Juegos Olímpicos: medalla de oro para los
negocios
Marcelo Colussi *
"Hace algunos años, en las olimpiadas para personas con discapacidad
de Seattle, también llamadas "Olimpíadas Especiales", nueve
participantes, todos con deficiencia mental, se alinearon para la salida de la
carrera de los cien metros llanos. A la señal, todos partieron, no exactamente
disparados, pero con deseos de dar lo mejor de sí, terminar la carrera y ganar el
premio. Todos, excepto un muchacho, que tropezó en el piso, cayó y rodando
comenzó a llorar. Los otros ocho escucharon el llanto, disminuyeron el paso y
miraron hacia atrás. Vieron al muchacho en el suelo, se detuvieron y
regresaron... ¡Todos! Una de las muchachas, con síndrome de Down, se arrodilló,
le dio un beso y le dijo: "Listo, ahora vas a ganar". Y todos, los
nueve competidores, entrelazaron los brazos y caminaron juntos hasta la línea
de llegada. El estadio entero se puso de pie y en ese momento no había un solo par de
ojos secos. Los aplausos duraron largos minutos, las personas que estaban allí
aquél día, repiten y repiten esa historia hasta hoy. ¿Por qué? Porque en el
fondo, todos sabemos que lo que importa en esta vida, más que ganar, es ayudar
a los demás para vencer, aunque ello signifique disminuir el paso y cambiar el
rumbo. Porque el verdadero sentido de esta vida es que "todos juntos
ganemos" y no cada uno de nosotros en forma individual".
Esta historia
circula en el ciberespacio desde hace algún tiempo, y con ocasión de los
actuales Juegos Olímpicos de Beijing, en China, se ha reactivado profusamente.
Según parece, es verídica solo a medias. Algo parecido sucedió en 1976 no en Seattle sino en Spokane, Washington en
unos juegos para personas con discapacidad: en un evento de deportes de pista y campo
de juego un participante tropezó en la partida, y uno o dos de los otros
atletas volvieron para ayudarle, culminando la carrera cruzando la línea de
meta juntos; pero fueron uno o dos y no todos los participantes del evento. El
resto continuó la carrera. Independientemente de su ocurrencia real, el solo
hecho de plantearla –y más aún: de plantearla en el contexto de esta fiebre
olímpica que vivimos en estos días, invadidos no de deportes sino de la cobertura
mediática sobre lo que hacen algunos deportistas profesionales– abre obligadas
preguntas. Más allá de las formales declaraciones de unidad y espíritu
solidario que el gran evento promueve –declaraciones, por lo demás, que no van
más allá de lo políticamente correcto– tal como están las cosas nadie podría
tomarse en serio aquello de "todos
juntos ganemos".
En estas dos semanas el planeta entero pone sus
ojos en China para seguir una edición más de los Juegos Olímpicos. El
despliegue en juego es fabuloso: más de 300 pruebas deportivas en 41 especialidades, con 41.000 millones de dólares
de inversión en su preparación (fondos públicos del gobierno chino y de
empresas privadas patrocinantes), cifra que triplica el presupuesto que en 2004
se destinara a la realización de los Juegos Olímpicos de Atenas. De
ese monto, 20.000 millones están destinados a publicidad. Inversión –he ahí lo más
importante – que retornará con creces. El despliegue tecnológico puesto en movimiento
para dar soporte a toda esta fiesta es igualmente monumental: solo como dato, en
cada estadio se ubican 10.000 computadoras personales, 4.000 impresoras,
alrededor de 1.000 servidores y 1.000 mecanismos de seguridad y red. Viendo toda esta faraónica
demostración podríamos pensar que la práctica deportiva avanza cada vez más en
el mundo. Pero en realidad lo que avanza son los negocios. La idea de
amateurismo, de deporte aficionado como sano esparcimiento y actividad
recreativa útil para el equilibrio psicofísico, hace ya largos años que va esfumándose.
