Marx habla de Chávez
Marcelo
Colussi
Entrevistador: Hoy nos acompaña alguien que no
necesita presentación. Alguien que, me atrevería a decir, es uno de los
personajes más famosos desde mediados del siglo XIX en todo el mundo. Resumir
ahora en pocas palabras toda su obra es sencillamente imposible. Prefiero
ahorrarme toda esta introducción y dejarlos de una vez con nuestro invitado de
hoy: Carlos Marx.
Carlos Marx: Muchas gracias,
pero creo que me halaga demasiado. Camarada, yo soy uno más, igual que usted.
Por favor, nada de presentaciones rimbombantes.
Entrevistador: De acuerdo, de acuerdo. De todos modos,
sabemos que su legado no es cualquier cosa, que no fue un autor más. Pero
dejemos eso, de acuerdo. Vamos al grano de nuestro encuentro. Podríamos hablar
horas, si no días, sobre variadísimos temas. Y por supuesto que ojalá lo
podamos hacer en alguna ocasión; pero lamentablemente tenemos que ser bien
puntuales ahora. Camarada Marx: ¿cómo ve el proceso
que lidera el presidente Hugo Chávez en Venezuela?
Carlos Marx: ¡Pregunta
difícil, mi amigo! ¿Por dónde empezar? Mire, yo diría casi como título, como
presentación de todo lo que podría manifestarle: "Hugo Chávez, una
esperanza". Eso como para poner un marco de referencia, ¿verdad? "Una
esperanza" en el sentido que hoy, surgiendo de la peor ola neoliberal de
la historia, en medio del envalentonamiento absoluto del capitalismo feroz que
permitieron los acontecimientos de fines del siglo XX, volver a hablar de temas
que el discurso dominante relegó al lugar de las cosas desechables, es un paso
adelanto. Volver a levantar las banderas históricas del socialismo
revolucionario cuando se había llegado a decir, con pompa triunfal, que
"la historia había terminado" con la caída del bloque socialista europeo,
es un avance fenomenal. Es más: me atrevo a decir que es un paso gigantesco,
importantísimo, del que todavía no podemos ser conscientes recién entrado el
siglo XXI. Seguramente, y sobre esto podremos profundizar mucho en un momento,
todo lo que está pasando hoy día en Venezuela no es aún socialismo. Quizá es un
camino al socialismo, digámoslo así; pero el sólo hecho de volver a poner en la
agenda un tema que estuvo silenciado por años, volver a hablar de imperialismo,
de pueblo, de poder popular, de economía socialista, todo eso tiene un valor
incalculable. Es por todo eso, justamente, que hoy Venezuela está en la mirada
de todo el mundo. Esto es un laboratorio social; me atrevo a decir que mucho de
lo que pasa aquí va a tener importancia para las próximas décadas de este siglo
en todo el mundo.
Entrevistador: ¿Cómo ve usted esto del socialismo del
siglo XXI?
Carlos Marx: Podría entender
cierta. ¿cómo decir?, cierta perspicacia en esa pregunta, casi como una segunda
intención oculta; algo así como la idea que "esto" del socialismo del
siglo XXI es algo cuestionable. Mire, camarada, para ser franco: sí y no. En un
sentido podríamos decir, quizá siendo rigurosos -u excesivamente ortodoxos,
según lo queramos ver- hay un solo socialismo. Una lectura algo cerrada de mi obra
podría llegar a dar ese resultado; pero yo siempre me cuidé, se lo aseguro, de
no caer en dogmatismos, en fundamentalismos. Y la experiencia del siglo XX lo
confirmó, que no existe una vía única para construir alternativas sociales.
Quizá en el momento en que surge mi obra y todo el pensamiento socialista,
hacia mediados del siglo XIX, el espíritu cultural-intelectual dominante era el
positivismo y esa creencia casi ciega en las ciencias que venían surgiendo con
fuerza imparable. Por eso ese talante dominante de un pensamiento científico,
en el sentido de conceptos generales válidos para todo el mundo, universales, omniabarcativos, es decir: un pensamiento con las
características de las ciencias positivas de aquel entonces, la física, la
química, la biología, un pensamiento que diera leyes absolutas, indubitables.
