Agustín
Mora
Érase una
vez un país abandonado, atrasado, violento, empobrecido, casi analfabeto,
fundamentalmente rural, sin servicios básicos ni sociales, desesperado, con millones
de habitantes en la miseria y pocos miles de ellos, en la opulencia.
Un país de caciques y terratenientes, militarista, ultracatólico a la fuerza, donde los hombres ocupaban las
plazas de los pueblos para conseguir una jornada de trabajo en condiciones
esclavistas y las mujeres no eran consideradas nada más que como víctimas del
derecho de pernada por parte de los patronos.
Un país gobernado por un rey sátrapa, libidinoso,
juerguista y putero al que gustaba, en demasía,
mandar a la guerra contra Marruecos a pobres hombres sin apenas armas, sin
apenas rancho y con alpargatas como todo uniforme.
“En el Barranco del Lobo/ hay una fuente que mana/
sangre de los españoles/ que murieron por la patria/ pobrecitas madres/cuanto llorarán…” (canción popular).
Un país con un rey “felón” (otro más) que aceptó una
dictadura militar para seguir desgobernando y desangrando a su pueblo;
para continuar con su forma de vida obscena, pero con la seguridad de tener a
sus ciudadanos a buen recaudo bajo la amenaza de los fusiles de sus generales.
Un país que, bendito sea (siendo yo ateo), un día se
levantó bajo las notas libertadoras del himno de Riego: “Soldados,
Un país que con
Érase una
vez, un país que comenzó a elevar a los hombres y mujeres a la categoría de
seres libres, humanos y dignos. Que comenzó a destacarse en arte, literatura,
medicina, investigación, educación, derechos sociales, reparto justo de la
riqueza, reforma agraria, autonomías, igualdad de derechos sin importar el
sexo.
Un país al que
Un país que defendió su República LEGAL durante
tres años de guerra civil, de lucha cruenta, fraticida, asesina. Los nuevos
felones se impusieron con el exterminio, la muerte, la destrucción y el terror
ayudados por ejércitos alemanes, italianos y marroquíes. Amparados por la
cobardía y la mirada cómplice de una Sociedad de Naciones tan inútil e
hipócrita como esta ONU de avestruz.
Un país que entregó la vida de más de un millón de
trabajadores y trabajadoras que consideraban que la única LEGALIDAD fue
la conquistada con la fuerza de los votos.
Un país que derramó su sangre por todos los pueblos. “Si
me quieres escribir/ ya sabes mi paradero/ desde las brigada mixta/ primera
línea de fuego…” (canción tradicional) y que,
finalmente, quedó reducido a un país con paisajes de desolación y muerte. Un
país que tuvo que caminar días y noches interminables huyendo de la masacre y
los campos de prisioneros. Camino del exilio, camino de la esperanza rota; como
nuestro poeta Antonio Machado: “Hay un español que quiere/vivir y a vivir empieza/ entre una España que muere/
y otra España que bosteza/ Españolito que vienes/ al mundo, te guarde Dios./ Una de las dos Españas/ ha de
helarte el corazón”.
Érase una
vez, un país derrotado y arrebata su LEGALIDAD por la “razón de la
fuerza, no por la fuerza de la razón…” (Don Miguel de Unamuno)
que se enfrentó al “¡muera la inteligencia! ¡viva
la muerte!” (general franquista, Millán Astral)
con la valentía y dignidad de los que hacen de la libertad su principal
baluarte.
Un país que tuvo que lamer sus heridas, rabioso,
consternado, y con gritos de coraje e impotencia: “A ti Franco, traidor vil
asesino/ de mujeres y niños del pueblo español/ tú que abriste las puertas al
fascismo/ tendrás eternamente nuestra maldición”. (León Felipe).
Sí… Érase una vez un país al
que cambiaron “oro por cuentas de vidrio” y al que
impusieron una “legalidad” nacida de las bombas asesinas. Un país que siguió
luchando en la clandestinidad, que siguió muriendo, que siguió sufriendo para
expulsar al dictador Franco y a su “legalidad” macabra.
Un país que tuvo que soportar, resignado ante la
desidia de sus políticos, ahora tan “demócratas”, más de cuarenta años de
“legalidad” sangrienta. Un país que, en pleno siglo XXI, aún tiene que aguantar
la náusea que produce ver a otro rey felón como heredero “legal” de quien
destrozó tantas vidas, ilusiones y ansias de libertad y progreso.
Érase una
vez un país que continúa gobernado por la “legalidad” ilegal y represora de
quienes se acomodaron a la erótica del poder y han construido con el
sufrimiento de todo un pueblo su manera de vivir.
Y érase una vez un país
donde, al menos, los supervivientes de tanta tragedia y ya muy ancianos,
aún mantienen el grito joven de rebeldía y libertad, clamando por
Y érase un país donde los
hijos de la dictadura, los hijos de los falangistas que daban el “paseo” al
amanecer para llenar de muertos las tapias de los cementerios, tienen la poca
dignidad (aprovechándose del cargo político legitimado por la impostura
franquista) de mandar a callar a nuestros supervivientes, a nuestros luchadores
de la libertad y de la UNICA LEGALIDAD.
Érase una
vez un país cuya tercera autoridad del Estado, el Presidente del Congreso de
los Diputados, con sus palabras, defendiendo “su legalidad” manchada de sangre
e intentando acallar las voces de tantos muertos y represaliados por la
dictadura, dio todos los argumentos para que la lucha por la UNICA LEGALIDAD
sea cada vez más necesaria. Por la III República.
Se me olvidaba, Sr. Presidente del Congreso… (Bono
para los amigos). Mi felicitación republicana por la boda de su hija que
contrae matrimonio con el hijo del “gran artista” de los saraos de Franco. El
infumable Raphael. Creo que a usted le pega mucho
aquello de “Yo soy aquél…”
27-06-08