La muerte del
columnista
Juan Manuel
García Ramos
Sólo encontré una verdad en la vida, hijo,
y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de
llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad". Con estas sentidas
palabras se expresa el Francisco Umbral autor de una de las novelas más líricas
de la segunda mitad del siglo XX de la literatura en lengua española. Una
novela dedicada a su hijo, muerto a causa de la leucemia a los seis años: Mortal
y rosa (1975).
Un bello título extraído de los últimos versos del poemario La voz a ti
debida, publicado por Pedro Salinas en 1934: "Y su afanoso sueño / de
sombras, otra vez, será el retorno / a esta corporeidad mortal y rosa / donde
el amor inventa su infinito".
A estas alturas de la semana muchas habrán sido las palabras dedicadas al
Francisco Umbral desaparecido, pero desde esta columna siento la necesidad de
dar también mi parecer sobre el paso por la literatura y el periodismo de un
personaje que lo primero que hizo al empezar a escribir fue eso: convertirse en
su personaje más atractivo.
He leído sus artículos diarios en los periódicos por donde fue pasando hasta
terminar en El Mundo. He leído y releído también algunos de sus libros,
como el citado Mortal y rosa, o el entregado a imprenta este mismo año: Amado
siglo XX, que permanecía sobre mi mesa de despacho esperando que yo me
ocupara de él.
Si tuviera que caracterizar la prosa de Francisco Umbral, toda su prosa, no
distingo la periodística de la literaria ahora, yo diría que toda ella es el
resultado de una tozudez: la de forzar la lengua más allá de todas sus
posibilidades, la de buscar sin descanso la "palabra acertada y
viva", más viva que acertada, que Umbral descubrió en su lectura personal
de Federico García Lorca, ese escritor que supo
explicar a un mismo tiempo el mundo y su revés.
Umbral también descubrió la modernidad de ese esfuerzo expresivo en Valle-Inclán y en Ramón Gómez de
Esa obsesiva vuelta de tuerca a la sintaxis, a la morfología y al léxico de una
lengua española peninsular anquilosada fue la contribución más sobresaliente
del oficio periodístico y literario de Francisco Umbral, que, ¡cómo no!, no
tuvo asiento en
Precisamente fue Miguel Delibes quien dijo de Umbral
que era "el escritor más renovador y original de la prosa hispánica
actual", el mismo Miguel Delibes que en 1958
había oficiado de introductor de Umbral en el mundo del periodismo a través de
las páginas de El Norte de Castilla.
El periodismo fue el género del siglo XX para bien y para mal. El lenguaje que
utilizó fue el de nuestro mundo. Como el siglo XVIII fue el siglo del teatro o
el XIX de la novela. Quizá el siglo XXI sea directamente el de la imagen y el
de la comunicación multimedia planetarias todavía en estado embrionario y
dispuestas a sorprendernos cada día.
Y si nos ponemos a pensar en escritores en lengua española que hayan conseguido
ir más allá de las máximas propiedades de ese idioma, no sólo nos
encontraríamos con el Umbral que hoy homenajeamos, sino con Gabriel García
Márquez, Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante y tantos otros, incluido
hasta Camilo José Cela, aunque su paso por el periodismo en los últimos años de
su vida nos suene más a fracaso que a otra cosa, todo hay que decirlo.
A ese siglo XX periodístico y tumultuoso dedicó Francisco Umbral su último
libro, con inocultables ecos testamentarios. Se sabía ya malherido y su estilo,
tan directo, sincero y brutal, como siempre, no podía enmascarar su estado de
ánimo.
Se supo excitar con las novedades científicas, políticas, estéticas e
históricas de esta centuria y practicó una literatura contra sí mismo, como nos
confiesa sin rubor: "El error más grande de mi juventud consiste en
afrontar la literatura como una confesión general y definitiva".
Y en esa confesión general y definitiva mantuvo siempre una actitud
provocadora, lo que él llamó el "antipatiquismo
esteticista", o "la mala educación como estética", practicados
antes por autores como Quevedo, Larra, Rubén, Valle-Inclán,
Camilo José Cela y algunos otros. Cuando Umbral se refiere a esta nómina está
claro que se está incluyendo alborozado y tiene a los mentados como sus
maestros principales, en especial a ese Valle-Inclán
que tilda de "garbancero" a Galdós y que va
a alborotar sus estrenos teatrales con su bastón de manco y las interjecciones
antiacadémicas.
No tuvo recato al denunciar el periodismo español porque, según él, no había
estudiado y aprendido esa fórmula superior del que eleva la anécdota del día a
la categoría del tiempo. Lo que ocurría además con el teatro y la novela
peninsulares de principio del siglo XX. Según Umbral, costó mucho abolir el
"realismo cocinero de Galdós" e imponer
"el simbolismo creativo de Mallarmé".
Esa mutación pudo comprobarla en sus admirados hombres de
Pero Lorca por encima de todos ellos porque en su
"poesía brota el agua salvaje de lo local y el secreto sombrío de lo
universal, eso que también encontramos en Shakespeare,
Quevedo y pocos más".
Umbral mostró su desprecio por Galdós como lo hizo
público por Clarín, por Baroja o por Azorín y
se atrevió a decir que Unamuno fue uno de los
primeros casos europeos de intelectual fascista, como en Alemania lo fueron Nietzsche, Heidegger y otros.
Cuando tiene que ocuparse de la figura de Franco, Umbral afirma que en cuarenta
años de mando en plaza toda la doctrina del general queda resumida en esta
frase tonta que se hizo famosa tras la muerte de Carrero
Blanco: "No hay mal que por bien no venga", que según el mismo Umbral
venía a querer decir: "Sálvese quien pueda". Franco se sabía ya en
las postrimerías de un Régimen protagonizado por un solo e insustituible
personaje y acaso sin proponérselo había sido sincero por primera vez.
Existen periódicos sin columnistas, pero para mí no son periódicos. No sé quién
va a sustituir la firma de Francisco Umbral en El Mundo, lo que sí sé es
que esa mezcla de humor, libertad sintáctica, lirismo y capacidad de
metaforizar nuestras rutinas que exhibía Umbral cada día no se da sino muy de
vez en cuando.