Es en ese marco que van surgiendo los primeros conceptos políticos, más aún:
filosóficos, del socialismo, e imbuidos como se estaba por ese clima general de
quasi adoración de las nuevas ciencias, era
totalmente de esperarse que toda la formulación -incluida también la mía, por
supuesto- tuviera esas características. Se buscaba, en consonancia con el tenor
general imperante, un conocimiento riguroso y universalmente válido, por eso el
socialismo debía ser "científico", para dejar atrás las primeras
formulaciones utópicas, algo confusas aún, o el inconducente anarquismo. ¿Me
entiende? Por eso buscábamos que hubiera un socialismo único, riguroso, el
socialismo como avanzada intelectual de la sociedad, el socialismo que
-entendíamos por aquél entonces- debería impulsar la clase obrera industrial:
el socialismo revolucionario. En ese momento, momento de nacimiento por cierto,
momento fundacional con todo lo que ello implica: momento de autoafirmación, de
búsqueda de una identidad propia, no era posible elucubrar que hubiera un
socialismo del siglo XIX, y eventualmente uno distinto para el siglo XX. Había
un solo socialismo, y punto. Luego vinieron los apellidos: socialismo
democrático, socialismo reformista, socialismo soviético, socialismo a la
africana, socialismo nacional, socialismo bolivariano. Socialismo petrolero
llegó a decirse incluso. Ahora bien: ¿están equivocados todos estos apelativos?
No, por cierto que no. Como todas las cosas, deben ser vistas en su dinámica,
en perspectiva histórica, en su perpetuo devenir. Si se habló, por ejemplo, de
un socialismo a la africana, esto tiene una legítima justificación, impensable
seguramente a mediados del siglo XIX cuando se comenzaba a hablar de todo esto
y cuando la lucha anticolonial no la considerábamos aún como una avanzada. Las
primeras experiencias socialistas demostraron muchas cosas: entre otras, la
primera, y para mí: fundamental, que es posible y necesario ir más allá del
capitalismo y de toda sociedad basada en la explotación de una clase por otra
porque si no la humanidad en su conjunto y el planeta no tienen salida. Se pudo
empezar a producir con estructuras económicas que, si bien luego podemos, o
debemos, revisar -aunque creo que no es el objetivo de esta entrevista,
¿verdad?- definitivamente mostraron que no sólo el lucro empresarial privado es
lo que posibilita una producción masiva. La idea de un mundo de productores
libres asociados, aunque no se haya alcanzado aún, empezó a tomar forma
concreta: aunque lejana aún, esas primeras expresiones de socialismo -o de
capitalismo de Estado con nueva ideología, como se le podría llamar ahora-
muestran que más temprano que tarde la humanidad puede ir alcanzándolo. Algo
que yo no sabía con exactitud cuando escribía El Capital -de ahí que preferí
guardar un prudente silencio, pues no podía entreverlo con una bola de cristal-
era hasta qué punto podía desarrollarse una, o eventualmente unas pocas,
sociedad socialista en el medio de un mar de potencias capitalistas. Los casos
de Rusia, de China y de Cuba vinieron a mostrarlo con claridad. Y antes que
nada, para seguir hablando de esto querría dejar bien claro que yo no me ciño a
ninguna idea definitiva, cerrada, idea de manual, de libro sagrado, cuando pienso
en una sociedad socialista futura. Quizá lo hicieron así los primeros utópicos,
que fabricaron mentalmente una sociedad perfecta. Pero, lo sabemos, lo humano
dista mucho de ser perfecto; y el socialismo tampoco está destinado a conseguir
la perfección. Es, nada más y nada menos, que una sociedad más justa.
Pues bien: mi obra principal, El Capital, en sus tres
tomos -uno que vi publicado en vida y los otros dos
que publicó Federico ya muerto yo- constituye un intento por poder ver con
claridad científica cómo está hecha la sociedad capitalista, cómo funciona;
pero no es una guía de acción práctica. En realidad no, para nada. Yo nunca lo
tomé así, y si usted ve con atención, en ningún lado de los tres tomos me
atreví a dar indicaciones de acciones que hoy podríamos decir políticas. Es un
libro científico, no más que eso. Quizá un poco pesado, por lo complejo del
tema; pero jamás se me antojó un manifiesto para la acción. Las indicaciones de
carácter más práctico, si se me permite decirlo así, están más desperdigadas
por ahí, en distintas publicaciones, quizá empezando por el Manifiesto de 1848.
