Aquí
estoy sentado en el muro de la playa. La mañana está gris pero no hace frío.
El día se va cubriendo de una ligera brisa marina que llena el ambiente de aire
fresco. Noto como acaricia mi cara y va dando forma a mis ojos. Aún desaliñado
te estoy esperando. He comprado un hermoso ramo de flores para ti. He quedado
contigo en la soledad. En la distancia. Soy feliz en la espera. La gente pasea a
mí alrededor y noto como me observan de forma furtiva, de reojo. No me dicen
nada pero sé que quieren preguntarme algo, decirme algo. ¿Para quien serán
las flores? No saben que las he comprado para ti. Son hermosas. Despiden un olor
suave, embriagador y limpio. Pienso que es esto lo que les hace observarme. Creo
que he acertado en la elección. El tiempo sigue pasando y tú no vienes, pero sé
que lo harás. Me siento inquieto por la espera y me noto un poco nervioso.
Camino arriba, abajo, me siento en el muro de la playa. El aire salino está
sustituyendo al aroma de mis flores de tus flores La gente ya no me mira. El
tiempo sigue pasando y me propongo recordar cada momento contigo. La espera será
más corta. Pasan las horas, los minutos y tú no vienes. No quiero sentir la
realidad. Esa cruel realidad que me quiere convencer de que no vendrás. Esa
realidad que me ha llevado a comprarte un ramo de rosas para saborear de nuevo
los pasos que soñé dar contigo tus momentos hermosos han pasado, me dice una
realidad fantasmal que quiere meter baza en mi mente. Pero no es verdad. Se que
vendrás. Ya no huelen las flores. Ya no distingo el olor del mar. Sin embargo,
tengo tu olor. Ese olor que los sueños no me hicieron distinguir, pero sé que
es tu olor. Por fin has llegado. No tengo tú cuerpo, no tengo tus besos, no
tengo tus ojos, pero tengo tu olor. Me siento feliz. Una señora me pregunta si
me pasa algo. Me ve feliz, sonriente. Tal como soy. Le doy tu ramo de flores y
un beso. ¿Sabe una cosa?, le digo, he visto de nuevo la gloria. Me voy contigo,
caminando sin rumbo prefijado, con la mirada perdida, pero sintiéndote a mi
lado. Así, nos alejamos del lugar de encuentro, del lugar de amor, de nuestro
lugar. Me siento feliz, lleno de esperanza. ¡Por fin! le digo a mi conciencia.
Tanto tiempo de espera ha valido la pena. El destino me recompensa con tu
presencia, con tu inteligencia. No te veo, pero te siento. Con este sentir,
llenaré la ansiedad de mi esperanza en verte. Estaré esperándote siempre, con
un hermoso ramo de flores, para ti.
[de
Bencomo para una amable musa/lokilla que se inspirará en mi para cuando escriba
otro poema u otra prosa poética].