MIS
ENCUENTROS CON FERNANDO SAGASETA
Julián
Ayala
Mi
acercamiento a Fernando Sagaseta esta noche [con motivo del homenaje que se le
rindió en la sala San Borondón (4-12-2007)] va más por el lado de lo
personal, de lo humano, que de lo político. Aquí hay personas que fueron compañeras
de Fernando en algunos momentos de su dilatada actividad política. Ellas podrán
darnos una visión más precisa y concreta de dicha actividad. Yo, aunque
participé –y esa es una de mis mayores satisfacciones vitales– de la
amistad y el cariño de Fernando, no fui tan partícipe de sus ideas y
actividades políticas como lo fueron los que hoy me acompañan. Aunque en el
mismo campo de inquietudes de la izquierda, me moví por derroteros distintos a
los de ese “luchador irremediable”, como lo nombra el historiador Sergio
Millares, que fue Fernando Sagaseta. Tuvimos muchas coincidencias, pero también
algunos desencuentros. A unas y otros me referiré someramente a lo largo de mi
intervención.
Aunque se viven muchas vidas en una vida, y Fernando no fue una excepción
a esta regla del avatar humano, podemos sin
embargo, como si del hilo de Ariadna
se tratara, considerar tres aspectos definitorios de su personalidad, que le
acompañaron y fueron guía en toda su peripecia vital: su fidelidad a los
principios de justicia y libertad, su coherencia humana y política, y
sobrevolando sobre los demás, su característico y enorme optimismo histórico.
Conocí a Fernando en 1970, cuando vino a Tenerife a participar
en un mítin en
la Universidad
de
La Laguna
, que era entonces el primer y casi único frente de resistencia al franquismo
en la isla. Fue un encuentro auspiciado por un amigo hoy también desaparecido,
Miguel Cambreléng. Nos vimos en la vieja cafetería Alaska
y ya desde entonces me llamó la atención sobre todo el entusiasmo casi
voraz de Fernando, la certidumbre contagiosa de sus ideas, el énfasis de sus
palabras. Su intervención en el paraninfo, luego recogida por Juan Cruz en su
primera novela, Crónica de la nada hecha
pedazos, fue un aldabonazo en la conciencia de muchos estudiantes que nos veíamos
huérfanos de tutela y actividad política más allá de nosotros mismos. Había
vida, existía izquierda fuera de la universidad, el Partido (entonces se
llamaba así, en singular, al Partido Comunista de España) tenía líderes y
voces dignas de oírse más allá de los cuatro muros en los que desarrollábamos
nuestra actividad. Fernando pasó como un huracán y nos dejó la impresión de
su palabra, el ejemplo de su entusiasmo y, concretamente en mí, la semilla de
una amistad que iba a fructificar en los años venideros.
Vinieron luego los reencuentros frecuentes, estancias de Montse y yo en
Las Palmas, muchas de ellas en casa de Fernando, y visitas de él a Tenerife.
Militábamos, sin embargo, en grupos
distintos, pues él se movía en los márgenes del PCE, con la organización de
Células Comunistas, y sobre todo, ideológicamente seguía los postulados del
marxismo soviético, mientras que yo por entonces formé parte de
la Oposición
de Izquierdas (OPI), y más tarde del Partido de Unificación Comunista de
Canarias (PUCC), organización que rompió radicalmente con la ideología y las
prácticas del PCE, distanciándose también críticamente del comunismo soviético,
lo que fue considerado un error por parte de Fernando. La ruptura se escenificó
en la clausura del primer congreso del PUCC, que se celebró en octubre de 1977
en
la Escuela
de Medicina de Las Palmas de Gran Canaria. Fernando, visiblemente irritado por
lo que allí se decía, abandonó la sala antes de la terminación del acto.
Quizá se sentía decepcionado por la deriva de la organización que él
había contribuido a crear,
la OPI
, a cuya constitución nacional asistimos Fernando y yo en representación de
los comunistas disidentes canarios. Fue en pleno invierno y en un chalet de la
sierra del Guadarrama, en el que según Fernando, pasó más frío que durante
toda su estancia en la prisión de Burgos. Pero aunque durante un tiempo
intercambiamos documentos políticos y parecía que más o menos íbamos en el
mismo barco, surgió la ruptura, especialmente por la deriva antisoviética de
la mayoría de la organización de Tenerife y también por el surgimiento en su
seno de posturas nacionalistas, que Fernando no compartía.