Pero para serle franco: fue recién después de los hechos de
Pero, nos vamos un poco del tema. Usted me preguntaba
qué opino de este llamado "socialismo del siglo XXI", ¿verdad? Bueno,
en realidad no nos vamos del tema en sentido estricto. Sucede que no hay, no
hay de ningún modo un único modo de construir el socialismo. De lo que se
trata, básicamente, es ver cómo queda la propiedad de los medios de producción.
Eso define todo. Ahora bien: ¿sólo hay socialismo si se repite el modelo que
hicieron los rusos en 1917, o el que siguieron los chinos en el 49? Lo que está
claro es que no fueron socialistas en sentido estricto estas experiencias de
Europa del Este de luego de
Pues bien: los primeros pasos que se dieron en el
siglo XX, desde la revolución bolchevique de 1917 -que, a decir verdad, me
sorprendió un poco, porque no me la esperaba ahí- pasando por las distintas
experiencias, variadas, cada una con sus características peculiares, con su
pintoresquismo particular, cada una fue socialista a su modo. ¿No lo fue acaso
la vietnamita, aunque ahí no había aun proletariado industrial desarrollado y
bien organizado? ¿Y por qué esa sí fue socialista y no lo hubiera sido la sandinista, en Nicaragua, una revolución antiimperialista
en un país manejado prácticamente por una sola familia y unas cuantas
multinacionales? ¿Cuál fue más socialista: la china o la cubana? Creo que es
vía muerta planteárselo en esos términos. Por eso, si miramos esto que está
pasando ahora en Venezuela, ¿qué tomamos como referente? ¿Lo que dicen mis
libros? Le repito, camarada entrevistador: yo no di ninguna receta de cómo
tenía que ser una revolución socialista. Lo que sí veo es que -tal como años
después de mí dijo insistentemente este italiano llamado Gramsci-
algo vital para decir que se está construyendo un nuevo modelo es el cambio
cultural, el cambio de las cabezas. Si no cambia la mentalidad de la población,
si no se construyen nuevos valores, una nueva ideología en el más cabal sentido
de la palabra, aunque eventualmente se haya tomado el poder político, que por
supuesto no lo es todo, si no se da un profundo cambio cultural no hay cambio
socialista, no hay revolución. Y eso es tremendamente difícil. Es ir contra los
prejuicios, contra la carga milenaria de la que todos somos herederos sin
saberlo. Es remar contra la corriente. Eso es quizá más difícil que vencer al
ejército enemigo en combate, porque se trata de vencernos a nosotros mismos en
lo que somos hondamente. Del ejército enemigo sabemos cómo defendernos, pero
¿cómo lo hacemos de nuestros propios prejuicios?
Vencer ese combate fue lo que no se logró
completamente en las primeras experiencias del siglo XX; por eso, en muchos
casos, el resultado que iba saliendo de esos procesos revolucionarios era algo.
digamos: preocupante. La arrogancia de los cuadros revolucionarios terminó
imponiéndose sobre el común de la gente. Las mieles del poder -porque eso no
desapareció- se tornaron un fin en sí mismo, y lo que había sido la chispa que
encendió la lucha de tantos y tantos nobles revolucionarios, fue apagándose
para dar paso a un sistema jerárquico, pesado, gris, burocrático. Eso, me
parece, de ningún modo es un cambio en la esencia de las relaciones humanas, en
lo profundo de la condición humana. Por eso, lamentablemente, fue creándose una
nueva casta social que reemplazó a los antiguos amos, y de esa cuenta la
burocracia del Estado, que era la misma que la del partido gobernante, partido
único y vertical, terminó convirtiéndose en un enemigo de la gran masa. Eso,
justamente esa extinción de la chispa revolucionaria, eso fue lo que se
visualizó como el gran peligro en las revoluciones, de ahí que en esta
experiencia actual que transita la sociedad venezolana no se quieren repetir
viejos errores, viejos vicios, que son los que terminaron barriendo con la idea
revolucionaria de origen. Para tomar distancia de ese proceso de parálisis, de
anquilosamiento en el pensar y en el hacer, para distanciarse de procesos que
tuvieron más de dictadura unipartidista -con todos
los vicios de cualquier dictadura- que de genuino avance popular, es que surge
esa denominación de "socialismo del siglo XXI". Es, ante todo, un
guiño, una señal; algo así como decir que se es socialista, pero no de la misma
manera en que lo fueron esas experiencias europeas, que finalmente terminaron cayendo
por su propio peso y no tanto por el ataque de las potencias capitalistas.
