¡El intelecto perdido!

Ramón Moreno Castilla

Sí, porque, sencillamente, ha desaparecido. La intelectualidad brilla por su ausencia. Salvo algunas pinceladas academicistas, nuestra vida cotidiana adolece de esa característica del ser humano; que en Canarias parece haberse "extraviado", lamentablemente. ¡Y así nos va! ¿Tendrá algo que ver la perversa alienación a la que estamos sometidos?...

Por ello, en estas fechas entrañables, quiero rememorar a un grupo de canarios ilustres, con las cabezas mejor "amuebladas" y más brillantes de su época; y que constituyen, en mi opinión, todo un referente de nuestra historia más reciente. Como abanderado de aquella formidable zaga de intelectuales -tan escasos hoy en día-, don Manuel Verdugo Barlet, nacido en Filipinas (cuando era "provincia" española), de padre militar, y que, por razones que desconozco, recaló en Tenerife, instalándose en La Laguna.

Nuestro personaje era un tipo elegante, alto, enjuto, y usaba un monóculo que le otorgaba un porte distinguido. Siempre acompañado de su inseparable bastón, que reafirmaba su caballerosidad y señorío. Pero, como no pretendo ser su biógrafo, ni es el caso, sólo esbozaré algunos aspectos de su relevante personalidad, sus grandes dosis de ingenio y su portentosa capacidad de improvisación poética. En la ciudad de Aguere ejerció, al parecer, la abogacía, al tiempo que vivía una existencia tormentosa, si tenemos en cuenta que don Manuel Verdugo era homosexual (dicho con todo respeto hacia el "gremio"). Condición que, pese a ser todo un estigma en aquel tiempo, tenía perfectamente asumida -sin haber salido del armario-; hasta el extremo de que, para acallar a quienes criticaban sus inclinaciones, había compuesto un versito que decía así: "Si quiere el hombre imperfecto/ a la perfección llegar/ el camino más directo es el recto/ y por él debe tomar".

Todos los días se levantaba muy temprano, y desde la plaza del Adelantado, calle de La Carrera arriba, paseaba hacia la iglesia de La Concepción. Y en el camino se cruzaba, indefectiblemente, con Carolina, una empleada de hogar que coincidía en el trayecto con don Manuel. Conocida su fama de improvisador, Carolina le hacía a menudo la misma petición al saludarlo: "Buenos días, don Manuel, ¿por qué no me hace un versito?"; y él, con gesto adusto, y llevándose las manos a los bolsillos como si buscara algo, le respondía imperturbable: "Ahora no llevo papel, otro día". Y así… hasta que una mañana gélida, típica de los inviernos laguneros, nuestra Carolina sorprendió al señor Verdugo, al que esperaba con estoica paciencia, y nada más verle le espetó: "Buenos días, don Manuel, ¡ande, hágame un versito, que me voy a casar!"; al tiempo que le tendía una especie de postal, sustituta del papel que nunca llevaba don Manuel.

Éste, sorprendido por el desparpajo y la audacia de su admiradora, tomó la tarjeta (en la que aparecía un taxi como reclamo publicitario de la parada cercana) y en el dorso de la misma escribió sobre la marcha: "¿Te gusta el automóvil, Carolina?/ Para viaje de novios lo detesto/ ¡qué olor a gasolina!/ ¡qué polvo tan molesto!".

Otra muestra evidente del nivel intelectual de don Manuel Verdugo y de su exquisita sensibilidad, es su poema dedicado al amor, del que extraigo la primera estrofa que, permítaseme la licencia, dedico con afecto a todas las mujeres canarias, estén o no enamoradas. Dice así: "Describir el amor será posible/ cuando se pueda disecar un beso/ encerrar en un molde lo intangible/ y de un suspiro conocer el peso". ¡¡Bellísimo!!

Coetáneos con don Manuel Verdugo eran: don Ramón Gil Roldán, abogado y diputado a Cortes; don Manuel López Ruiz, pintor de marinas; don Juan Pérez Delgado (Nijota), poeta; todos de Tenerife, y el "canarión" don Carmelo Cabral, músico, quien, junto con Verdugo, eran los verdaderos puntales de una de las tertulias más ilustradas de su tiempo. Tenían un circuito de copas: al mediodía tomaban el aperitivo en el bar-restaurante "El Águila", situado en la anterior calle de El Norte -ahora Valentín Sanz- (frente a la antigua sede de EL DÍA); y por la tarde-noche continuaban el copeteo en el "Bar La Marina", de la calle del mismo nombre. Excuso decir los auténticos juegos florales que tenían lugar en aquellos "santuarios", y que bien merecen formar parte del anecdotario intelectual de Canarias, tal era el nivel dialéctico e ingenio de nuestros contertulios. Véase:

Manuel Verdugo, medio "colocado" -todos eran consumados bebedores-, a Carmelo Cabral, piernas cruzadas y guitarra en ristre, en su mesa habitual con su botella de ron:

"Bebe, Carmelo, que la vida es corta/ y mirada a través de una botella/ aún por fortuna nos parece bella./ Cuando quieras vencer el desaliento/ y esperar la desgracia indiferente/ destruye con un vaso de aguardiente/ la inútil facultad del pensamiento".

Gil Roldán y López Ruiz, en la presentación a éste de un amigo llegado de la Península: "Amigo mío, le presento a don Manuel López Ruiz, la sota de copas". Respuesta fulminante de López Ruiz: "Mucho gusto señor, y yo tengo el honor de presentarle al as del mismo palo".

Gil Roldán, en una sesión parlamentaria, y ante las continuadas interrupciones de la entonces directora general de Prisiones, Victoria Kent -mujer de vida alegre-; ya en su escaño, llamó a un ujier y le entregó una nota manuscrita, que redactó de inmediato, dirigida a la incordia, y que decía lo siguiente: "Hay quienes, por servil adulación/ os han comparado, comparando mal/ con aquella gran mujer que al criminal/ hablaba de virtud y redención/ odiosa e infeliz comparación/ porque vos, directora general,/ podéis ser por lo estéril Arenal/ más, nunca por lo pura Concepción". En clara referencia a la eminente jurista gallega, autora de la célebre frase: "Odia el delito y compadece al delincuente".

Éste ha sido, pues, un breve relato de algunas de las anécdotas de los componentes de esa saga de ilustrados compatriotas ya fallecidos, desgraciadamente. ¡Cualquier parecido con la realidad actual de Canarias es una mera y simple coincidencia! ¡Feliz Navidad!

rmorenocastilla@hotmail.com