Más allá del nacionalismo

 

Juan Jesús Ayala

 


   El camino de los pue­blos, quiérase o no, es­tá perfectamente dise­ñado, por lo que esca­parse de sus linderos es mirar con ojos mio­pes la evolución del mundo y más aún el desenvolvimiento de las ideas. El federalismo no es una doctrina política de ahora. Su an­dadura tiene ya unos cuantos si­glos. Lo mismo le sucede al nacio­nalismo que desde tiempo, desde la Revolución Francesa, ha impul­sado la historia de las naciones pa­ra una vez derrocado el absolutis­mo monárquico llegar, aunque con cierta pausa, a recomponer nuevos mapas políticos en el mundo mo­derno.

 

   Sin embargo, tenemos que decir que muchas veces, el nacionalismo está tan inmerso en un mar de du­das y genuinas confrontaciones que retrasan su finalidad, que des­dibujan su objetivo, que como he­mos dicho hasta la saciedad, no puede ser otro que la construcción nacional de los pueblos. Y en esa tesitura es el federalismo el que in­tenta poner las cosas en su sitio, el que con el empuje de su visión conceptual da armadura a la idea concreta y muchas veces desvir­tuada del nacionalismo. Con el fe­deralismo, el paisaje nacionalista se define, la diafanidad ideológica es perceptible, los objetivos están más cercanos y concretos y por lo tanto, asumibles.

  

   Uno de los primeros federalis­tas, Althusius, cuando se metía en los berenjenales para hablar y de­batir sobre la soberanía de los pue­blos, ya decía, y era en esto maja­dero, que "el objeto de la política es la asociación de carácter sim­biótico que se obliga recíproca­mente por medio del pacto expre­so o tácito en la mutua comunicación de todo aquello que es útil y necesario para el ejercicio y la ple­na realización de la vida social".

   Proudhon, por su lado, no se can­só de manifestar "quien dice liber­tad dice federación o no dice na­da". O sea, que desde los comien­zos de la "idea federal", los teóri­cos se decidían más que por el "contrato social" por el "contrato federativo".

 

   Andando el tiempo ya se llega a la conclusión, y el que no lo vea así es que está descolgado de la reali­dad, que el camino está perfecta­mente diseñado; ahí se encuentra Europa, que si aún no ha verifica­do su Constitución, se vislumbra que el modelo tiende hacia una "confederación", sabiendo que eso quiere decir simplemente que una confederación está constituida por dos o más estados. Se hace necesa­rio, pues, huir de la cuestión de Los Estados Unidos Europeos y no caer en esa trampa, porque enton­ces, unos estados grandes atrapa­rían bajo su dominio a los peque­ños, con lo cual se tendría que ope­rar una transformación federal de los estados unitarios. O lo que es lo mismo, que la "deconstrucción y transformación confederal de los estados unitarios sería la condi­ción previa y necesaria para la construcción confederal de Euro­pa". De ahí, y dentro del espectro político del Estado español, se está asistiendo a una verdadera "asime­tría", donde se observa que se fa­vorece a territorios concretos, llá­mense Cataluña y Euskadi, que llevan todo el marchamo para irrumpir en el momento histórico preciso como una confederación dentro del Estado español, que se irá trasformando asimismo en con­federal por la propia inercia de la política.

 

   Estas asimetrías ocasionan frus­traciones en otros, como pudiera ser el caso de Canarias, que per­manecen como convidados de pie­dra en esta sibilina e interesada transformación del Estado para al­gunos. Pero esto, si así sucede, es porque nos hemos acomodado a que la historia y las circunstancias de oíros sea lo que nos marque el paso y, por la dinámica estableci­da en el tiempo, haya estrangula­do la voz de las Islas y nos digan hacia donde tenemos que ir.

  

   Pero si tras la aprobación del Estatuto, si este se considera co­mo una piedra de toque para se­guir avanzado y no entenderlo co­mo estación terminal, seguro que estaremos en el camino del fede­ralismo pleno.

 

   Si nos encorsetamos, no exigi­mos y solo estamos situados en la espera de lo que nos vayan a dar, lo que se podrá conseguir por esa vía será el estancamiento y a ver­las venir. Si se afronta con deci­sión la idea de la federación como inicio de la confederación y se considera que la realidad ya nos dice que estamos en los albores de una necesaria Segunda Transi­ción, y que el modelo de Estado hay que removerlo porque apenas ya si tiene vida, y que el Título VIII de la Constitución está pidiendo a gritos su renovación, habremos dado un gran paso hacia el futuro y hacia la construcción de una li­bertad con mayúscula en todos los sentidos.

  

    El nacionalismo sólo como teo­ría, sin empuje, no camina, perma­nece estancado, la agilidad se la da la proyección confederal donde las decisiones políticas sean comparti­das y donde el futuro de cada cual es responsabilidad de cada una de la partes.