Una vez más: Marruecos-Canarias

 

Juan Jesús Ayala

 


   Decía hace algo más de cien años, Joaquín Costa, que lo que a España le interesa "es que al otro lado del Estrecho se cons­tituya una nación vi­ril, independiente y culta, aliada natural de España, unida a noso­tros por vínculos del interés co­mún, como lo está por los vínculos de vecindad y de la historia". Lo que, particularmente, lo haría ex­tensivo para Canarias, para el in­terés de las Islas.

 

   Andando el tiempo hemos visto como Marruecos se ha ido moder­nizando y ha pasado de un régi­men autárquico por excelencia a una monarquía que intenta tras la muerte de Mohamed V, y de Has-san II entrar en los caminos de la democracia aunque aun quedan muchos recodos de ciertas oscuri­dades auspiciadas por las intrigas palaciegas que retardan que esto ocurra.

 

   Pero la vía está abierta y Moha­med VI no tiene otra alternativa que establecer una lucha abierta para derrocar el mito. Y el mito es el Majzen el cual se considera co­mo algo inamovible y donde todo esta irremediablemente escrito. O sea la desmajzenizjición del siste­ma se impone, ya que si no es así los avances serán pocos y tardíos. Tendrán que tomar buena nota de esa situación política y cuestionar con decisión el papel de los gober­nadores convertidos en el filtro provincial de cualquier acción de los ministerios, en censura y tra­bas y de instituciones como son las asambleas regionales que ne­cesitan para democratizarse no sólo elegir por sufragio universal directo a sus miembros, sino eli­minar de una vez por todas la tute­la de esos gobernadores y de su Ministerio del Interior.

  

   Con las recientes elecciones le­gislativas estas bien pudieran ser una piedra de toque para que se vaya recomponiendo y diluyendo los tutelajes regios y que el parla­mento legisle a su saber y entender y que los gobiernos se sacudan de viejas modorras supra-paternalistas.

  

   En estas elecciones se temía por el ascenso de la marea islamista arropada por el PJD (El Par­tido de la Justicia y del Desarrollo) el cual presumía iba a ser el gana­dor pero se quedo en segundo lu­gar con los 47 escaños logrados. Se temía que esta marea integrista se consolidara en esta parte del Magerb y se constituyera como subvertidor del orden establecido y como una amenaza para occi­dente y más aun para los territo­rios que están al sur de Tarifa, in­cluidos el peninsular español y el Archipiélago canario.

 

   El partido ganador de las elec­ciones, a pesar de que el próximo gobierno tendrá que ser consen­suado por la suma de cinco forma­ciones políticas, ha sido el partido Istiqlal, partido nacionalista que ha obtenido 52 escaños y que tie­ne marcada influencia en las zo­nas urbanas tradicionales como Fez y Marrakech y los núcleos ur­banos modernos y proletarios co­mo Casablanca.

 

   Estas elecciones, vistas de una manera fría y sin grandes alardes analíticos, ponen de manifiesto que al menos la zona norteafrica­na del Magreb, con los atisbos de desestabilización argelinos que parecen estar controlados, da la impresión que no sufrirá vaivén alguno de cierta relevancia y te­mor político.

 

   No obstante, desde la otra orilla, desde Canarias, si se pudiera ha­cer una lectura un tanto preocu­pante y no tan fría. Sabemos que el gran derrotado ha sido el Parti­do Socialista, que quiérase o no, a pesar del encorsetamiento de la política marroquí, es aperturista, tiende lazos con los pueblos y mi­ra desde Rabat hacia Europa con vistas a europeizar el reino alaui. Y que el gran vencedor ha sido el que no cesa de reivindicar que Ca­narias pertenece a Marruecos y que el día que se construya El Gran Magreb las islas tienen ahí su espacio reservado; como así es­tán dibujadas en la cartografía que tiene Mohamed VI en su des­pacho.

 

   Ese partido nacionalista, el Is­tiqlal, instigador de la Marcha Verde y totalmente reivindicativo, motiva que Canarias, en estos momentos de su historia, a parte de otras amenazas, tiene por una parte la de un integrismo suicida y la del anexionismo que tiene es­te partido marroquí como meta irrenunciable. Deseamos que to­das estas reivindicaciones poten­ciales y en cierta medida aciagas sólo sean florituras propagandis­tas en tiempos electorales.

 

   Saludemos pues con cierta es­peranza democrática el proceso electoral desarrollado en Ma­rruecos y que el país irrumpa con más decisión en los espacios del debate a la vez que espere­mos que determinadas ínfulas sólo sean fuegos artificiales y no pasen de ahí.