¿Es la palabra
el poder?
Juan Manuel
García Ramos
Conocí al novelista, crítico y profesor
Ricardo Piglia en un viaje inolvidable de estudios a
Buenos Aires en 1978, donde me pasé un trimestre como profesor-investigador del
Instituto Ricardo Rojas de
Ricardo Piglia es profesor universitario y fabulador
por necesidad. Si uno lee sus cuentos y sus novelas ve detrás de ellos, sin
dificultad, las figuras eminentes de Roberto Arlt, de
Juan Carlos Onetti y de Jorge Luis Borges. Y también
la personalidad desconcertante del polaco Witold Gombrowicz.
En una estancia en
Las tramposas palabras de la señorita de turno sirvieron esta vez para hacer
justicia de la de verdad.
La vida, nuestra vida, muchas veces, tuerce de rumbo sin apenas darnos cuenta.
Demócrito dijo que todo lo que existe en el mundo es
fruto del azar y de la necesidad y muchos siglos más tarde el biólogo Jacques Monod tituló un libro con esos dos conceptos: El azar y
la necesidad, donde nos demostró que el principio de toda vida está regido
por lo inesperado.
A pesar de todas las tecnocracias que han intentado apartarla de la vida, la
literatura sigue siendo un trasunto de nuestra nebulosa existencia. Un
laboratorio donde no solo se pone en práctica la "magia del
lenguaje", el lenguaje que interroga al lenguaje, como propuso, entre
otros, Mallarmé (con repudio de todas las materias de
la experiencia cotidiana, de todo contenido utilitario, de toda verdad
práctica, de todo sentimiento vulgar, de todo sentimentalismo), sino un afán
comunicador que los siglos no han agotado.
El mismo Piglia también nos ha hablado de las tribus
nómadas de los indios ranqueles que habitaron en el norte de Argentina hasta el
siglo XIX y de cómo sus jefes usaban el lenguaje narrativo para mantener
intactas sus jerarquías ante los suyos contando, al alba o al atardecer, tanto
la manera de aliviar sus penurias del presente como de construir las esperanzas
del porvenir. En esas sociedades primitivas, también la palabra refinada -y
hasta cierto punto caprichosa- constituía el verdadero Estado, la autoridad
reconocida. El talento y el instinto verbal como condición e instrumento del
poder.
El arte también avanza a golpe de azar y, a estas alturas del tercer milenio,
nadie cree ya en el arte como progreso lineal, ni como acceso directo al
conocimiento absoluto. Damos vueltas constantes sobre nosotros mismos y si no
están de acuerdo con lo que digo arriésguense a visitar cualquier feria
internacional, Arco, sin ir más lejos, y saquen sus propias conclusiones.
"Con todos los sentidos agotados, no nos queda más que el juego",
proclamó el pensador griego Kostas Axelos en 1971, en una conferencia con título más que
premonitorio: "La cuestión del fin de la historia". Muy anterior a la
soflama de Francis Fukuyama, aunque no tan
promocionada.
El azar, el juego, conduce a la historia, como conduce a la literatura, que es
la "ciencia" que todo lo envuelve y todo lo cuestiona. La síntesis de
todos los conocimientos, y lo digo convencido.
A estas alturas de la vida ya no creo en las recetas de Mallarmé,
ni en las de sus excesivos continuadores, como no creo en los que postulan una
literatura de "consumir y tirar".
La literatura, como tantos dominios del conocimiento humano, ha sido y es
víctima de nuestras zozobras y de nuestras huidas hacia adelante.
Como la posthistoria de Axelos,
la literatura retomará, repetirá, reactualizará unos
principios y unas consignas para la acción ya desarrollados, para replantearlos
de nuevo, contradecirlos, amalgamarlos y combinarlos. La literatura y el arte
en general. El asombro siempre está a la vuelta de la esquina, y la felicidad
también, si uno lo quiere.
En el caso de la narrativa hispanoamericana actual, nadie creería que después
del éxito de lectura ya indiscutible de las novelas de García Márquez, de
Vargas Llosa, de Cortázar, de los experimentalismos verbales de la generación
posterior, con nombres como los ya tristemente fallecidos Salvador Elizondo o Rafael-Humberto Moreno-Durán, que, alineados a
los pasos de Mallarmé, nos hablaron de la autonomía
del discurso literario y hasta de la "gloria en no ser comprendido"
invocada por Baudelaire, ahora desembocáramos en una
literatura de la mera sencillez y de la pura amenidad de Laura Esquivel, de Ángeles Mastretta,
de Jaime Bayly o de la bestselleriana
Isabel Allende, encaramada de nuevo en las listas de éxito con sus memorias La
suma de los días.
Me quedo con las últimas ideas expuestas por el investigador franco-búlgaro Tzvetan Todorov sobre la
literatura y sus peligros, en un libro ya traducido al catalán y pendiente de
serlo en español, donde se plantea algo de lo que ya hablé aquí hace algunas
semanas: la literatura corre el riesgo de perder su sentido social y su razón
de ser si su enseñanza y difusión continúan el derrotero de la pura teoría; una
teoría más preocupada por las formas y los procedimientos narrativos y poéticos
que por lo que, en realidad, la literatura nos transmite sobre la vida.
El excesivo tecnicismo y la sobrecarga teórica han desposeído a disciplinas
como
No la palabra de los jefes ranqueles para conservar ladinamente el poder entre
los suyos, ni la tiesura verbal de Mallarmé y sus
epígonos en un ejercicio onanista que parece no
cesar, sino la palabra que nos hable del vapuleo de sentimientos de los que
somos víctimas cada día que pasa.
La poeta y filósofa Chantal Maillard
lo ha expresado mejor aunque de forma más retorcida: "El espacio de las
almas / ha de guardarse oculto / En la palabra está el engaño".
En el fondo, uno espera de la literatura la demostración de que alguien puede
pensar sobre la condición humana de una manera más sutil que nosotros.