Más allá del nacionalismo
Juan
Jesús Ayala
El camino de los pueblos, quiérase o no, está
perfectamente diseñado, por lo que escaparse de sus linderos es mirar con
ojos miopes la evolución del mundo y más aún el desenvolvimiento de las ideas.
El federalismo no es una doctrina política de ahora. Su andadura tiene ya unos
cuantos siglos. Lo mismo le sucede al nacionalismo que desde tiempo, desde
Sin embargo, tenemos que decir que muchas
veces, el nacionalismo está tan inmerso en un mar de dudas y genuinas
confrontaciones que retrasan su finalidad, que desdibujan su objetivo, que
como hemos dicho hasta la saciedad, no puede ser otro que la construcción nacional
de los pueblos. Y en esa tesitura es el federalismo el que intenta poner las
cosas en su sitio, el que con el empuje de su visión conceptual da armadura a
la idea concreta y muchas veces desvirtuada del nacionalismo. Con el federalismo,
el paisaje nacionalista se define, la diafanidad ideológica es perceptible, los
objetivos están más cercanos y concretos y por lo tanto, asumibles.
Uno de los
primeros federalistas, Althusius, cuando
se metía en los berenjenales para hablar y debatir sobre la soberanía de los
pueblos, ya decía, y era en esto majadero, que "el objeto de la política
es la asociación de carácter simbiótico que se obliga recíprocamente por
medio del pacto expreso o tácito en la mutua comunicación de todo aquello que
es útil y necesario para el ejercicio y la plena realización de la vida
social".
Proudhon, por
su lado, no se cansó de manifestar "quien dice libertad dice federación
o no dice nada". O sea, que desde los comienzos de la "idea
federal", los teóricos se decidían más que por el "contrato
social" por el "contrato federativo".
Andando el tiempo
ya se llega a la conclusión, y el que no lo vea así es que está descolgado de
la realidad, que el camino está perfectamente diseñado; ahí se encuentra Europa,
que si aún no ha verificado su Constitución, se vislumbra que el modelo tiende
hacia una "confederación", sabiendo que eso quiere decir simplemente
que una confederación está constituida por dos o más estados. Se hace necesario,
pues, huir de la cuestión de Los Estados Unidos Europeos y no caer en esa
trampa, porque entonces, unos estados grandes atraparían bajo su dominio a
los pequeños, con lo cual se tendría que operar una transformación federal de
los estados unitarios. O lo que es lo mismo, que la "deconstrucción
y transformación confederal de los estados unitarios sería la condición previa
y necesaria para la construcción confederal de Europa". De ahí, y dentro
del espectro político del Estado español, se está asistiendo a una verdadera
"asimetría", donde se observa que se favorece a territorios
concretos, llámense Cataluña y Euskadi, que llevan todo el marchamo para irrumpir
en el momento histórico preciso como una confederación dentro del Estado
español, que se irá trasformando asimismo en confederal por la propia inercia
de la política.
Estas asimetrías ocasionan frustraciones
en otros, como pudiera ser el caso de Canarias, que permanecen como convidados
de piedra en esta sibilina e interesada transformación del Estado para algunos.
Pero esto, si así sucede, es porque nos hemos acomodado a que la historia y las
circunstancias de oíros sea lo que nos marque el paso y, por la dinámica
establecida en el tiempo, haya estrangulado la voz de las Islas y nos digan hacia
donde tenemos que ir.
Pero si tras la aprobación del Estatuto, si
este se considera como una piedra de toque para seguir avanzado y no
entenderlo como estación terminal, seguro que
estaremos en el camino del federalismo pleno.
Si
nos encorsetamos, no exigimos y solo estamos situados en la espera de lo que
nos vayan a dar, lo que se podrá conseguir por esa vía será el estancamiento y
a verlas venir. Si se afronta con decisión la idea de la federación como inicio
de la confederación y se considera que la realidad ya nos dice que estamos en
los albores de una necesaria Segunda Transición, y que el modelo de Estado hay
que removerlo porque apenas ya si tiene vida, y que el Título VIII de
El nacionalismo
sólo como teoría, sin empuje, no camina, permanece estancado, la agilidad se
la da la proyección confederal donde las decisiones políticas sean compartidas
y donde el futuro de cada cual es responsabilidad de cada una de la partes.