La marea soberanista
Juan
Jesús Ayala
Estamos asistiendo, porque se oye y su reflujo
es evidente, a una marea soberanista. Y no sólo en aquellas naciones que han
pretendido encontrarse así mismas y que están lejos de nuestra cultura y hasta
en la lejanía de una geografía diametralmente opuesta sino en el territorio español.
Muy cerca.
Ahí están los vascos a través de unas
propuestas, ciertamente consecuentes con unas y otras posiciones ideológicas,
que marcan unas determinadas acciones políticas que han ocasionado que dentro
del PNV, Josu Jon Imaz, se haya visto obligado a
dejar atrás sus proclamas políticas que iban hacia acercar posiciones con el
estado español, a compartir soberanía de una manera paulatina y siempre condicionada
por el alto el fuego de ETA, porque las tesis que tenía enfrente de Joseba Egibar, alineado con Ibarreche, iban camino del triunfo. Tesis, por otra parte,
que no han renunciado a la soberanía plena de Euskadi. El PNV, anteriormente
sometido a este tipo de tensiones que han debilitado al nacionalismo vasco
por la escisión en 1984 con el partido que lidera Garaicochea,
está a las puertas de un nuevo debilitamiento, aunque se intente poner al
frente del partido a una persona neutral como es Iñigo Urkullu.
Pero lo que si está claro es que, a pesar de ese encuentro hacia el consenso,
siguen existiendo dos posiciones perfectamente decantadas; una con una visión
un tanto quietista y adaptada a los ritmos históricos y otra mas audaz que
recorta al grado máximo las relaciones con el estado español y que tiene como
bandera de enganche-ideológico la proclamación de un Referéndum para que se
tome en cuenta la voluntad popular.
Los soberanistas pretenden rescatar la historia y
ponerla en su sitio. Euskadi con sus compromisos para el futuro y sus
vivencias del pasado. Y Castilla con las suyas.
Continuar,
eso sí, con los puntos de conexión que la misma historia ha propiciado pero
mirando hacia adelante de otra manera y con otras políticas. Y si la
artificialidad propició el encuentro es ahora la realidad la que marca las
nuevas circunstancias para que cada cual busque y se quede en el sitio que le
corresponde.
Y en Cataluña sucede otro tanto. La tibieza del líder
de Convergencia, Duran Lleida, le hace decir que lo
mejor en estos momentos de efervescencia soberanista es la moderación y la
corresponsabilidad con el estado español y si fuera necesario hasta contribuir
a su gobernabilidad con un ministerio donde esté alguien de su formación
política. Y por otro lado su socio de Unió, Artur
Mas, deja oír su discurso alineado perfectamente con las tesis soberanistas de
Esquerra Republicana que en boca de Joan Puigcercós, su hombre fuerte, ha manifestado que "No
tenemos nada que hacer en España. Es un lastre". Propugnando sin rubor
alguno la independencia de Cataluña.
Ante esta marea soberanista ¿qué hacer? Cualquier
cosa, menos, por supuesto, meter el pico bajo el ala y llegar a la conclusión
que esto es una cuestión baladí, como si fuera un tema motivo de charlas de
café o elucubraciones de algún que otro iluminado. De eso nada. La historia se
mueve. Y las personas se empeñan en que esta gire en busca de su retorno, hacia
el lugar donde debe estar. Y es que los pueblos en un momento determinado se
revelan en contra del poder y en contra, sobre todo, de los dictados de los que
tienen una lectura interesada para que sus vicisitudes no sean como son sino
como ellos quieren que sean. Y estos exigen su razón de ser, la recuperación de
su tarjeta de identidad.
Ahora se está en otra dimensión, la sumisión y la
tergiversación parece que a la primera hay que ponerla en su sitio para que se difumine desde ahí, y la segunda
para que las razones de los acontecimientos que en su día se produjeron
busquen su verdadero camino.
La marea soberanista no es peligrosa ni va a poner
en peligro la vida de nadie, nadie se va a ahogar en ella. Además no tiene por
ello que crearse ningún tipo de tensión que incomode. Simplemente sí que hay
que tenerla en cuenta y que funciona, seguramente, como un aldabonazo en la
puerta del poder, o como una llamada de atención porque pudiera ser que exista
algún tipo de confusión que obligue a un cambio de actitud, tanto por los unos
como por los otros.
Además, habrá que redefinir el concepto de soberanía,
ya que los trazos físicos y geográficos que separan a unos países de los otros ya
no los hacen diferentes. Se es diferente cuando la división se hace a través
de una cultura que se comparte. La soberanía se hace universal y toma presencia
cuando son muchos iguales lo que así lo deciden.