¿Leyenda negra?

V. P. Cauich

 

Poner en claro que los colonialistas españoles torturaron, asesinaron, excomulgaron y vejaron a algunos de los héroes mexicanos durante la guerra de independencia, no es hablar mal de España y calumniar a los españoles, tampoco es esparcir la llamada leyenda negra. Es simplemente exponer la verdad. No reconocerlo sería mentir, y ello no es válido. Por si no bastara: ningún colonialismo es beneficioso para los colonizados. Tampoco es mentir decir que los españoles ocuparon el primer lugar en la matanza de millones de indios americanos. No existe la leyenda negra; al contrario, como lo dijo Simón Bolívar, Bartolomé de las Casas no exageró nada acerca de tan espinoso tema. Esa matanza de indígenas de América representó uno de los grandes genocidios de la historia humana. Otro tanto ocurrió con la masacre de africanos [incluidos los canarios].

 

Tras conocer el genocidio en América, la inteliguentsia europea más avanzada se solidarizó con los masacrados. Así, Montaigne hizo una breve descripción de la destrucción de las Indias: “Tantas ciudades hermosas saqueadas y arrasadas; tantas naciones destruidas y llevadas a la ruina; tan infinitos millones de gente inocente de todo sexo, condición y edad, asesinada, destruida y pasada por las armas; y la parte del mundo más rica y mejor, trastornada, arruinada y deformada por el tráfico de las perlas y de la pimienta...” (J. H. Elliott, El viejo mundo y el nuevo (1492-1650), trad. de Rafael Sánchez Mantero, Barcelona, Ed. Altalaya, 1996, p. 128).

 

Con la aparición del colonialismo, los teóricos europeos, para justificar la agresión, el genocidio y el robo en gran escala contra los pueblos coloniales elaboraron ideas pedestres sobre las diferencias raciales, culturales y religiosas. Aparecieron los fenómenos del racismo y el eurocentrismo. Tales ideas aún subsisten en diversos medios, especialmente de la derecha, y, sobre todo, de la ultraderecha.

 

Quien esto escribe no comulga con la idea de que hay pueblos crueles y pueblos buenos, lo que no quita que, en ciertas coyunturas históricas, puedan prevalecer malos sentimientos, ideas muy reaccionarias y odios racistas, nacionales o religiosos. Los colonialistas españoles, ingleses y franceses son, en esencia, lo mismo, por lo cual comparten las características de estos profesionales del crimen colectivo: matanzas en masa, robos generalizados y destrucción de la cultura de los pueblos oprimidos.

 

Mas para ilustrar que los españoles no eran pacíficos creyentes, es de utilidad exponer algunos de sus hechos. Don José Amador de los Ríos, historiador católico y español, apuntaba: “...Fama fue por aquellos días [1391] que excedieron en toda España las víctimas, inmoladas en tal manera por la furia popular, de cincuenta mil almas, y no han faltado tampoco historiadores modernos que sólo al reino de Aragón hayan cargado tan espantosa suma.” (José Amador de los Ríos, Historia social, política y religiosa de los judíos en España (Selección), Libros II y III, t. II, Barcelona, Ed. Orbis, 2ª ed., 1986, pp. 114-115).

 

En cuanto a la Inquisición española, un célebre cazanazis afirma: “La hipocresía, aliada con la violencia, fue quizá el rasgo más repulsivo de la Inquisición. Se llegó al extremo de llamar Casa Santa al edificio donde se efectuaba el tormento. Al convertirse éste, con el tiempo, en una rutina, hubo de combatirse el tedio de la crueldad inventando suplicios cada vez más refinados que no provocaran, con todo, la muerte prematura del reo.

 

La Inquisición resucitó el culto pagano de víctimas humanas, fue de hecho una recaída en el paganismo. Hacía ya largo tiempo que ninguna religión de Europa ni del mundo entonces conocido sacrificaba hombres a sus dioses --ni siquiera animales--...” (Simon Wiesenthal, Operación Nuevo Mundo. (La misión secreta de Cristóbal Colón), Barcelona, Ed. Orbis, 1986, p. 32).

