Nacionalismo y soberanía
Carlos
Lugo Sosvilla
Resulta inconcebible que tanta cabeza pensante que
pulula en Canarias no tenga comprendido que todo poder central de la historia
política de los pueblos y naciones nunca ha cedido nada que no se le exija, y
en ocasiones revolucionariamente, y a toda fuerza centrípeta hay que oponerle
una centrífuga que la contrarreste o modere. […] Porque nacionalismo
significa, en su principal acepción, "tomar conciencia los pueblos de
constituir una comunidad nacional en razón de los vínculos históricos, étnicos,
lingüísticos, culturales y económicos", y si un canario niega que no concurren en sus Islas, mejor sería que vuelva a la escuela
primaria. Y por soberanía se entiende "calidad de poder político de un
estado u organismo que no está sometido al control de otro estado o de otro
organismo". Si ambos conceptos los unimos, no cabe dudar de que su
resultado es el del independentismo. Pero bien sabido
lo que algunos lerdos ignoran, que independentismo es consecuencia del
nacionalismo, y no se puede, en inteligente cordura, condenar la consecuencia
pretendiéndose causa.
Tuve el
honor de ser invitado por la dirección de EL DÍA para participar en uno
de sus debates de los domingos sobre variada temática política, en particular
de Canarias, y como el convocado se refería a nacionalismo y soberanía, mi
aceptación fue inmediata, pues, tengo acreditada en mi larga vida una vocación
y preocupación por la política, bajo el criterio humanista de que para hacer
algo se viene al mundo, y todo quehacer constructivo -y la política lo es-
justifica una existencia y morir por haber vivido. Si de la canaria se trata,
hasta creo poder autocalificarme de intelectual, sin que ello llegue a denotar
pretensión de sabiduría. Porque sea lo cierto que como político poca cancha se
me ha concedido, y menos en los cuarentañeros
franquistas.
Participé en el
aludido debate atenido sólo al tema en su considerando intelectual y en nada
proselitista, sin arrogarme etiquetado político ni representativo, a nivel de
hombre solo, y al desconocer a los otros debatientes
en sus personas, idearios y representaciones, una vez conocidas, me reservé ser
el último interviniente para ver por dónde iba la
cosa y, según se presentaba, intervenía o cogía el portante. Pero vistas y
oídos pareceres dialogantes, con general respeto a instituciones y personas, mi
condición de demócrata se impuso y participé en el debate sobre el señalado
tema de nacionalismo y soberanía, conceptos a la par fundamentales de la
ciencia política. Y el resultado me pareció tan constructivo que toda sociedad
democrática debiera poder practicar.
Del publicado
contenido del repetido debate cabe como preciso matizar una expresión
ciertamente vertida de mi parte, de que había que olvidar a España, pero sólo
buenos entendedores habrán sabido comprender su cabal sentido nada de despecho,
sino queriendo expresar que si quieren los nacionalistas la nación canaria
tienen que irse olvidando del "maná llovido del cielo", siempre
mendigado con humildad franciscana por los canarios, pues ser independientes
contrae tanta o más responsabilidad que provecho lucrativo, aunque sí de
orgullo, que el ser soberano. Y por Canarias mucho se estila al querer vivir
del Estado dependiente, y mal se podrá seguir mamando, como así se le califica
popularmente, en el independiente, como ahora se lleva por la privilegiada
clase política trasvestida en bucrocrática.
Resulta inconcebible
que tanta cabeza pensante que pulula en Canarias no tenga comprendido que todo
poder central de la historia política de los pueblos y naciones nunca ha cedido
nada que no se le exija, y en ocasiones revolucionariamente, y a toda fuerza
centrípeta hay que oponerle una centrífuga que la contrarreste o modere. Que la
autonomía que Canarias necesita no se le dará por añadidura, y nunca será
conseguida sin un nacionalismo que puje y empuje por la nación canaria, y por
ende su soberanía, que "tanto monta, monta tanto" como Isabel y
Fernando en la Corona
de Castilla. Porque nacionalismo significa, en su principal acepción,
"tomar conciencia los pueblos de constituir una comunidad nacional en
razón de los vínculos históricos, étnicos, lingüísticos, culturales y
económicos", y si un canario niega que no concurren
en sus Islas, mejor sería que vuelva a la escuela primaria. Y por soberanía se
entiende "calidad de poder político de un estado u organismo que no está
sometido al control de otro estado o de otro organismo". Si ambos
conceptos los unimos, no cabe dudar de que su resultado es
el del independentismo. Pero bien sabido lo que algunos lerdos ignoran, que
independentismo es consecuencia del nacionalismo, y no se puede, en inteligente
cordura, condenar la consecuencia pretendiéndose causa. Es tanto así como -y
perdonen la crudeza del símil- ser homosexual y condenar a los que toman por
donde la espalda pierde su nombre.
