IZQUIERDAS
Y NACIONALISMO EN CANARIAS (II)
Francisco
Javier González
Hay dos características que son consustanciales al
“comportamiento de izquierdas”. La primera es su “carácter introspectivo” y la
permanente puesta en cuestión de todo lo existente, incluyendo a su propia
esencia, característica que nos lleva de lleno a la segunda, el “racionalismo”,
que la conduce a rechazar frontalmente cualquier planteamiento político
fundamentado en principios “revelados” o
de “orden superior” o “de inspiración divina” (praeterracional o supraracional)
como sucedía en el Antiguo Régimen con el Trono (“todo poder proviene de Dios” San Pablo) que resucita con los
fascismos como el español (Francisco Franco, Caudillo de España “por la gracia de Dios”). En este
sentido la izquierda sería antignóstica más que agnóstica al no permanecer
indiferente ante las pretensiones supraracionales.
Si pasamos ahora a la traducción estrictamente
política de la dicotomía izquierda y derecha nos encontramos de nuevo con que
lo que diferencia el concepto de “izquierda política” del de “sentimiento de
izquierda” es la voluntad transformadora de la sociedad existente en el camino
a una sociedad sin la división entre explotadores y explotados, mientras que su
opuesta, la “derecha política”, vendría definida por su defensa del orden
existente, y por lo mismo, de la permanencia de un sistema que permite la
explotación de unos hombres por otros, de unas clases por otras. La izquierda,
pues, para serlo de verdad, es siempre revolucionaria y la derecha, también
para serlo, es siempre conservadora.
La
Declaración de
Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica (1776) puede considerarse,
por ello, como un acto político de una izquierda primigenia, aunque aún innominada como tal, ya que, aparte del
hecho de la Independencia
en si misma, establece por primera vez políticamente la IGUALDAD entre seres
humanos y su derecho a cambiar el sistema de gobierno, eliminando el Trono,
sostén del Antiguo Régimen, y poniendo al ciudadano como detentador del poder: “Sostenemos que estas verdades son
evidentes en sí mismas: que todos los hombres son creados iguales; que son
dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están
la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos
derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes
legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma
de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho
a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos
principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las
mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad”. Quince años
más tarde, en agosto de 1789, la Asamblea Nacional Constituyente francesa aprueba
dos leyes fundamentales: la abolición de los derechos feudales y la Declaración de los
Derechos del Hombre y del Ciudadano. Es de nuevo el comportamiento de una
izquierda política que adquirirá tal nombre solo un mes después.
La nueva nomenclatura “izquierda vs. derecha” va a nacer de la configuración inicial de la Asamblea, en que a la
derecha del Presidente se sentaban los Fuldenses, mantenedores a ultranza del
sistema de privilegios y castas del Antiguo Régimen, condensados en sus
instituciones claves: el Trono y el Altar, mientras que a la izquierda de la
presidencia se situaban los Jacobinos encarnando la defensa de la soberanía del
pueblo sobre el tándem Trono/Altar cuando el diputado Jean Joseph Mounier, monárquico moderado al estilo inglés de la época,
puso a votación la cuestión del “Veto Regio”. Probablemente esa situación de
“izquierda” o “derecha” era algo más que un capricho topográfico del destino si
tenemos en cuenta que la nobleza y la oligarquía se sentaba en las iglesias a
la derecha del presbiterio y el pueblo llano a la izquierda y hasta Cristo,
según reza el Credo católico, “está
sentado a la diestra de Dios Padre” y que la mano izquierda es la
“siniestra”, la “mano del Diablo” (recuerdo que en pleno franquismo se obligaba
a los zurdos a aprender a escribir con la derecha). Va a ser esa posición lo
que de nombre a los diputados, políticamente organizados, que, bajo el lema de
LIBERTAD, IGUALDAD y FRATENIDAD dan fin al Antiguo Régimen e inauguran la Edad Contemporánea
en la Historia,
alumbrando el concepto de Estado Nacional en que la soberanía corresponde a la Nación, esto es, al Pueblo,
y es justamente a la luz de estos tres conceptos básicos donde tenemos que
buscar las diferencias claves entre izquierda y derecha.
Para la derecha la idea de libertad va directamente relacionada con lo “individual” porque
desde esta óptica la sociedad es solo la suma de los individuos -incluyendo
siempre en lo individual a los individuos
jurídicos como las empresas- libertad extendida fundamentalmente al
“mercado” como referente supremo de la sociedad de derechas actual y limitada
por las Leyes, independientemente de que estas Leyes sean justas o injustas.
“Dura Lex, sed Lex”. Para la izquierda este concepto no es divisible y no debe
tener más límites que el bien colectivo, porque pone el énfasis en la idea de que la sociedad es algo más que la suma de los
individuos.
Esa visión de la sociedad propia de la derecha que
hace del “interés del individuo” (sea persona física o jurídica) el bien
supremo a alcanzar, es la que determina su concepto de igualdad, que pasa así a tener
apellidos que la concreten: la “igualdad ante la Ley”, la supuesta “igualdad de oportunidades”….
logrando que ese interés individual -sobre todo económico- haga que unos sean
más iguales que otros. Para la izquierda, que acentúa más el carácter social
del individuo, la igualdad es un referente de aplicación general a todos los
aspectos del modus vivendi -sociales,
económicos…- que, al menos como horizonte utópico, se pretende alcanzar, por lo
que parte del hecho de que las desigualdades históricas –por ejemplo, entre
géneros- necesitan medidas desiguales para remediarlas. La fraternidad es, para la izquierda, el medio de avanzar hacia la
igualdad y se expresa mediante la solidaridad, mientras la derecha, que no parte de supuestos igualitarios, la
considera como un acto graciable que se practica con aquellos a los que
considera inferiores en forma de caridad.
