Los guanches
Enrique González
Hace pocos días, un
amigo, me preguntó si conocía los primeros, intermedios y últimos pasos de los
guanches. Puedo asegurarle a mi amigo que la historia de
Respeto a los
historiadores, que buenos y muchos los hay, pero prefiero echarle imaginación,
ponerle algo de ficción a la vida de los guanches. Y, como se sabe, la
imaginación procura transitar por los campos de la bondad y la felicidad, como
si las Islas, en los tiempos remotos, fueran el Paraíso Terrenal o, fiel a la
leyenda, cierta o falsa, fueran Las Islas Afortunadas, y sus habitantes la más
noble raza que ha existido en
Pienso en los hombres
extrayendo de la tierra, de los árboles y de los animales todo lo que ellos de
buena gana regalan. Sin violentar la voluntad de los que le rodeaban. Las
parejas felices, en idílicos paseos por las verdes praderas, en los poblados
bosques o chapoteando en las playas de arenas negras. Los niños jugando,
imitando a los padres. Y los viejos sentados a la sombra de un árbol, en las
proximidades de un arroyo de aguas cristalinas, oyendo el canto alegre de los
pájaros. Los jóvenes saltando, ayudados por largas varas, y corriendo
libremente, frenados sólo por el viento. Las cuevas acogedoras. Viviendo sin
agobios, con el horario que marcan los astros.
Me horroriza saber
cómo fueron conquistados y esclavizados. Cuando contemplo el mar desde Santa
Cruz fantaseo. Veo en el horizonte las barrigudas naves con sus velas
desplegadas, con sus bodegas y cubiertas repletas de soldados con armas de
fuego y espadas afiladas y brillantes a los rayos del sol. Soldados cubiertos
de duros metales en los que el sol se refleja, el calor se guarda y el agua
resbala. Y los veo con los ojos enrojecidos por el ansia de guerra; los
párpados insomnes, bien separados, para que las ambiciosas retinas exploren las
costas lejanas donde habrá riquezas y aventuras, y tierras para repartir. Y a
los oficiales en el puente con los rasgos de la avaricia, el honor y la gloria
dibujados en sus rostros endurecidos por el sol reverberado y la sal de los
mares. Y veo cómo las naves se acercan impulsadas por los vientos del norte,
mientras las olas se suceden en similar forma hasta romperse en las costas de
riscos y en las playas de piedras rodadas en la gruesa arena. Y los veo con la
mirada dirigida hacia el Teide, la colosal montaña que los atrae porque creen
que es el anuncio de algo grande, desconocido, que guarda en sus entrañas ricos
tesoros.
Y en las montañas y en
las costas, hasta donde llega el bosque, a unos asombrados hombres, a medio
vestir, cuidando los mermados rebaños, que vuelven sus miradas a algo
desconocido. Y veo a sus mujeres, con sus hijos en los brazos, horrorizadas,
volver la vista, con gesto de clemencia, hacia las cuevas o las espesuras de
los bosques. Las sabias mujeres presienten que aquello es el final de todo,
especialmente de su apacible vida y de la de sus hijos. Y es que los guanches,
que estaban limitados por el mar, ya sabían que por el mar vendrían el mal y el
término. Habían visto muchas veces a esas pequeñas islas que el viento se las
llevaba de paso. Pero aquellos raros armatostes tenían algo extraño, quizá
fuera simplemente un halo desconocido, quizá, sólo un mal presagio.
Desembarcan las
tropas, y un militar con mando, con una espada en la mano, observa cómo unos
soldados clavan una gran cruz en la tierra. Y al grito de guerra comienza la
conquista, se inicia la caza de los asustados guanches. Pólvora que explota y
quema, metralla que perfora y espada que traspasa. Matan y esclavizan a los que
cogen. La resistencia es inútil. Ni siquiera la sorpresa en un barranco y la
habilidad con las piedras son suficientes. Unos mueren, otros se entregan al
irremediable destino. La fuerza del más poderoso.
Pero muchos huyen, se
esconden. Se refugian en el fondo más oscuro de las cuevas. Las armas de la
guerra no los matarán. Morirán porque sus mentes no están preparadas para el
espanto. Porque no soportan otra vida. No fue por enfermedad del cuerpo, por
los nuevos gérmenes que trajeron los conquistadores, no fue la gripe, la
modorra, fue la depresión, la impotencia. Ni siquiera fue la ira, porque ellos
desconocían la ira. Fue la incomprensión, el más dañino de los sentimientos.
Fue el convencimiento de que no vale la pena vivir si la vida no la puedes
elegir. "Vacaguaré" era la expresión que,
según los historiadores, decían los desengañados guanches. Morir antes de
malvivir. El mismo espanto que mató a tantos indios americanos.
Pura imaginación. Mis
sueños no resisten a la fría realidad.