La soberanía, en un
léxico político, se refiere directamente al pueblo, neto titular de la misma.
De la divina del Monarca, o la del Caudillo por la gracia de Dios, se transitó
a la de la Nación
desde la Constitución
de Cádiz, y con la de la
II República y la felizmente reinante, a la del pueblo:
"La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los
poderes del Estado" (Artº. 1.2 CE.). La
desafortunada historia del Imperio español, donde con Felipe II "no se
ponía el Sol", está plagada de ejemplos para si para algunos nunca la Historia fue maestra, es
que "Hispania fecunda" ("Salutación al
optimismo". Rubén Darío), con "más corazón que cabeza"
("Canto total a España", Victoriano Cremer).
Todo ideal imperialista
es tan hegemónico que no sólo abarca territorios sino conciencias individuales,
y como tal, España no supo comprender que los ideales nacionalistas de sus
distintos y distantes pueblos eran conscientes de sus heteronomías,
los que al negárseles la autonomía el camino de la independencia era el único
de salida, ciertamente traicionando a la Madre Patria y como
contrapartida teniendo que dejar morir en la Carraca de Cádiz al
precursor de la independencia venezolana Francisco de Miranda y fusilando en
Filipinas a Rizal. Para el Imperio Británico, sin embargo, la independencia de
sus colonias norteamericanas le hizo aprender la lección y buscarse otras
formas de dominio diferente al de colonias y dominios, desconcentrando poder y
centralizando relaciones económicas y culturales, hasta inventarse lo de la Commonwealth
(Comunidad Británica de Naciones). Hoy cuenta con una complejidad de Estados
soberanos unidos por ideales e intereses, que en las ocasiones de las dos
grandes guerras, los pueblos antes dominados le salvaron de la tiranía
germánica y del genocidio hitleriano.
En los estertores del
Imperio, la Monarquía
española del "felón" Don Fernando VII, su territorio comprendía la Península[Ibérica] con "sus posesiones e islas adyacentes",
"Canarias con las demás posesiones de África", como así reza la Constitución gaditana
de 1812. Enumerar las demás de América septentrional, con las islas de Cuba,
Puerto Rico, parte de la de Santo Domingo, y la meridional desde Venezuela, en
América, y las islas Filipinas, resulta interminable y todo se perdiera por la
mala andanza de gobiernos corruptos e incapaces que sólo tenían a su corta
vista las riquezas inmediatas que en Madrid disfrutaban. Como girón de este Imperio sólo le quedan a España las
provincias y comunidad autónoma del Archipiélago de Canarias, y a poco que un
par de gobiernos "zapateros" lo sigan pisando, Canarias nacionalista
será independentista de cabo a rabo. […]
[…] El
"Decano", como afectivamente por antonomasia se le dice en La Palma a "Diario de
Avisos", fue fundado en Santa Cruz de La Palma en 1890 como diario de ideología
nacionalista por José Esteban Guerra Zerpa, compañero
de las desventuras de Secundino Delgado Rodríguez, con el que fundó en
Venezuela la revista quincenal "El Guanche" y luego en La Habana, en 1924, junto con
José Cabrera Díaz, el Partido Nacionalista Canario (PNC). Al que se le ha
denominado padre del nacionalismo canario, Secundino Delgado, víctima de
persecuciones e incluso encarcelamiento, al final templó gaitas y terminó
autonomista. Y al querido Decano, mejor le convendría hacer memoria de su
fundador con el añadido de "Primer diario nacionalista de Canarias",
que despotricar contra cuanto con nacionalismo tenga parecido. Ahora en Tenerife,
emigrado de La Palma
por un pretendido oligarca que perdía dinero por creer al lector palmero de su
misma catadura, y sólo lo alimentaba copiando del "ABC" y el
"inmigrado", contagiado de su antiguo causante, cree que lo modesto
es la libre violación de las fronteras nacionales y recibir complacientes a los
invasores, inculpables víctimas de la negrera Yihad y
de un Gobierno que al parecer no tiene por fronteras nacionales a las de
Canarias. "¡Qué más da!", diría el ínclito Rodríguez Zapatero, nos
dice lúcidamente Ignacio González Santiago, presidente de Centro Canario
Nacionalista (CCN). "Cavernario crítico de la inmigración ilegal",
como moteja el "progresista Diario de Avisos", creyendo que lo
moderno es la política de puertas abiertas que el presidente Zapatero viene
tolerando en Canarias, al que debiera explicar su Gobierno el por qué de la Muralla China. Y
sin ir a tan remotas tierras, explicaría que hasta Santa Cruz de La Palma tuvo sus puertas del
Norte y del Sur, que se cerraban al toque de campana de queda, más tarde en
verano que en el invierno.
Extracto del artículo publicado en El Día,
9-11-2007