 

Un afamado historiador volteriano, exponía en una de sus obras: “...[Torquemada] sólo había llevado a la hoguera 6,000 víctimas... Empezó un largo drama criminal: pronto quedó sofocada toda actividad científica, y la Edad Media se prolongó en España hasta nuestros días... En 1834, la reina Cristina abolió definitivamente la Inquisición. Había matado, en España tan sólo, 100,000 personas al menos, expulsado del territorio 1,500,000 y arruinado la civilización de este hermoso país”. (Salomón Reinach, Orfeo. Historia general de las religiones, México, Ed. Nacional, reimpr., 1972, pp. 484-485).

 

Los nacionales de España, pues, fueron de los grandes organizadores de pogroms, de asesinatos en masa de judíos y testigos gustosos de los gigantescos crímenes de la organización delicuencial llamada Inquisición española. De ahí, que no sea raro, que entre los defensores del colonialismo español, haya elementos realmente cómicos. Si los indios de México, Guatemala y Perú mantienen una población importante, ello es consecuencia, dicen, de que los genocidas españoles eran “más buenos y considerados” que los colonialistas ingleses, franceses y portugueses. Es una lógica, obviamente, propia de piratas y de gángsters. Las causas de la subsistencia de estas importantes poblaciones amerindias se localizan, por un lado, en su capacidad de resistencia, y, por otro, en la fortaleza de sus culturas. Los conquistadores españoles no tenían nada de “buenas gentes”. Sin duda, eran genocidas, criminales de guerra y saqueadores.

 

Los cuentos y leyendas difundidos por los apologistas del colonialismo, no se pueden sostener de ninguna manera. La catástrofe demográfica que implicó la irrupción de los europeos está ampliamente documentada por los historiadores, cronistas, demógrafos y otros investigadores. Un autor sostiene: “Supongamos una población de unos ochenta millones, como mínimo, para todo el continente, en 1492, con densidades máximas en la zona de los imperios azteca (16 a 20 millones) e inca (unos seis millones), densidades intermedias en el Caribe y en la meseta bogotana, y densidades muy bajas en el resto... en México central se pasa de veinte millones en 1492 a poco más de uno en 1608...” (Gonzalo Zaragoza, América Latina. Época colonial, México, REI, 1990, pp. 22-23).

 

Otro estudioso plantea: “Si a mediados del siglo XVI seis millones de indígenas habitaban el México central, del istmo de Tehuantepec a la frontera con los chichimecas al norte [Mesoamérica septentrional], en el recuento siguiente (1568) sólo alcanzaban a ser 2.6 millones; doce años después, 1.9; en 1595, 1.3; diez años más tarde, un millón, y hacia 1630, setecientos mil. En ochenta años de gobierno colonial la población indígena quedó reducida a una octava parte; la caída resulta más acentuada aún si se parte de los doce o veinticinco millones mencionados antes. Desde el desembarco de Cortés, la población indígena habría decrecido hasta una mínima proporción de su tamaño inicial (entre un tres y un seis por ciento)”. (Nicolás Sánchez-Albornoz, “Evolución demográfica: catástrofe y recuperación”, en Historia Universal Salvat, vol. XX, Barcelona, Salvat Ed., 1986, p. 2540).

 

Las masacres, la explotación de los indios y el saqueo de las riquezas y bienes de México, Perú y otras regiones de América, en lugar de servir para el desarrollo capitalista de España sirvieron para hundir a este país en el subdesarrollo. Apuntaba un famoso historiador argentino: “...España... aunque inauguró el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna, se estancó en un feudalismo no realizado plenamente después de iniciar el capitalismo que estranguló a poco de nacer”. (Rodolfo Puiggrós, La España que conquistó al Nuevo Mundo, México, B. Costa-Amic Ed., 4ª ed., 1976, pp. 56-57).