Volvimos a encontrarnos dos años después, en 1979, en la ilusionante y
malograda aventura de UPC. Fue el cuarto de hora de gloria de Fernando. Recuerdo
el abrazo que nos dimos en el mítin del estadio de Las Palmas, con la grada
curva atestada de gente. Sagaseta estaba exultante, elevado al cubo su optimismo
vital y político, por primera vez en loor de multitud, aunque no sé cómo
calaría en su fuero interno el hecho de que ondeaban infinitamente más
banderas de las siete estrellas que de la hoz y el martillo. Y es que –es una
sensación personal– creo que en Fernando el nacionalismo canario no fue más
allá de una táctica política para aunar y sumar voluntades, dentro del
proyecto transformador de la sociedad y liberalizador de la humanidad, que para
él era sustancialmente el socialismo.
Se diluyó UPC y cayó
la Unión
Soviética.
Yo había abandonado la política organizada, digamos militante, aunque nunca
he dejado de tener –incluso ahora– un compromiso personal de izquierdas. Nos
distanciamos, no por desafecto sino por las implicaciones personales y
profesionales de cada uno. Sabía que Fernando seguía afanado en proyectos de
organización política, como me constó después con la lectura de su magnífica
biografía política, Fernando Sagaseta.
La vida de un luchador irremediable, de Sergio Millares Cantero.
El reencuentro, fortuito, tuvo lugar en las elecciones creo que de 1993.
Como periodista de Televisión Española me tocó hacer el seguimiento
informativo de la campaña electoral de Izquierda Unida Canaria y fue en
Tazacorte,
La Palma
, en un mítin ante unas pocas decenas de personas, lejos la gloria de la grada
curva, donde volví a encontrarme con Fernando. Tenía cierta curiosidad por
saber cómo habían influido en él sucesos como la desaparición de
la URSS
y la caída del llamado socialismo real. Era el mismo de siempre, quizá un
poco más sosegado en el decir, pero igual de contundente en las ideas. Arremetió
contra lo que llamaba “burguesía burocrática”, una clase política de su
invención que se caracteriza por el apoderamiento de los medios de producción
para beneficiarse personalmente en una sociedad donde prima más la economía de
consumo que la de producción de bienes. La similitud con la capa social que
gobierna desde hace años en Canarias es evidente.
Nuestro último encuentro fue, no olvido la fecha, el 20 de noviembre
de 1993, en el Hospital del Tórax de Tafira.
Fernando estaba ya consumido por el cáncer que 13 días más tarde le llevaría
a la tumba, pero logró que esa circunstancia triste casi pasara desapercibida
para los que fuimos a despedirnos de él. Se refirió con humor a su enfermedad,
habló con entusiasmo del momento político, que en su opinión, debía
plasmarse en un frente amplio de carácter interclasista (la experiencia de UPC
seguía viva en él), que uniera digamos a los globalizados contra los
globalizadores. Salimos de allí con un acervo sabor a última vez, pero con la
convicción de que nuestro amigo no había sido derrotado, ni por las
frustraciones políticas ni por la enfermedad.
El día anterior había dado su último mítin. Fue con ocasión del
otorgamiento de
la Cruz
de San Raimundo de Peñafort por el Consejo General de
la Abogacía
, a propuesta del Colegio de Abogados de Las Palmas. Fernando recelaba que la
aceptación de la condecoración podía ser entendida como una concesión hacia
todo lo que combatió durante su vida. La aceptó, sin embargo, en consideración
a los amigos y amigas que lo habían postulado y por estimar que era un acto
positivo para denunciar la “complicidad por omisión” de la mayoría de los
profesionales del Derecho. A este verdadero testamento político de Sagaseta
corresponden unos párrafos que no quiero dejar de citar: “Hay que luchar por
conseguir una moral activa, moral que ha de traducirse en vivir
y hacer vivir, en lugar del liberal concepto de vivir
y dejar vivir, y no digamos nada de la concepción autoritaria de vivir
y no dejar vivir. Se trata no sólo de ser, sino de saber lo que se es, se
trata de hacer constante la guerra al miedo y a la ignorancia; se trata de una
moral que convierta el amor a la vida en amor a la verdad”.
Y haciendo honor a su radical optimismo histórico concluía: “Esto será
porque nunca ha sido”.
(
La Laguna
, 4 de diciembre de 2007)
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Foto
izquierda: Intervinientes en el acto de homenaje a Fernando Sagaseta desde el
estrado. De izquierda a derecha: Julián Ayala, Joaquín Sagaseta y José Manuel
Rivero. Foto derecha: Al final del acto se cantó
La Internacional
por la casi totalidad del público que abarrotaba la sala y desde el estrado se
sumaron Montse, que había intervenido desde el público contando sus vivencias
e impresiones con Sagaseta, y César que presentó y moderó el acto.