Marruecos nuclear
Juan Jesús Bermúdez
Cada canario consume al día unas 16 veces más petróleo
que un marroquí. Así, un canario quema diariamente unos
Marruecos, sin embargo, al igual que Canarias, ha
registrado en las dos últimas décadas un espectacular crecimiento de su consumo
de recursos no renovables, aunque se mantenga la asombrosa distancia en
“desarrollo” entre ambos mundos. Esa distancia es insalvable, porque no hay
suficientes recursos energéticos ni industriales en el Mundo para que los
países del Sur alcancen cuotas de consumo siquiera similares a las de los
países más ricos: o unos u otros, pero no todos, con los recursos de una sola
Tierra. La llegada a los límites detendrá apetencias de crecimiento aquí y
allá, independientemente de que nos cueste reconocer que el Planeta ya no tiene
más fronteras nuevas por conquistar, y estemos empapados de mitos sobre el
progreso, la energía infinita y el redentor poder de la tecnología.
El señuelo nuclear, no obstante, avanza a gran
rapidez, sobre todo en torno a los países del Magreb,
tanto petroleros como no, que ven cómo la creciente factura petrolera limita
realmente sus posibilidades de mantener un crecimiento que, como el resto de
economías, quieren promover a toda costa: es una huida hacia delante. Una
economía aún rural en Marruecos (más sostenible, por tanto), pero con un
espectacular crecimiento de la demanda de electrificación y redes a lo largo
del país, que está promoviendo la terciarización de
su actividad, precisa de un suministro eléctrico constante y garantizado, como
ya existe en los países de
Este despertar nuclear, como nos recuerda el geólogo
Mariano Marzo, es extensible al conjunto de países del Magreb
y petroleros, aunque chocaría previsiblemente con los límites de expansión del
suministro de uranio en los próximos años para la flota creciente de reactores,
según Michael Dittmar y otros expertos que hablan de
insuficiencia de suministro inclusive para la flota nuclear existente, en la
próxima década. Es previsible que los importantes intereses de los grandes
países consumidores – en este caso de la mano de la agresiva diplomacia gala
que también necesita combustible del exterior para sus reactores – estimulen la
construcción y eventual puesta en funcionamiento de algún reactor en Marruecos,
así como, sobre todo, la promoción de la investigación para intentar obtener un
uranio, que cada vez resulta más caro, en este caso como subproducto a partir
de los fosfatos, mineral éste en declive mundial, pero muy abundante en el
Sáhara. Estamos ante una prueba más de que la industria nuclear ya busca –como
la industria petrolera con las aguas profundas y los crudos pesados– recursos
con menor índice de concentración y mayor esfuerzo energético para su obtención
y procesamiento como combustible fisionable.
La abismal diferencia de consumos África–Europa es la
que estimula la emigración hacia el Viejo continente, y también la
justificación de dirigentes de ambos territorios, que promueven acuerdos para
seguir “desarrollando”, en este caso, el país alauita.
Es muy dudoso, sin embargo, que se pueda mantener, como hemos dicho, ese ritmo
de crecimiento durante mucho más tiempo, una vez se alcanzan los Límites de los
que pocos quieren oír hablar. Marruecos pretende alcanzar cuotas de consumo
imposibles, mientras que los países más consumidores también quieren seguir
creciendo, de forma igualmente irreal. Esta impresionante voracidad y velocidad
del crecimiento es lo que está acelerando, en estos años, la llegada al cenit y
declive del petróleo y que los mercados de todas las materias primas – desde
las alimenticias a las de metales, pasando por la de uranio – estén descoyundándose para intentar atender una demanda frenética
que solamente se frenará, visto lo visto, con una sucesión de crisis de oferta -que
muchos países ya viven- y reflejada en la inevitable crisis financiera de
ajuste de la burbuja monetaria a unos recursos que no pueden multiplicarse con
el ritmo pretendido por parte del club de los ricos, ni por los pobres que
aspiran a dejar de serlo, emulando a sus insaciables vecinos del Norte, entre
los que los canarios nos encontramos.