Narcotráfico:
plan de dominación imperial
Marcelo
Colussi / Ramón Martínez
Capítulo
final del ensayo que se presenta en Caracas, República Bolivariana de
Venezuela, y que estudia la problemática del narcotráfico como una estrategia
de dominación global que el imperialismo estadounidense viene utilizando desde
hace algunas décadas. El libro publicado por
A modo de
conclusión: ¿qué hacer?
El mundo de
las drogas ilegales, en tanto gran negocio a escala planetaria, pero más aún:
como mecanismo de control social, es algo manejado por los mismos actores que
deciden las políticas globales, las deudas externas de los países y fijan las
guerras. Dicho claramente: el mundo de las drogas ilegales es un instrumento
implementado –secretamente– por los grandes poderes, y más exactamente, por
Sabiendo que
no es simplemente un problema de salud pública o una cuestión criminal de orden
policial, sabiendo que las dimensiones del asunto son gigantescas, con
implicancias militares a nivel planetario incluso, ¿qué podemos hacer los
ciudadanos de a pie para enfrentar todo eso, nosotros, los pueblos que seguimos
padeciendo la explotación y la exclusión social?
Hay que
empezar por crear conciencia, por desmontar la mentira en juego, por denunciar
de manera pública el mecanismo que allí se realiza.
Está claro
que el problema afecta a todos los ciudadanos comunes, tanto los del Norte como
los del Sur. En los países capitalistas desarrollados el problema es la cultura
de consumo establecida, consumo universal de cuanta mercadería se ofrezca y que
incluye, entre otras, las drogas. En el Sur, donde no es tanto la calidad de
vida lo que está en juego, sino su posibilidad misma, el problema tiene otras
connotaciones: es una buena excusa que sirve para la intervención directa,
política y militar. En ambas perspectivas, no obstante, se trata de lo mismo:
mecanismos de dominación político-cultural con los que el poder se asegura el
manejo de las poblaciones y los recursos. En ambos casos, también, para el
campo popular se trata de lo mismo: ¿qué hacer?, ¿cómo enfrentar este monstruo
que se ha ido creando y que se presenta como de tan difícil desarticulación?
La legalización
es una clave fundamental para empezar a cambiar todo esto; si se saca a las
drogas de su lugar de prohibido, seguramente va a descender en muy buena medida
el consumo y se va a terminar, o se va a reducir ostensiblemente, mucho de la
delincuencia y la violencia que acompañan al fenómeno. Pero la legalización no
es la solución final.
A partir de
la misma condición humana, finita, siempre necesitada de válvulas de escape
ante la crudeza de la vida, para lo que apareció el uso de evasivos –práctica
que se repite en todas las culturas–, a lo cual se suma la monumental inducción
artificial a un consumo siempre creciente, es muy difícil predecir si en un
futuro inmediato podremos prescindir absolutamente de las drogas. Pero el hecho
de quitarles su estigma diabólico, despenalizarlas, eso ya constituiría un paso
adelante en el manejo del tema. De todos modos, dado que en la actual situación
estamos ante una red tan fuertemente tejida, con intereses tan extendidos,
quizá resulte prácticamente imposible, dentro de los marcos sociales donde la
misma surgió, poder terminarla en totalidad.
Los
planteamientos policíaco-militares en relación al
narcotráfico no son una verdadera respuesta ante el problema. De hecho las
políticas antinarcóticos que se despliegan por todo el planeta, alentadas por
Washington como parte de su estrategia de dominación global, ponen siempre, y cada
vez más insistentemente, todo su acento en la represión. Se reprimen, eso sí,
los dos puntos más débiles de la cadena, los que menos incidencia tienen en
todo el fenómeno: el productor de la materia prima (campesinos pobres de las
montañas más recónditas) y el consumidor final. De esa forma no hay posibilidad
alguna de terminar con el círculo. Eso, en todo caso, marca que no hay la más
mínima intención de afrontar el problema en forma seria. Muy por el contrario,
reafirma que es un “problema” artificial, provocado, manejado desde una óptica
de control político-militar planetaria. La angustia humana que lleva a consumir
los diversos consuelos químicos de que disponemos no es artificial; lo es el
manejo político que se viene haciendo de él desde hace unas tres décadas, con
fines de dominación.
