Xirinacs
en su laberinto
Agapito
De Cruz Franco
El 11 de agosto -a un mes de la Diada-, se suicidó en un bosque de Gerona
a los 75 años, en completa soledad natural y enfermo de cáncer, el sacerdote
escolapio, pacifista, antifranquista, candidato al
Nóbel de la Paz
de 1975 a
1977, amigo de ETA, ex-senador español e independentista catalán Mosén Lluis María Xirinacs.
Le recuerdo de los estertores del franquismo, cuando Lluis Llach
animaba a quienes atropelló la transición a echar abajo la dictadura cantando: “si estirem tots, ella caurá, i mol de temps, no pot durar”. Tras
una dura adaptación a la vida, su
manera de echar abajo el Régimen que su familia había apoyado, fue la del
pacifismo activo. Quienes en 1975 estudiábamos en la Escuela de Formación del
Profesorado de EGB de la
Calle Melchor de Palau de
Barcelona, tropezábamos de camino a clase siempre con él en la Calle Entença,
al lado, famosa por la
Cárcel Modelo. Xirinacs permanecía
día tras día en huelga de hambre frente a su puerta reclamando amnistía para
los presos políticos y protestando por la falta de libertades. Los Grises lo echaban de allí, para volver
al rato en una actitud pacifista estilo Gandhi. A la salida de las clases íbamos a acompañarle y a
charlar con este cura protestón, para terminar luego
gritando por las Ramblas: “Amnistía y
libertad”. Era todo un valiente, porque en aquellos tiempos, cuando nacían
las CCOO y ser de UGT era jugársela; cuando si te afiliabas a CNT resultabas
automáticamente detenido por cualquier trifulca que sucediera en el Scala o la
Universidad, sentarse como hacía este hombre de nimba cara en
la puerta por la que entraban los presos políticos y donde acababan de
ajusticiar al anarquista Salvador Puig Antich, era toda una provocación admirable.
Sería solidariamente visitado por Marcelino Camacho o la Princesa Irene de Borbón-Parma.
Fue un personaje importante en la construcción de la identidad catalana desde
una mezcla de marxismo y nacionalismo independentista. Estuvo en el origen de
asociaciones cristianas de base como “Pax Christi” y “Justicia y Paz” enfrentándose a la
jerarquía eclesiástica y su moral con la publicación de varios libros. No me
cuadran sus simpatías con ETA -sería condenado a 2 años de cárcel por apología
del terrorismo- dado su pacifismo gandhiano. Tampoco
me cuadra que quien decía que Cataluña estaba oprimida política y
culturalmente, participara en el alumbramiento de la Constitución española
y fuera senador español en las Cortes. En unas reflexiones a título póstumo,
afirmaba sentirse esclavo en unos Paísos Catalans sojuzgados y ocupados por Francia, España e
Italia. Dejando por sentado que el nacionalismo catalán es un hecho
indiscutible, y que los Paísos Catalans es harina de otro costal, ese nuevo Estado
por él imaginado, le llevaría también a la protesta, desalojado en este caso
por los Moços y de nuevo esclavizado. Porque es el
Estado como burocracia política quien somete o libera a los pueblos según que
esta Institución se entienda como jaula de hierro o como espacio para la
convivencia.
A Xirinacs le faltó navegar
por el mar del anarquismo tan propio de la tradición barcelonesa. Más aún, un
pacifista como él -dentro del cosmos de su contradictoria personalidad-,
debiera haber ido más allá de la trasnochada revolución francesa y, como más
propio suyo, entrado en la espiral planetaria de la ecología profunda y el ecofeminismo no violento de las mujeres de negro. Mientras, y en un mundo cada vez más globalizado,
Els segadors,
seguirán segando a golpe de hoz trigo y cadenas: “Catalunya triomfant, tornará a ser rica i
plena”.
Heterodoxo y rebelde, profeta para unos y demonio para
otros, Xirinacs olvidó un día la paz, junto a la
puerta de una prisión hoy desangelada, para encontrarse con la suya propia.
Perdido en su laberinto no halló otra salida que el abismo. Amnistía y libertad
para el Mosén, allá en el país de su Jesús de Nazaret, donde habitan los pobres
de espíritu y a quienes pertenece, por encima de opresores y oprimidos, la República de los Cielos.