Si persiste, es en circuitos alternativos. El mundo oficial que marcan los
grandes poderes está signado por la competencia feroz, por el darwinismo
social. Ser un "perdedor" es degradante.
El
espíritu amateur que se pusiera en marcha con la reedición moderna de los
Juegos Olímpicos de la mano del Barón Pierre
de Coubertin en 1896 en Atenas, ya no existe. Quizá las últimas
Olimpíadas donde eso pudo persistir aún fueron las de Melbourne, Australia, en
1956; a partir de allí, la profesionalización y mercantilización de la justa
deportiva han venido imponiéndose a pasos agigantados. Hoy día las Olimpíadas
son un fabuloso negocio, que esconde igualmente intereses geopolíticos cada vez
más globales. "Los Juegos Olímpicos implican la defensa de los valores de
hermandad entre los pueblos del mundo como sólo el movimiento olímpico puede
hacerlo", declaró recientemente un alto directo de la empresa
estadounidense McDonald´s. Valga agregar que para la ocasión la marca abrió en
Beijing cuatro nuevos locales: uno situado en
El deporte, por cierto,
no nació como actividad profesional; distintas sociedades, a su modo, lo han
cultivado a través de la historia, siempre como culto a la destreza corporal.
La profesionalización y su transformación en gran negocio a escala planetaria
es algo que solo el capitalismo moderno pudo generar.
Hoy día, en un mundo marcado crecientemente por la empresa privada con
su búsqueda de lucro y donde los grandes poderes deciden/controlan en forma
planetaria las actividades humanas, el mundo del deporte ha devenido, pareciera
que en forma irreversible: 1) gran negocio y 2)
instrumento de control social.
Si todo es
mercancía negociable no tiene nada de especial que el deporte, como cualquier
otro campo de actividad, sea un producto comercial más, generando ganancias a
quien lo promueve. Esto, en sí mismo, no puede ser reprochable dentro de la
lógica comercial que mueve la sociedad planetaria actual. Simplemente la reafirma.
En el capitalismo, hoy ya absolutamente globalizado y triunfal, todo es un bien
para el intercambio mercantil: recreación y salud, alimentos o vida espiritual,
educación, pornografía, la guerra, la ciencia, las fiestas navideñas, etc. ¿Por
qué el deporte no habría de serlo también?
En este contexto, del
que hoy ya nada y nadie pueden escapar, la práctica deportiva ha llegado a
perder –al menos en buena medida– su carácter de esparcimiento, de pasatiempo.
Continúa siéndolo, sin dudas, pero cada vez más se agiganta la faceta
comercial. Lo cual trajo como consecuencia su ultra profesionalización con la
aplicación de modernas tecnologías a sus respectivas esferas de acción. Todo lo
que, por tanto, ha llevado a su mejoramiento, y sigue haciéndolo con un ritmo
vertiginoso, disparando en forma exponencial su excelencia técnica. Día a día
se rompen records, se logran resultados más sorprendentes, se superan límites
ayer insospechados. Las actuales Olimpíadas sin duda lo reafirman.
Pero ello lleva a
plantearse el lugar que, en todo estos mecanismos cada vez más monumentales y
fastuosos, ocupa la población de a pie, los que nos pasaremos estas dos semanas
embobados mirando deportes en una pantalla de televisión en vez de estar
practicándolos. La población más bien pasa a ser mera espectadora pasiva (consumidora)
de un espectáculo/negocio, montado a nivel internacional, en el que no tiene
ninguna posibilidad de decisión; la recreación termina siendo "sentarse a
mirar ante un pantalla". Se espera que esta XXIX edición de los Juegos
Olímpicos sea vista por 5.000 millones de personas.