 

Más adelante, agregaba: “La abundancia de oro y plata provenientes del Nuevo Mundo originó el alza general de los precios de las mercaderías europeas (alimentos, materias primas, manufacturas), alza que benefició a los países exportadores de productos elaborados a costa de los países que importaban todo o casi todo lo que consumían. España, una vez que automutiló sus fuerzas productivas, quedó reducida a la condición de país consumidor-importador; a partir de 1496 los talleres ingleses, franceses, italianos, holandeses y alemanes reemplazaron a los destruidos o abandonados de Segovia, Toledo, Valladolid, Barcelona, Valencia y otras ciudades hispánicas. La familia real y los grandes señores dieron el ejemplo al proveerse en el extranjero e introducir modas extrañas. No imaginaba la arrumbada mentalidad del aristócrata que al dilapidar los tesoros de las Indias sumía en la ruina a la economía y en el hambre al pueblo de España; pero de pensarlo tampoco habría cambiado su actitud de clase divorciada de los destinos nacionales. Al ensancharse considerablemente el mercado español con la incorporación de los consumidores americanos se agravó al máximo la dependencia economicofinanciera de la metrópoli con respecto a las manufacturas de Europa occidental. Cuanto mayores eran las riquezas metálicas extraídas de los dominios mayores eran el abatimiento de la economía peninsular y su subordinación a economías en desarrollo. Los monopolios, el mercado único, las persecuciones al comercio directo de las colonias con países extranjeros y el aislamiento político e ideológico remacharon, prolongaron y solidificaron tal relación de dependencia”. (Rodolfo Puiggrós, La España que conquistó..., pp. 103-104). España se despobló, se llenó de mendigos, aumentó su población enferma y dio lugar a una literatura que reflejaba tal situación: la picaresca española. Afirmaba Puigrós en la obra ya citada: “...Su población [de España] descendió de 11 millones de habitantes en 1500 a 8.2 millones al morir Felipe II y a 5.7 millones al concluir en 1700 el régimen de los Habsburgo...”(Rodolfo Puiggrós, La España que conquistó..., p. 194). Las acciones violentas en contra de los indios, el inmenso saqueo y el oscurantismo católico, no condujeron a España al capitalismo. Como señala Potemkin: “El torrente de metales preciosos que afluía de la recién descubierta América enriquecía al grupo gobernante de la nobleza española, consolidando con ello la clase de los señores feudales y sus relaciones dentro del país. El oro y la plata, adquiridos por el trabajo esclavista o la servidumbre de los infelices indígenas de América, en resumidas cuentas, perdieron a España... A los mercaderes españoles que comerciaban con las nuevas colonias les convenía más vender allí las mercancías de producción inglesa, francesa y holandesa, antes que las suyas propias. En España, la burguesía perdió el interés en el desarrollo de la industria patria. La única rama de la producción que florecía en España --la crianza de ovejas-- trabajaba para la exportación, enriqueciendo a los grandes ganaderos nobles. En el aspecto económico, España comenzó a retroceder hacia los tiempos del siglo XIV...” (V. P. Potemkin, Historia de la diplomacia, trad. de M. B. Dalmacio, Buenos Aires, Ed. Lautaro, 2ª ed., 1944, p. 212).

 

Otro historiador, indica: “...No hubo decadencia en estos campos [literatura y pintura] hasta bien entrado el siglo XVII; pero el porvenir aparecía incierto. Portugal no había sido asimilado; Cataluña tampoco. En cuestiones sociales y económicas se observaban fallos ominosos. España era rica gracias al tesoro de las Indias, pero carecía de una industria propia suficiente. Dependía de las manufacturas, los barcos y el comercio extranjeros. Mientras la sangría perpetua de la guerra secaba sus finanzas, la población comenzó a disminuir y, especialmente en el Sur, comenzaron a aparecer tierras sin cultivo por falta de manos. La paz con Francia, Inglaterra y Holanda le dio una oportunidad de reforma, y se sabía bien que su necesidad era apremiante”. (George Clark, La Europa moderna. 1450-1720, trad. de Francisco González Aramburu, México, FCE, 2ª reimpr., 1975, p. 126).