A esto se
suma el manejo hipócrita que se hace del tema, pues mientras por un lado la
estrategia de hegemonía global de Washington levanta la voz contra el flagelo
del narcotráfico, al mismo tiempo su principal instancia presuntamente
encargada de combatirlo,
En Cuba hay
algo emblemático: el caso del general Arnoldo Ochoa, héroe de la guerra de
Angola, y otros tres oficiales del Ejército. Cuando se descubrió que
participaban en una red de narcotráfico, se les fusiló. Eso fue realmente una
respuesta fuerte del Estado a este problema social, con un alto contenido
político e ideológico. Y de hecho Cuba, más allá de la sucia campaña mediática
internacional con la que quiere involucrársela en el negocio de las drogas
ilegales, no tiene problemas de narcotráfico. ¿Se tratará de fusilar unos cuantos
mafiosos para terminar con el problema? No, sin dudas que no; los entramados en
torno al poder mundial que hoy día se construyeron con este mecanismo son
infinitamente complejos. En definitiva, el consumo inducido de drogas es parte
medular del mantenimiento del sistema capitalista, tanto como lo es la guerra.
Atacar el narcotráfico, por tanto, es dar en el corazón mismo del poder. Por
eso en un país socialista se puede fusilar a narcotraficantes considerándolos
delincuentes peligrosos mientras que
Dicho de otra
manera: el sistema capitalista se apoya cada vez más en pilares insostenibles.
Si la guerra, el consumo de narcóticos o un modelo de consumo voraz que está
provocando una catástrofe medioambiental sin salida, si esas formaciones
culturales son las vías sobre las que transita, eso marca que, como sistema, no
tiene salida. Si la muerte y la destrucción son su alimento imprescindible,
definitivamente no sirve al desarrollo de la humanidad. Por el contrario, es el
camino que conduce a su destrucción.
En un sentido
es casi imposible, al menos hoy, pensar en un sujeto que a través de la
historia no haya necesitado este soporte artificial de las drogas. De hecho,
hasta donde podemos reconstruir, nuestra historia como especie, nuestra misma
condición de finitud nos confronta con esa angustia de base que nos lleva a
buscar apoyos en determinadas sustancias químicas. Son nuestras “prótesis”
culturales, que hablan, en definitiva, de nuestras flaquezas originarias. Es
difícil, cuando no imposible, hablar de “la” condición humana, una condición
única, ahistórica; con modestia podemos hablar de la condición de ser humano
que conocemos hoy. El sujeto de referencia, aquél del que podemos hablar en
este momento, es una expresión en pequeño de la dimensión socio-cultural
general que lo moldea; por tanto es una expresión de finitud girando en torno a
valores egocéntricos y donde la lucha en torno al poder juega un papel central.
Esa es, al menos, nuestra realidad constatable hoy; si la edificación de una
nueva cultura basada en otros principios da lugar a un nuevo modelo de sujeto,
a nuevas relaciones sociales, y por tanto a una nueva ética, está por verse. En
todo caso, hay ahí un desafío abierto. Con mayor o menor éxito, el socialismo
lo ha intentado construir en estas primeras experiencias del siglo pasado. Si
aún no se logró, ello no habla de la imposibilidad del proyecto. Habla, en todo
caso, de su dificultad, de la lentitud en cambiar modelos ancestrales. ¿Quién
dijo que cambiar la ideología patriarcal, machista, xenófoba y egocéntrica que
conocemos en todas las culturales actuales es tarea fácil? La duda, en todo
caso, es ver si ello será posible cambiar. La apuesta nos dice que sí. ¿O estaremos
condenados a sociedades centradas en la división de clases y en el triunfo de
los “mejores”? ¿O habrá que aceptar un darwinismo social originario?
Siendo
crudamente realistas, nuestra situación en este momento es que estamos en el
medio de un mundo manejado criminalmente por unos pocos grandes poderes basados
en enormes capitales privados y con un espíritu militarista furioso; y son esos
factores de poder los que han puesto en marcha la estrategia del consumo de
drogas ilegales como parte de su política hegemónica. Una vez más, entonces, la
pregunta inicial: ¿qué hacemos ante este estado de cosas?