No todos practicamos deportes, pero sí todo el mundo, en
mayor o menor medida, consumimos alguna mercadería deportiva. Ligado cada vez
más al ámbito de la comunicación –otro de los campos más dinámicos de la libre
empresa moderna– su crecimiento como negocio ha sido fenomenal en estos últimos
50 años. De hecho ha inundado la cultura cotidiana tanto de países ricos como
pobres, llegando a todas las clases sociales, a hombres y mujeres, a jóvenes y
viejos. ¿Quién podría resistirse hoy a mirar, aunque sea un rato, la fiesta de
Beijing?
El campo socialista, si bien fomentó una nueva actitud
hacia el deporte, no contribuyó en mucho a disminuir la tendencia a su
profesionalización; por el contrario, también la favoreció. El deporte
profesional fue un ámbito más de batalla durante
Con el rompimiento
de marcas y fichajes cada vez más multimillonarios no mejoran las políticas
deportivas dedicadas a las grandes mayorías populares. ¿En qué medida influye
este "circo" del deporte profesional, convenientemente montado, en la
calidad de vida de los habitantes de la aldea global? En realidad, no promueve
una vida más sana, sino que es una nueva versión –sofisticada– del "pan y
circo" romano.
El desarrollo del
perfeccionamiento deportivo ("más rápido, más fuerte, más alto") no
redunda en una popularización del ejercicio físico para todos. El lema
"mente sana en cuerpo sano", pese a las cifras astronómicas que
circulan en los circuitos profesionales de los modernos coliseos, o de las
Olimpíadas, no conlleva forzosamente un mejoramiento de la actitud para con el
deporte (por el contrario crece mundialmente el consumo de drogas, incluidos en
muchos casos también los deportistas profesionales).
Parece que mientras más se
"consumen" deportes (sentados ante las pantallas, claro está…) menos
se piensa, y más ganan los que nos los venden. Para los
actuales Juegos serán más de 300 horas de transmisión televisiva, de todas las
competencias, así como también
en internet y en telefonía móvil, en el momento en que el usuario desee. La
cobertura es trasmitida las 24 horas sin interrupciones e incluye todos los
juegos y los mejores momentos, fotos en tiempo real, videos, noticias de los
entrenamientos y divulgación de los resultados. La población también tiene
acceso a blogs de atletas, periodistas y comentaristas directo desde Beijing.
La información se actualiza minuto a minuto, con la narración paso a paso de
todos los deportes.
El gran
negocio del deporte, con astros profesionales que ganan fortunas y que terminan
siendo los referentes obligados que marcan agenda –se habla mucho más de
deporte que de la pobreza, por ejemplo, o del Sida, o del machismo– no significa
un mejoramiento en la calidad de vida de las poblaciones, una actitud más sana,
una mejor y más productiva relación con nuestro cuerpo. Toda esta invasión
mediática de deportes no habla, en absoluto, de una mejor vinculación con el
medio ambiente o de un mejor aprovechamiento de nuestro tiempo libre. Nada de
esto; por el contrario, en el norte la gente cada vez está más gorda, y en el
sur cada vez más desnutrida. Hay, definitivamente, una tendencia muy peligrosa de
utilización del deporte como mecanismo de control social que comporta todo este
moderno circo romano.
¿Por qué,
mejor, no correr un poco en vez de agrandar el trasero y la barriga sentados
ante los televisores? El circo no está preparado para eso, obviamente.
Por eso mientras todo el ámbito deportivo siga siendo
negocio y arma de control social, para las grandes mayorías el deporte seguirá
siendo un espejito de colores más. Sólo una política pública de fomento del
amateurismo puede ser una ayuda real para que el deporte se constituya en un
elemento que contribuya a una mejor calidad de vida para la población. Si no,
se seguirá comiendo y engordando ante el televisor (al menos los que puedan
comer), o esperando algún talento deportivo en la familia para que con un buen
contrato nos saque de la pobreza. Pero el verdadero deporte… bien, gracias. ¿De
qué nos sirve, en definitiva, que se rompan unas cuantas marcas mundiales en
estos Juegos? ¿No nos enseña mucho más la actitud de los corredores de las
Olimpíadas Especiales del primer relato?
* Montañista
aficionado