 

No hay grandes diferencias en quienes ilustran la decadencia española. Dice Anderson: “...El desplome del poderío español, sobre todo durante la catastrófica generación de 1660 a 1690, es un hecho sin paralelo en la historia europea y no resulta fácil de explicar... La abrumadora influencia de la Iglesia católica ciertamente era hostil en muchas formas al progreso económico. También lo era la manía de los títulos y las comisiones gubernamentales, que desvió tanta energía y capital hacia usos improductivos y extendió por toda España la mentalidad del rentista y la del funcionario, a expensas de la del comerciante, del artesano y del industrial...” (M. S. Anderson, La Europa del siglo XVIII (1713-1789), trad. de Ricardo Haas, México, FCE, 2ª reimpr., 1980, p. 12).

 

Pero el colonialismo español no sólo oprimió a los pueblos latinoamericanos, sino también a las naciones vasca, catalana y gallega, además de los grupos nacionales y etnias de Canarias y África. El centralismo español suprimió las libertades catalanas. Un académico expone en pocas palabras la situación: “...La marcha hacia la centralización se acentuó en el siglo XIX, después de la gran lucha contra Napoleón, y Cataluña perdió poco a poco todo lo que hasta entonces le había dado un carácter particular: sus leyes penales desaparecieron en 1822, la lengua castellana fue impuesta a la escuela en 1825, las leyes mercantiles fueron unificadas en 1829, los tribunales en 1834, la moneda en 1837; los restos del regionalismo administrativo se desvanecieron en 1845”. (Georges Weill, La Europa del siglo XIX y la idea de nacionalidad, trad. de José López Pérez, México, UTEHA, 1961, p. 292).

 

Los apologistas del colonialismo deberían renunciar, por su propia salud y su capacidad de comprensión, a los anteojos del eurocentrismo, o, como afirma un estudioso: “Para la historia occidental, el llamado descubrimiento de América constituye una epopeya universal. Es considerado como la síntesis positiva de un complejo conjunto de fenómenos que abarca desde los avances científicos (brújulas, sextante, cartografía, etc.) hasta el espíritu humanista propio del Renacimiento. Considerada así, la visión del descubrimiento del continente americano no ha sido más que las gestas de los conquistadores, calificadas como empresas universales de colonización y cristianización.

 

“En toda esta historia «occidental» resalta la ausencia del «otro» punto de vista, el de los pobladores nativos de América, el de los «vencidos». Y esta ausencia no se justifica por la falta de testimonios y fuentes históricas. Por el contrario, se debe al etnocentrismo propio de los historiadores occidentales, empeñados en escribir no sólo la historia de sus pueblos sino la de los demás, pero de tal modo que han dado sentido a la frase: «Pobre del pueblo al que otro le escribe su historia»”. (Jesús Contreras Hernández, “La irrupción europea y la conquista”, en Historia Universal Salvat, vol. XX, Barcelona, Salvat Ed., 1986, p. 2527).

 

Como Portugal, Inglaterra, Francia, Alemania, Estados Unidos y Japón, España forma parte de los Estados genocidas y criminales que cargan sobre sus espaldas el asesinato de millones de seres humanos. De ello no puede haber la menor duda. Entre los grandes criminales de guerra y genocidas se hallan los españoles Isabel la Católica, Hernán Cortés, Francisco Pizarro y Francisco Franco. La historia es contundente al respecto. No hay leyenda negra, hay asesinatos y brutalidades sin cuento, al grado de que lo dicho por Bartolomé de las Casas es una pequeñísima muestra de los horrendos crímenes de los españoles en América. No hay leyenda negra, hay robos generalizados y destrucción de bienes culturales. Ésa es la verdad.