Tengo entendido que no fue el propio Hugo Chávez quien
forjó el término de "socialismo del siglo XXI" sino un catedrático
alemán que hace años vive en México. Pero eso, en definitiva, no importa. Lo
cierto es que es una manera de distanciarse de una experiencia bastante
impresentable, una experiencia que más que hacerla amable y repetible para las
grandes mayorías populares, asusta. Y más aún, siendo víctima también de la satanización
que por décadas hizo la prensa capitalista de ella. Hoy día, a comienzos del
siglo XXI, no es lo más aconsejable querer volver a repetir esquemas que no
salieron muy bien y que fácilmente pueden ser atacados, tanto desde la
izquierda (por pocos revolucionarios) como desde la derecha (mostrando lo poco
"exitosos" que fueron, para decirlo con un término de la economía
moderna). Por eso pienso que se da en Venezuela esa insistencia, sin perder las
raíces socialistas, en tratar de distanciarse de modelos en crisis,
cuestionables, modelos que pueden asustar a los pueblos, modelos que no son
atractivos. Y que no lo son con justificados motivos. Por supuesto que hay un
solo modo de superar la barbarie del capitalismo, y eso es el socialismo; pero
lo que se da en Venezuela es el intento de superarlo sin repetir errores que la
izquierda ya cometió, por eso esa nueva presentación, remozada diríamos.
Entrevistador: Pero el presidente Chávez, con esta
creación de "socialismo del siglo XXI" no sólo se distancia de la
experiencia soviética de partido único burocrático y verticalista
sino que también ha tomado distancia del marxismo. En varias oportunidades ha
dicho que él no es marxista.
Marx: ¡Lo
cual me alegra mucho! Mire, camarada: yo me he cansado de repetir infinidad de
veces que no hay que ser "marxistas" sino, en todo caso, socialistas.
¿Por qué esa empecinada necesidad de idealizar figuras y convertir a seres
humanos en dioses? ¿Por qué siempre esa terrible necesidad de "ismos"? Marxismo, hegelianismo, hitlerismo, peronismo,
maoísmo, franquismo o castrismo, e incluso en la revolución en Venezuela: chavismo. ¿Cuándo podremos empezar a superar ese culto a la
personalidad? ¿Cuándo empezará cada quien a pensar con su propia cabeza sin
adorar al dios de turno? Bueno, por lo que vemos hasta ahora en la historia
moderna de la sociedad, desde que hay registro escrito, ya no hablemos de la
protohistoria, siempre en las sociedades de clases que conocemos y más aún en
las sociedades hiper masificadas como las contemporáneas,
manejadas por medios de comunicación masivos con un poder de penetración e
incidencia mayor que el de cualquier ejército, las personalidades magnéticas,
carismáticas, o las obras muy importantes que marcan rumbo, son los referentes
de las masas. Yo nunca hubiera querido que aquellos que se inspiraron en mi
obra teórica para la lucha revolucionaria tomaran mi nombre como insignia. ¿Por
qué ser "marxista" y no, simplemente, socialista? Pero dejemos eso
por ahora. En todo caso si mi obra sirvió para algo es para fundar un método de
análisis de la realidad, método que pone especial énfasis en las condiciones
materiales de producción y en las relaciones sociales que las mismas
determinan. Todo lo cual lleva a una crítica del estado de cosas creado y a la búsqueda
de su transformación revolucionaria por medio de la práctica político-social. Y
agregaría ahora: también cultural. Eso, si se me permite decirlo así, podría
ser la síntesis de ese pensamiento mal llamado "marxista". En
consonancia con eso, el paso fundamental para la construcción de un mundo
nuevo, un mundo socialista, de mayor justicia y equidad para todos, es la
determinación de en manos de quién están los medios de producción. Mientras
sigan siendo privados, mientras estén en manos de una clase social, sabemos que
seguirá habiendo clases sociales enfrentadas, los poseedores y los desposeídos,