Sin entrar en las diversas versiones de la izquierda política, toda su formulación
teórica arranca de Marx y Engels y se desarrolla luego por toda una serie de
politólogos –aunque a Lázaro Carreter eso de “politólogo” le parece un
neologismo mal construido- posteriores, y a pesar de las desafecciones y urticarias
que el término “marxista” parece despertar entre algunos de sus herederos, como
la socialdemocracia española que aprueba en el 28º Congreso en mayo del 79 con
el 60% de los votos una ponencia que expresaba: “El PSOE reafirma su carácter de partido de clase, de masas, marxista,
democrático y liberal”, lo que provoca la dimisión fulminante de su
Secretario General, Felipe González, y la inmediata convocatoria de un 28º
Congreso “bis” cuatro meses después que certifique la “expulsión” de Marx del
Partido y el “reingreso” de Felipe.
Si la
socialdemocracia europea daba por muerto a Marx al inicio de los 80 y Gorbachov
a mediados de la década -con la “Glasnost” y la “Perestroika”- inicia el fin de
la URSS y, luego, la caída del Muro berlinés a finales de
la década certifica la implosión del denominado “socialismo real” soviético,
¿habría con ello muerto el marxismo? ¿fue eso el
triunfo total del capitalismo? El neohegeliano gringo, aunque de origen
japonés, F. Fukuyama con su “Fin de la Historia y el Último
Hombre” (1992 pero basado en un ensayo de 1989) afirma, nada menos, que la Historia Humana
como lucha de ideologías -y de clases- ha terminado al tiempo que la URSS con el triunfo de los “valores occidentales de la Economía de Mercado”
y que la única opción viable era la “democracia
liberal” tanto en lo político como en lo económico, iniciando el llamado “pensamiento único” que nos viene a
decir que las ideologías ya no son necesarias porque han sido sustituidas por
la economía y, en palabras del propio autor: Estados
Unidos, es por así decirlo, la única realización posible del sueño marxista de
una sociedad sin clases. Ha nacido el neoliberalismo y el pensamiento
“neocon” al que la socialdemocracia rendirá pleitesía.
Desde el mundo Latinoamericano y el Caribe, el “patio
trasero” gringo, Eduardo Galeano plantea que para los oprimidos del mundo el
supuesto “Fin de la Historia”
significa realmente el desprecio total como destino: “Pero, si los imperios y sus colonias yacen en las vitrinas del museo
de antigüedades, ¿por qué los países dominantes siguen armados hasta los
dientes? ¿Por el peligro soviético? Esa coartada ya no se la creen ni los
soviéticos. Si la cortina de hierro se ha derretido y los malos de ayer son los
buenos de hoy, ¿por qué los poderosos siguen fabricando y vendiendo armas y
miedo?. El presupuesto de la Fuerza Aérea de los
Estados Unidos es mayor que la suma de todos los presupuestos de educación
infantil en el llamado Tercer Mundo. ¿Despilfarro de recursos?¿O
recursos para defender el despilfarro? La organización desigual del mundo, que
simula ser eterna, ¿podría sostenerse un sólo día más si se desarmaran los
países y las clases sociales que se han comprado el planeta? Este sistema
enfermo de consumismo y arrogancia, vorazmente lanzado al arrasamiento de
tierras, mares, aires y cielos, monta guardia al pie del alto muro del poder.
Duerme con un solo ojo, y no le faltan motivos. El fin de la historia es su
mensaje de muerte. El sistema que sacraliza el caníbal orden internacional, nos
dice: "Yo soy todo. Después de mí, nada" ¿Fin de la historia? Para nosotros, no es ninguna novedad. Hace ya
cinco siglos, Europa decretó que eran delitos la memoria y la dignidad en
América -y en Canarias y en todas las colonias, añadimos nosotros-. Los nuevos dueños de estas tierras
prohibieron recordar la historia, y prohibieron hacerla. Desde entonces, sólo
podemos aceptarla.”.(Galeano; 1992)
La visión de la derecha de que el “socialismo real”
que impuso la burocracia soviética era ya el comunismo y el máximo desarrollo del socialismo, choca con la realidad del
pensamiento marxista que, al partir siempre del marco material en que se está
desarrollando, no es estático, y que, como la propia historia, es una categoría
congruente, por lo que, al cambiar el marco material se producen desfases que
obligan a replanteamientos, “revisiones” que, si se realizan en la dirección
basada en los análisis correctos, no son negaciones sino desarrollos de las
tesis anteriores, como en su día hicieron, entre otros, Lenin, Gramsci o
Mariátegui. Ni el marxismo ni el comunismo han fracasado. Solo se abre una
nueva etapa y, por ello, más prometedora. Coincido con Carlo Fabretti cuando
afirma que la caída del Muro de Berlín “no
fue el principio del fin sino el fin del principio. Con el desmembramiento de la URSS terminaba la fase primitiva, infantil, del
llamado socialismo real y empezaba una nueva etapa de maduración y desarrollo”.
El desplome total del pensamiento neocon al que estamos asistiendo en directo
sí que es el Fin de “su” historia, la del imperialismo gringo y su cohorte
financiera mundial. Requiem in pacem.
Nos queda por determinar la relación de estas
“revisiones” del pensamiento marxista y de las izquierdas en general con el nacionalismo, que será objeto de otra
próxima parte.
Gomera a 9 de octubre de 2008