No es un problema de liquidez
Juan
Jesús Bermúdez
Estamos ante un problema de límites, no de liquidez,
como explica Herman Daly, profesor de
Citando a Daly, “la actual debacle financiera no es
una crisis de “liquidez”, como se la suele llamar eufemísticamente. Es una
crisis de “supercrecimiento” de los activos financieros en relación con el
crecimiento real de la riqueza –algo justamente lo contrario a la existencia de
poca liquidez. Los activos financieros se han multiplicado mucho más que la
economía real– el intercambio entre “papeles”
financieros es hoy 20 veces mayor que los intercambios de papel moneda por
productos reales. No es una sorpresa, entonces, que el valor relativo de la
enorme cantidad de activos financieros esté cayendo en término de valoración de
activos reales”.
La corrección, pues, según el economista, es
inevitable. Nos trae el norteamericano al Nobel de Química y uno de los padres
de la economía más apegada a los recursos naturales (en contraposición con la
economía convencional), Frederic Soddy, que recordaba
que “no se puede mantener de forma permanente una convención humana absurda,
como el incremento espontáneo de la deuda (interés compuesto), en contra de
Ese ajuste, por otra parte, es de una dimensión
creciente en el tiempo, si se pretende seguir valorando los activos financieros
no por la riqueza constatable, sino por un futurible de crecimiento económico
(acelerado, como son todos los crecimientos de un tanto por ciento anual).
El perverso sistema de reserva fraccional de los
bancos, por el que crean dinero de la nada, con la fe puesta en su devolución
posterior con intereses, unido a la completa desrregulación
de los movimientos de capital a nivel mundial –unida a la globalización
comercial, de forma casi inevitable, se encuentra aquélla–
ha generado un crecimiento espectacular del cuasi dinero, que amenaza
con evaporarse, con mayor rapidez aún que aquélla con la que se creó, al no ser
capaz la riqueza real de servir permanentemente de imagen de cada vez más
anotaciones contables.
Como el dinero es hoy básicamente deuda, las
inyecciones y rescates son más deuda que los Gobiernos esperan sea devuelta con
más crecimiento, para pagar sus intereses. Esa máquina fiduciaria y su enorme
desconexión de la realidad se ha topado con límites
claros en los últimos años. La incorporación reciente de cientos de millones de
nuevos consumidores ha acelerado el colapso inmobiliario, último refugio de la
burbuja ficticia de dinero. El estancamiento evidente de la producción de
petróleo y la falta de alternativas reales e inmediatas ante el anunciado
ajuste entre demanda y oferta, están advirtiéndonos que es muy probable que la
deuda no sea devuelta.
Este entuerto no se resuelve reforzando la maquinaria
para que mantenga el crecimiento de la producción, porque este fútil
intento agudizaría las tensiones entre economía real y financiera, en última
instancia. Pero es que, además, las inercias son de tamaña factura (hemos
pasado por algunos de los años de mayor aceleración del crecimiento económico),
que aliviar siquiera algunos de los peores efectos de este ajuste a la
realidad, será una ímproba tarea, tanto más imposible cuanto se quiera mantener
la dinámica que nos trajo a esta profunda crisis. En todo caso, tarea que
debería estar presidida por valores de decrecimiento, austeridad, reparto de la
riqueza y solidaridad intergeneracional e interterritorial,
alejando la economía del consumismo que está agotando rápidamente nuestros
recursos naturales básicos.