y por tanto persistirán las inequidades, la violencia de clase, y por
consecuencia también las guerras. Como decíamos hace un momento, creo que a
partir de su primera pregunta, en Venezuela se empezó a cuestionar el sistema
capitalista. Es cierto que todo ese proceso tiene características muy
especiales en relación a otros modelos socialistas. Solamente Chile transitó un
camino más o menos similar, llegando a una presidencia socialista dentro de los
cánones de la hipócrita democracia burguesa representativa; experiencia que
sabemos terminó trágicamente con un cruento golpe de Estado. En Venezuela
parece que la apuesta es trasformar la sociedad dentro de la legalidad
burguesa; o, al menos, arrancar desde ahí, para luego ir profundizando la
marcha. Tengo que reconocer que es un engendro un tanto raro. Es, como leí por
ahí y me pareció muy simpático, un ornitorrinco; es decir: una cosa extraña, un
pájaro que pone huevos y al mismo tiempo es mamífero. Es algo raro que se puede
mantener, e incluso profundizar, gracias a dos cosas: mucho dinero que genera
el petróleo, y la personalidad de un dirigente carismático como ha habido pocos
en la historia, este Hugo Chávez. ¿Qué saldrá de todo esto? No lo sabemos con
certeza. Lo que sí está claro es que, aunque todo esto no lleve el sello de
"marxista", es un proceso que molesta a la derecha, a la aristocracia
vernácula y al gran capital internacional, el estadounidense en principio,
principal potencia mundial en estos momentos y manejadora de Latinoamérica como
su zona de influencia natural. Pero aunque no sea "marxista" -si es
que eso significa algo- es socialista. No cabe la menor duda que ahí se ha
abierto objetivamente un proceso de desafío a los valores capitalistas y al
imperialismo de Washington. Por supuesto que abre grandes interrogantes. Todo
esto lleva aún la marca de ser algo un tanto amorfo, ese ornitorrinco de que
hablaba recién: empresas del Estado controlando los recursos básicos pero
presencia de capitalistas privados manejando buena parte de la economía al
mismo tiempo. La banca, corazón del capitalismo de fines del siglo XX y
principios del XXI, del capitalismo parasitario y financiero que cada vez va
gobernando más el mundo, la banca sigue en manos privadas; y hoy por hoy
haciendo los mejores negocios de su historia. En fin, es algo un tanto
contradictorio: un presidente que como comandante de un proceso revolucionario
vive hablando de las desventajas del modelo capitalista, vomitando pestes del
imperialismo y al mismo tiempo se mantienen patrones de consumismo alocados
defendidos y alentados por el mismo gobierno: todos los meses se abre un nuevo
centro comercial más grande y más lujoso, ya no alcanza el espacio para meter
tantos vehículos que se siguen vendiendo sin control, se sigue consumiendo más whisky escocés que en Escocia. Un presidente que reivindica
la figura del legendario guerrillero argentino Ernesto Guevara y al mismo
tiempo se reivindica católico, sabiendo lo que significan las religiones,
todas, como anestesia social, y más aún el catolicismo, en cuyo nombre los
conquistadores españoles masacraron a las poblaciones originarias de América.
Muchas contradicciones, ¿verdad? Por otro lado, la economía del Estado sigue
basándose en el petróleo no lográndose alcanzar la autosuficiencia alimentaria.
Es decir: un país que por casi un siglo vivió de la renta de un producto único
con todo lo que eso conlleva como cultura, una cultura rentista, no productiva,
y poca inversión todavía en una economía no-petrolera. En fin, son muchas
contradicciones, sin dudas. Y contradicciones en distintos ámbitos: se empieza
a construir el poder popular con los distintos mecanismos que el Estado
implementa mientas la revolución, en vez de autoproclamarse cada vez más
orgullosamente como socialista, se asume, ante todo, chavista.