Llamar casi
ingenuamente al no consumo de drogas sabemos que no alcanza. En todo caso, con
bastante más modestia –o visos de realidad–, se podrían pensar estrategias para
minimizar el consumo. ¿O podremos terminar algún día con la angustia de base
que genera estas huidas a paraísos perdidos? De momento, nadie en su sano
juicio podría concebir un mundo donde los evasivos no fueran necesarios; pero
lo que sí podemos intentar es generar una nueva sociedad donde ningún grupo
aliente las conductas de las grandes mayorías imponiéndole tendencias,
obligándolas a consumir en función de proyectos basados en el beneficio de unos
pocos.
Los gobiernos
revolucionarios, o con proyectos alternativos al neoliberalismo salvaje de
estos últimos años, están proponiendo nuevos caminos. No se trata de seguir los
dictados del imperio, hacer buena letra para no ser descertificado y apoyar la
estrategia de represión que se ha puesto en marcha. Reprimiendo al usuario o al
campesino productor de las materias primas, no se termina con el problema de
las drogas ilegales. Para atacar el consumo con alguna posibilidad cierta de impactar
positivamente hay que implementar políticas que vayan más allá de la represión
policíaco-militar; hay que poner énfasis en la prevención en su sentido más
amplio.
Pero terminar
con el narcotráfico tal como hoy lo conocemos implica, por fuerza, luchar en
términos políticos por otras relaciones sociales. Se trata, inexorablemente, de
una nueva sociedad: nuevas relaciones de clases, nuevas relaciones entre
países. Es decir: un mundo nuevo, una nueva ética, un nuevo sujeto. Sin ese
marco no es posible considerar seriamente el narcotráfico, sabiendo que él es,
en definitiva, un instrumento más de dominación de la clase capitalista global
liderada por el aparato gubernamental de Washington.
Sólo la
construcción de una sociedad nueva que supere las injusticias de lo que ya
conocemos en el ámbito de la iniciativa privada basada en el lucro y que
recupere críticamente lo mejor que hayan producido las primeras experiencias
socialistas del siglo pasado, sólo así podremos pensar de verdad en terminar
con el altísimo consumo inducido y el tráfico de sustancias psicoactivas como
gran problema de salud a escala planetaria. Sólo una sociedad nueva a la que
llamaremos socialista, quitándonos de encima el miedo y la esclerosis que nos
produjeron las pasadas décadas de neoliberalismo feroz, sólo una sociedad con
esas características, centrada en la equidad, en la búsqueda de justicia por
igual para todas y todos, sólo eso será lo que podrá desarmar esa estrategia de
muerte que hoy, al igual que el siempre mal definido “terrorismo”, ha
implementado el imperialismo para seguir manteniendo sus privilegios
disfrazando el control social con el noble fin de un combate contra un problema
real. El peor enemigo de la sociedad, en definitiva, no son las mafias
delincuenciales que trafican con drogas ilegales; el enemigo sigue siendo el
sistema injusto que usa esa barbarie para beneficio de unos pocos
privilegiados.
Nadie asegura
que los seres humanos, por nuestra misma condición de finitud, no sigamos
apelando por siempre a estos apoyos externos, estos evasivos que constituyen
las drogas. Pero sí podemos –y debemos– buscar modelos de sociedades más justos
donde ningún poder hegemónico decida maquiavélicamente la vida de la humanidad,
tal como sucede hoy día con el capitalismo desarrollado. Una sociedad que no
ofrece salidas, que se centra cada vez más en los “negocio de la muerte” como
son la guerra, la catástrofe ecológica provocada, el consumo imparable de
drogas, la apología de la violencia, no es sino una barbarie, es la negación de
la civilización. Los “incivilizados” no son los pueblos que aún están en el
neolítico y con taparrabos, tendenciosa imagen holywoodense que ya se nos internalizó. La barbarie está en la sociedad capitalista
que no ofrece salida a la marcha de la humanidad, que tiene como sus dos
principales quehaceres la guerra y las drogas, primer y segundo rubros
comerciales del mundo.
En ese
sentido, entonces, hacemos nuestras las palabras de Rosa Luxemburgo para
mostrar que sin cambio social no es posible terminar con esta cultura de muerte
llamada capitalismo que nos envuelve día a día, destruyendo valores morales y
el propio medio ambiente. Es decir: “socialismo
o barbarie”.