La nación política
y la nación cultural
Juan Jesús Ayala
En el transcurso de
los intentos, después de la dictadura franquista, de articular una constitución
que diera marco de convivencia dentro del territorio español, los desencuentros
y las no coincidencias de los grupos políticos de la época fueron evidentes.
Sobre todo, en lo concerniente al fundamento de
Ya desde ese momento
las posiciones políticas se decantaron entre los diferentes nacionalismos, el
español, por su lado y el resto, los periféricos, por otro. Al final pasó lo de
siempre: se atemperaron las desigualdades introduciendo el término de
"nacionalidad", que no dice nada, así lo significó en su día Julián
Marías, y con la simpleza de su no-realidad se marcó la diferencia entre lo que
se considera la nación política, España, y lo que debe ser la nación cultural,
los otros.
Ya aquí se desliga la
atribución de carácter nacional a ciertas comunidades que eran las más
discordantes y las que invocaban su "historicidad", tales como Euskadi,
Cataluña, Galicia y... Canarias en las antípodas ya
que aún ni se lo había planteado. Con esto lo que se
pretendía era de alguna manera recortar ciertas inquietudes soberanistas, lo
cual se amparaba dentro de la constitución aprobada en 1978, y también aportar
tranquilidad a la otra parte que es la que se alineaba con el nacionalismo
español.
Así pues, desde
entonces se podría hablar ya de nacionalidades sin que se molestara a la
nación. Al menos dentro del marco constitucional ya no cabía la preocupación ni
el reconocimiento de nacionalidades dentro del estado español, porque en ningún
caso accederían a un rango que les convirtiese en un elemento competitivo con
la nación que se protege con el estado.
Sin embargo, esta
retórica tuvo poco fortalecimiento teórico porque muchos apoyándose en Meinecke concluyeron que a cada nación un estado, por lo
que hubo que recurrir, alejándose de la nación política, a la nación cultural
como un tránsito hacia el estado y como pretexto para que las cosas siguieran
como estaban.
Y ahí la contradicción
que en la teoría nacionalista y aún en la práctica no tiene salida, porque se
puede ser más pueblo que estado, pero no se puede ser pueblo sin estado.
Pero sucede que la
nación cultural, a la cual se le ha restringido su poder y encasillada en
estatutos y encorsetamientos constitucionales, para no poder llegar más allá de
lo instituido por reglamentos y leyes, es en realidad un embrión de nación
política y tiende desde la inercia de los acontecimientos a evolucionar hacia
ahí.
Estas consideraciones,
que son un tanto retóricas, se expusieron en su momento para dar satisfacción a
unos y otros. Los que estaban ya instituidos como constitucionalistas y
patriotas, y los otros, a los que hubo que darles cierto protagonismo, pero delimitado
dentro de unos procedimientos perfectamente elaborados, para evitar
descarrilamientos por los que velaría el Parlamento español en detrimento si
fuera necesario de lo que los otros parlamentos propusieran. La nación política
aquí cobra su mayor relevancia y la nación cultural como sujeto político en
ciernes a quedarse en eso , sólo como un referente
meramente cultural.
La nación política es
la nación perfectamente estructurada con su ropaje institucional que relumbra
con el fortalecimiento de su estado. Y la nación cultural es la que deambula en
el intento de expandir sus lazos culturales sin mayor apetencia que seguir
dentro de la norma establecida. Eso sí, cada vez con más exigencias de
autogobierno, pero que sus realidades le hacen ver que se encuentra en el
querer ser y no llegar a ser.
Lo único que cabría
interpretar dado que sobre naciones y nacionalismo se escribe, comenta y
analiza bastante, porque se ha pasado de un silencio y de un espacio oscuro a
un mejor entendimiento de este fenómeno socio-político, es que por el camino de
la cultura cuando el compartirla se hace universal en un territorio concreto
llámese Euskadi, Cataluña o Canarias, se está en el camino de mejores y más
posibilidades de construir y vivenciar ese territorio no sólo como nación
cultural, sino en los inicios convincentes de convertirse en nación política.
Ese y no otro desde la
vertiente de una nación cultural que aspira a tener los dispositivos políticos
necesarios para llegar a ser nación política, debe ser el objetivo para los que
en el mundo de las ideas se consideran y dicen ser nacionalistas. No puede ni
debe ser otro.