Leal
Luis Ortega
La primera imagen -un Steinway
& Sons de ocho octavas en la soledad del
escenario iluminado- se acompañó, con elogiable puntualidad, de los sonidos
arrancados por Guillermo González, el mejor intérprete de música española que
conozco y el más digno para estrenar el espléndido instrumento y el remozado
inmueble, que nunca necesitó el sustantivo para servir a sus usos -teatrales,
musicales, cinematográficos, bailables, sociales e incluso políticos- desde su
construcción en 1915, con proyecto del arquitecto Antonio Pintor y gracias al
esfuerzo personal de su promotor Antonio Leal, que dejó su entusiasmo y
apellido en el edificio ecléctico y de ornamentación profusa que renació tras
dieciocho años de obras y esperas. Con la garantía del buen sonido -la
maldición de todos los recintos nuevos y remozados en estas latitudes- que el
pianista lagunero demostró con obras de Albéniz y una
selección de la exigente Suite Ibérica, la velada prolongó su rumbo con
la soprano María Orán que, a Granados y Manuel de Falla, añadió una canción de
Álvaro Martín Díaz, Almadi, "un arrorró para
niña", como él la llamaba, original y tierno. En un clima amable y
conciliador, que echamos de menos en el día a día, el descanso nos permitió
gozar de las viejas amistades y comprobar y comentar los efectos de una
cuidadosa restauración -donde pervive la impronta decorativa de Manuel Verdugo,
el fastuoso poeta modernista metido también a pintor- y recordar los
característicos lienzos del prolífico Manuel López Ruiz, aquel gaditano
irrepetible que jamás despreció ningún encargo, los paisajes verticales que
recuperaron su gracia y efectismo y el techo, donde en un arranque muy suyo,
juntó el folclore de los trajes regionales con las alegorías de las bellas
artes, desnudos con símbolos y tules que replicó en iglesias de pueblo y
comedores burgueses con la profusión y desenvoltura de su buen oficio. En la
segunda parte,