Narciso canario en su jaula
Juan
Jesús Bermúdez
¿Para
qué la libertad si la esclavitud es tan dorada?
Nuestro comportamiento social actual es
el del mitológico Narciso, como hombre posmoderno urbano y de alto consumo
energético, inhábil para la vida en comunidad con escasez, por cuanto la
publicidad y la sociedad de consumo le ha forjado como excelso inconformista
especialista en acumular deseos de compra, y acaparar protagonismo único en su
vida de automovilista, volcada sobre la acumulación de objetos comprables.
Némesis actuó de nuevo y condenó preclaramente a Narciso a su auto visionado
permanente y, por lo tanto, a la inanición, porque no se apartaba del espejo en
el agua ni para comer.
El hombre narcisista vive en una sociedad atrapada, en la vorágine del
crecimiento acelerado y, lejos de sentirse ajeno a esa endiablada velocidad,
contempla con fe (fundamentalista) los progresos que su Mundo hace, y plantea
sus momentos como de evasión fugaz, de carpe diem.
Esa autocontemplación le impide comprobar que el oro
es el de los barrotes de su propia jaula, y que le alimentan en dosis
abundantes, pero de letal caducidad. Carece de autonomía, pero eso no le
importa, porque ¿para qué la libertad si la esclavitud es tan dorada? No teme
al futuro el Narciso con niños, porque ¿qué tiempo hay para el futuro si no
tengo tiempo para consumir en el de hoy? El atrapamiento
del hombre occidental es el de la lejanía de los recursos reales del asfalto
metropolitano que los devora. Como el movimiento conlleva energía, traer
recursos a cada vez más narcisistas, con ese ritmo creciente, se vuelve misión
imposible en la era de la escasez fosilista.
El abrazo de Narciso a la realidad será traumático, aunque se dice que ya lo es
su fatal convivencia solitaria con los objetos de consumo. Una sociedad que
atrapa a sus miembros en el metabolismo de la obesidad –mecanismo fisiológico
que consiste en acumular lo que no se puede evacuar, apropiada figura de
nuestra sociedad que exuda residuos que termina digiriendo de nuevo– está condenada a una dieta de órdago, en un Planeta
de materiales finitos.
La sociedad atrapada consiste en una en la que es muy difícil salir de ella:
realmente casi cualquiera lo es, aunque ésta tiene la característica de que es
global, y que se han acabado las fronteras por explorar, a las que escapar. Si
todo lo que nos rodea es fruto repentino de la fugaz desmesura, Narciso deberá
rodar con su incomprensión por los caminos infértiles que dejan los planes
parciales y los pasillos interminables de los centros comerciales, cuando se
repliegue la ola de abundancia para dar paso a la histórica fase del ajuste de
cinturones a tallas ya olvidadas. La regla del Narcisismo, arrogante que
despreció a Eco para contemplarse él mejor, es la castración química de la cooperación.
Directamente el otro es el enemigo, y se forjarán receptáculos de odio para
clavar su frustración sobre el más débil: es un mecanismo biológico de lucha
por los recursos “a los que tengo derecho”. O bien, quizás más pacíficamente,
puede seguir Narciso en su ensimismamiento glotón, y dejar que sean otros los
que le suministren las dosis decrecientes de los nuevos tiempos. Quién sabe
cómo reaccionará nuestro hombre al pisotón de los límites del Planeta en el
charco que le servía de blandengue templo para su contemplación, en esta traca
final de la feria de las vanidades.