EL
CENTINELA CIMARRÓN
TREINTA
AÑOS DEL POEMARIO “NINGÚN RUIDO, NINGÚN SILENCIO”, DEL CANARIO JUSTO
JORGE PADRÓN (Y
II)
Por
Jose Almeida Afonso
Empecé
este artículo diciendo que por las cosas de la vida, pero sobre todo por la
escasa difusión que nuestros poetas y escritores tienen en Canarias, hasta no
hace mucho el poeta Justo Jorge Padrón era para mí un perfecto desconocido. No
sería hasta el año 1992, y con motivo del Congreso de Escritores Canarios
celebrado en
Sería
algunos meses después cuando tuve la inmensa suerte de adquirir por veinte
duros una antología poética suya que abracaba los años 1971-1976. Su título
genérico es el terrible y desasosegador “Ningún ruido, ningún silencio”;
esta edición que constaba de tres mil ejemplares -todo un record para un libro
de poesía- había sido editada en noviembre de 1978 en México por Editores
Mexicanos Unidos S.A.
“Ningún
ruido, ningún silencio” está conformado por sus tres primeros poemarios
“Los oscuros fuegos” (1971), que fue galardonado con el premio Adonais.
“Mar de noche”, (1973) que consigue el premio Boscán y “Los círculos del
infierno” (1976), que es el que me detendré en esta ocasión.
Para
el crítico José Luis Cano “Los círculos del infierno”, ´no son sino el
traslado a uan expresión poética, con símbolos y metáforas, de una crisis
espiritual que parece alcanzar honduras abisales, de derrumbamiento interior
como consecuencia de una experiencia: el choque brutal con un mundo injusto y
vil.`.
Por
otro lado, como muy bien apunta Arthur Lundkvist, esa crisis no es sólo, en
“Los círculos del infierno”, una crisis personal del hombre que lo ha
escrito, porque el poeta la trasciende hasta ser también una crisis colectiva.
Según
José Luis Cano, “Las visiones más horribles, los climas de turbulenta
pesadilla, los paisajes de desolación y ruina, de escombro y muerte, se suceden
con progresión creciente, creando un clima atroz de angustia insoportable en
que la dislocación del tiempo y los sentidos, las metamorfosis más horrendas,
las honduras más abisales nos conducen a un laberinto infernal (....), y
teniendo conciencia de que es camino que él no ha buscado le conducen
implacablemente a los laberintos del terror y la locura”.
Para
todøs aquelløs que quieran adentrarse en los versos de este poeta genial
-aunque poco conocido y menos valorado, por lo menos en Canarias- decirles que
en Internet pueden encontrar varias páginas dónde pueden acercarse a su vida y
a su obra; y también, para løs que prefieran el formato libro,
Uno
de los poemas que más me impactó es el que titula:
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Y
SI DIOS SE CANSARA DE NOSOTROS
Y si Dios se cansara de nosotros,
y si Dios nos odiara,
nos iría cambiando lentamente,
nos pondría una lepra de tiempo por la piel,
la sensibilidad muy enfermiza
y la sed y la angustia
del recuerdo constante;
y a nuestro lado espejos,
muchísimos espejos
para que en luz y noche
nuestra desenfrenada pérdida reflejaran.
Sentiríamos golpes invisibles cayendo
desde
dentro y también desde lo más distante.
Y nos encerrarían en reducidos recintos
y en sórdidos trabajos
que nos irían reduciendo a sombra
y ruina la vida.
Para que no pudiéramos amar
vertería en nosotros la ambición,
la envidia, la violencia, la lujuria y el odio.
este veneno irá corrompiendo nuestra alma.
Desde ella brotarían muñones y rencor,
vicios innumerables.
Y cuando ya pidiéramos a gritos
la muerte, insuflaría en los más cuidadosos
la piadosa costumbre de alargarnos
el
grito hasta el terror o la locura.
Si este Dios tan justo nos odiara,
seríamos la especie
miserable y rugosa, torpe, suicida y ciega,
degenerada y criminal, maldita,
que es la raza humana. |
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AVISO AL CAMINANTE Aunque ya no soportes la soledad que gritas ni aguantes el vacío de tus horas, aunque te falte el ojo izquierdo y la mano derecha, y no sepas con qué pierna aminas, aunque sin fuerzas y sin esperanza te encuentres y veas que la luz perdió el color, aunque ya no te importe el tacto de las flores, ni la risa del agua, ni el deslumbrante vuelo de los pájaros, aunque los pájaros sean para ti muñones de las sombras y un oscuro oleaje todo el murmullo de la humanidad, aunque la historia de los hombres cruja y se rompa en tu frío corazón como pellejo de inmundicia y sangre, recuerda que aunque sea con el ojo derecho o con la mano izquierda o con lo que te quede de tus miembros, seguirás adelante y lucharás con toda tu ceguera aunque nada más sea para sobrevivir porque eres sólo un hombre. (Justo Jorge Padrón. Del poemario “Los círculos del infierno”. 1976) |
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BAJO Preso en la indiferencia de estos muros, en medio de legajos y expedientes de hombres que no quisieron doblegarse bajo la parda loba, y desilusionado, contemplo mi huidiza juventud atada por el miedo, a alegre fiesta luminosa de este día que arde sin que pueda exprimirlo, beberlo como si fuera un fruto, en medio de la calle, libre, distinto como los demás. (Justo Jorge Padrón. Del poemario “Los oscuros fuegos”. 1971) |
