Los guanches

Enrique González

 

Hace pocos días, un amigo, me preguntó si conocía los primeros, intermedios y últimos pasos de los guanches. Puedo asegurarle a mi amigo que la historia de la Conquista de Canarias, por interesante y necesaria que sea, no ha sido motivo de mi atención. Y no le he dedicado mi tiempo porque no quiero conocer la realidad de los primitivos pobladores de Canarias ni los hechos brillantes de los conquistadores. Lo poco que he oído o he leído sobre los guanches, que fue en los años jóvenes, lo he dejado en el rincón oscuro de mi memoria, lo he abandonado en el cajón saturado de las tristezas, que procuro revolver lo menos posible. No está uno para más amarguras, bastante tiene con los desaguisados que nos acosan desde el cielo y la tierra: el clima, el terrorismo, los conflictos sociales, la inmigración y tantas otras cosas, que sólo enumerarlas me escalofrían el alma.

Respeto a los historiadores, que buenos y muchos los hay, pero prefiero echarle imaginación, ponerle algo de ficción a la vida de los guanches. Y, como se sabe, la imaginación procura transitar por los campos de la bondad y la felicidad, como si las Islas, en los tiempos remotos, fueran el Paraíso Terrenal o, fiel a la leyenda, cierta o falsa, fueran Las Islas Afortunadas, y sus habitantes la más noble raza que ha existido en la Tierra. La imaginación idealiza, la realidad decepciona. Los guanches sólo habitan en mis sueños y residen en mis fabulaciones. Y en la nebulosa de mis chifladuras los represento grandotes, bien musculados, saludables, ágiles, bondadosos, amables, exentos de calamidades, desprovistos de envidias y rencores.

Pienso en los hombres extrayendo de la tierra, de los árboles y de los animales todo lo que ellos de buena gana regalan. Sin violentar la voluntad de los que le rodeaban. Las parejas felices, en idílicos paseos por las verdes praderas, en los poblados bosques o chapoteando en las playas de arenas negras. Los niños jugando, imitando a los padres. Y los viejos sentados a la sombra de un árbol, en las proximidades de un arroyo de aguas cristalinas, oyendo el canto alegre de los pájaros. Los jóvenes saltando, ayudados por largas varas, y corriendo libremente, frenados sólo por el viento. Las cuevas acogedoras. Viviendo sin agobios, con el horario que marcan los astros.

Me horroriza saber cómo fueron conquistados y esclavizados. Cuando contemplo el mar desde Santa Cruz fantaseo. Veo en el horizonte las barrigudas naves con sus velas desplegadas, con sus bodegas y cubiertas repletas de soldados con armas de fuego y espadas afiladas y brillantes a los rayos del sol. Soldados cubiertos de duros metales en los que el sol se refleja, el calor se guarda y el agua resbala. Y los veo con los ojos enrojecidos por el ansia de guerra; los párpados insomnes, bien separados, para que las ambiciosas retinas exploren las costas lejanas donde habrá riquezas y aventuras, y tierras para repartir. Y a los oficiales en el puente con los rasgos de la avaricia, el honor y la gloria dibujados en sus rostros endurecidos por el sol reverberado y la sal de los mares. Y veo cómo las naves se acercan impulsadas por los vientos del norte, mientras las olas se suceden en similar forma hasta romperse en las costas de riscos y en las playas de piedras rodadas en la gruesa arena. Y los veo con la mirada dirigida hacia el Teide, la colosal montaña que los atrae porque creen que es el anuncio de algo grande, desconocido, que guarda en sus entrañas ricos tesoros.

Y en las montañas y en las costas, hasta donde llega el bosque, a unos asombrados hombres, a medio vestir, cuidando los mermados rebaños, que vuelven sus miradas a algo desconocido. Y veo a sus mujeres, con sus hijos en los brazos, horrorizadas, volver la vista, con gesto de clemencia, hacia las cuevas o las espesuras de los bosques. Las sabias mujeres presienten que aquello es el final de todo, especialmente de su apacible vida y de la de sus hijos. Y es que los guanches, que estaban limitados por el mar, ya sabían que por el mar vendrían el mal y el término. Habían visto muchas veces a esas pequeñas islas que el viento se las llevaba de paso. Pero aquellos raros armatostes tenían algo extraño, quizá fuera simplemente un halo desconocido, quizá, sólo un mal presagio.

Desembarcan las tropas, y un militar con mando, con una espada en la mano, observa cómo unos soldados clavan una gran cruz en la tierra. Y al grito de guerra comienza la conquista, se inicia la caza de los asustados guanches. Pólvora que explota y quema, metralla que perfora y espada que traspasa. Matan y esclavizan a los que cogen. La resistencia es inútil. Ni siquiera la sorpresa en un barranco y la habilidad con las piedras son suficientes. Unos mueren, otros se entregan al irremediable destino. La fuerza del más poderoso.

Pero muchos huyen, se esconden. Se refugian en el fondo más oscuro de las cuevas. Las armas de la guerra no los matarán. Morirán porque sus mentes no están preparadas para el espanto. Porque no soportan otra vida. No fue por enfermedad del cuerpo, por los nuevos gérmenes que trajeron los conquistadores, no fue la gripe, la modorra, fue la depresión, la impotencia. Ni siquiera fue la ira, porque ellos desconocían la ira. Fue la incomprensión, el más dañino de los sentimientos. Fue el convencimiento de que no vale la pena vivir si la vida no la puedes elegir. "Vacaguaré" era la expresión que, según los historiadores, decían los desengañados guanches. Morir antes de malvivir. El mismo espanto que mató a tantos indios americanos.

Pura imaginación. Mis sueños no resisten a la fría realidad. La Historia es la Historia. No hay historia sin guerras y no hay progreso sin guerras. La fuerza del poderoso.