Claro que hay que entender la sociedad de que se trata en su dinámica histórica
para ver el significado de todas esas contradicciones: si estamos ante un país
que vivió el sueño -loco sueño, por cierto- de mantenerse exclusivamente de las
rentas que aseguraban los petrodólares, eso no va a ser fácil de cambiar. La
cultura de la corrupción como práctica cotidiana está entronizada, al igual que
el orgulloso de sentirse un país lleno de Miss Universos. ¿Me entiende lo que
quiero decir, no? Es una sociedad llena de contradicciones, una historia llena
de contradicciones: país rentista, pero al mismo tiempo fue la primera sociedad
que reaccionó a las medidas neoliberales impuestas por los organismos del
Consenso de Washington en las décadas de los 70 y los 80 del siglo XX con el
famoso Carachazo, todo un símbolo en la historia, no sólo de Venezuela, sino
del mundo. Un país donde el líder de la revolución en curso es un militar,
incluso con un pasado golpista -cosa que, para los "marxistas"
ortodoxos, es algo difícil cuando no imposible de tragar-. Revolución,
por último, que no nació del pueblo en la calle, de una clase obrera en armas
ni nada por el estilo, sino que comienza de un modo impensable: un candidato
presidencial, con un discurso popular sin dudas, que de pronto sorprende a
todos yéndose más a la izquierda de lo que los estrechos márgenes de la
democracia burguesa permiten. Pero que pasa a ser el demonio más intolerable
para la derecha. Y me atrevo a decir que no sólo para la estrategia a futuro de
la primera potencia capitalista del mundo, Estados Unidos, viendo que se le va
de las manos la mayor reserva de petróleo del mundo. Eso cuenta, sin dudas. Pero
quien reacciona visceralmente ante lo que en
Venezuela sucede es toda la derecha del mundo. Toda la oligarquía del mundo es
la que pone el grito en el cielo, empezando por la venezolana. Lo que este
Chávez mueve, teniendo cada vez más apoyo popular y ganando cuanta elección
enfrenta, pudiéndose dar el lujo de pedir su reelección indefinida -y sin
dudas, con la absoluta seguridad que su pueblo lo acepte-, lo que él representa
con esta revolución bolivariana en marcha, tan peculiar, juntando al Che Guevara
con Jesús, lo que él encarna es un gran desafío para la lógica capitalista: con
todas las contradicciones que puedan achacársele, sucede como con el proceso
cubano: hay un desafío real al capitalismo.
Es decir, para sintetizar: son muchas las contradicciones,
sin dudas, pero como expresábamos anteriormente: si la derecha tanto ataca este
proceso. por algo será. Por ejemplo, esa idea de integración latinoamericana,
aunque en principio no suena "marxista", en un mundo como el de
principios del siglo XXI marcado fundamentalmente por grandes bloques
hegemónicos (Unión Europea, ALCA, Comunidad de Países Asiáticos) y donde el
socialismo en un solo país pareciera imposible, se evidencia como un paso
importantísimo para oponer trabas al gran capital en función de los intereses
de las masas más desposeídas. ¿Se imagina una petrolera estatal supranacional
como la que plantea ahora Venezuela, manejando más cuota petrolera que todas
las multinacionales capitalistas del oro negro? ¿Se imagina, camarada, una gran
Petroamérica más grande que
Entrevistador: ¿Se logrará el socialismo en Venezuela?
Marx: No
lo sé, no soy adivino. El escenario a futuro puede dar para muchas opciones:
pueden invadir las tropas de Washington, por supuesto. No hoy, seguramente,
pero sí en un futuro a mediano plazo. No sabemos hacia dónde irá todo esto,
pero todo indica que se va por buen camino. No será fácil, sin dudas, pero ya
se comenzaron a dar interesantes pasos. Puede quedarse en un tibio proceso
reformista nacionalista, pero la forma en que se empieza a construir el poder
popular pareciera indicar que no, que el proceso da para profundizarse. Lo que
sí es evidente, si se compara eso que está pasando ahí con otras situaciones
que viven otros países de la región y que años atrás también parecían de matiz
socialista (me refiero a Brasil con Lula, o Argentina con Kirchner,
o Uruguay con Vásquez, o el Chile de Bachellet), si
uno ve que sólo este proceso, al igual que