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LAS OSCURAS HORAS Desperdiciadas las oscuras horas con la torva vehemencia de lo que ya no vuelve, contemplas cómo el alba ahora ilumina tu derrota, tu anhelo de encontrar otro motivo que te sobreviva. Y repasa de nuevo como cartas veloces de una baraja, vericuetos, signos y restos de la noche. Has rechazado en turbios bares manos peregrinas y ávidos labios que se te ofrecieron, y entremezcladamente, en el cercano rumor del mar, percibes las absurdas voces vertidas en su estéril juego del decir y no ser. Quedan atrás, como una carga inútil, las inservibles experiencias que sólo dejan su sabor nostálgico. Con desazón idéntica, la ciudad miserable despierta largas calles solitarias. Miras la luz que nace, el brusco centelleo de un balcón, cualquier rostro de asombro, duros contornos nuevos que destacan caminos que te ofrecen un posible regreso, acaso el más veraz y presentido. Terca pasión de vida sin límites envuelve esa esperanza: y sonríes vencido, porque ahora la memoria puntual recuerda y niega. Prosigues calle abajo de espaldas a la luz que te acompaña, tropezando con sucios perros madrugadores, oyendo su salvaje
algarabía y el toque eléctrico de gallos rompiendo la mañana. Y llegas y abres temeroso la puerta que conoces, y encuentras de repente tu pasado, el familiar olor de cuanto
uniste. Vacilante te observas en la cruel superficie de un espejo y odias a aquel que te hace muecas desde su fondo triste para alegrar de nuevo tu retorno. Entras furtivamente en la estancia. Desnudo y viejo abrazas el cuerpo cálido sobresaltado, mientras te gana un sueño inextinguible. (Justo Jorge Padrón. Del poemario “Las Oscuras horas”, 1971) |
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EN En la extraña ciudad del norte oscuro, la de los largos puentes y canales, en trenes subterráneo, acosado de frío y soledad, vas, amargo extranjero, como una sombra en busca de ti mismo. Observas los impenetrables gestos de rostros que se cruzan, toda la gris indiferencia de espejos sin azogue, el cerco, el vacío deslizante que te producen sus destinos conducidos por hilos rutinarios. En este alucinante tránsito se suceden los decorados, vidas alineadas, perspectivas, silencios que no se juntarán. Y tú, quizás distintos a todos, buscas una mirada que detenga tu camino indeciso, una sonrisa que te devuelva tu perdida imagen: la pasión de la vida. (Justo Jorge Padrón. Del poemario “Los oscuros fuegos”. 1971) |
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EL LLANTO Porque no hay más que llanto, sólo llanto en el mundo, vértigo de dolor, pérdida, decadencia, y llanto, muchedumbres condenadas, vacío y llanto, rostros de impávida amargura, desolados, perdidos sin saber, y el estremecimiento que crece como un fondo del abismo, llanto, llanto llenando el mundo, trenes, bodegas, llanto, cárceles, cementerios y llanto, ruinas, llanto, igual que una invasión constante y ciega, como una plaga incontenible el llanto, siempre el llanto en la playa solitaria, tras el silencio turbio de la tarde, tras cristales mojados, desconchadas paredes, en coches negros, siempre el llanto, el llanto, monótono, terrible, inconsolable, hermético, el llanto, letanías, hospitales, órdenes, llanto, botas y fusiles, llanto, miseria, llanto, llanto por las aceras, en las casas cerradas llanto, entre uñas y dedos y cabellos, mojando el pecho, trasminando el mundo, ahogando al hombre, sólo el llanto, el llanto. (Justo Jorge Padrón. Del poemario “Los círculos del infierno”. 1976) |
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NINGÚN RUIDO, NINGÚN SILENCIO Y de pronto cortando vertiginoso el aire, oscuro frío en mi cerrado cuerpo. Un golpe atroz estalla. Con cortantes añicos me violenta la espuma, mi mudo cuerpo insomne sumergiéndose insomne, sumergiéndose como un tren sin rieles y sin faros, reducidos a burbujas en el mar de los hielos. Ya soy este espesor que nunca se ha de abrir, hundiéndome en lo negro inextinguible, hundiéndome, hundiéndome. Como la lluvia o los torrentes caen, van cayendo los muertos desde ríos y tumbas, desde noches y crímenes y siglos olvidados, girantes torres de ojos, rostros rígidos como columnas, gélido museo de gestos, vaho turbio entre venas de piedra, toda la eternidad encerrada en el agua, pálidas ondas casi vidrio, oscilante torpeza de inertes manos, bocas abiertas, máscaras fueron vejez y dolor y este humo inmóvil que ya todo lo ocupa. Huecos y sombras que laceran desaparecen en lo oscuro, sueños entrevistos y fríos remolinos de un círculo de olvido y desamparo, apariciones, súbito centellear de huesos en lomos de corceles invisibles, rompiéndose entre sí, disgregándose, sordas explosiones, naufragios y cráneos que descienden y maromas sonámbulas y pelos extensos cortando témpanos, ocultando inmensos bosques, fósiles, espejos de lo exangüe, larguísimos descensos de la muerte, atravesando corredores, angostas galerías, sumideros, sentinas, cavernas, desplomándose a los abismos, órbitas y racimos de manos, cadenas macilentas de las que emergen dedos que los relámpagos encienden, mas ningún ruido, ningún signo, ninguna voz, ningún silencio. Busco el grito en mi corazón, lo estoy buscando en vano. (Justo Jorge Padrón. Del poemario “Los círculos del infiernos”. 1976) |
ARTEVIRGO.
CANARIAS. ENERO DEL 2008.