigrantes
otra “Noche de los cristales rotos” como la organizada por los nazis en
Alemania hace 70 años? Ya se sabe… si cogen miedo, pues eso.