¿Es la palabra el poder?

 

Juan Manuel García Ramos

 

Conocí al novelista, crítico y profesor Ricardo Piglia en un viaje inolvidable de estudios a Buenos Aires en 1978, donde me pasé un trimestre como profesor-investigador del Instituto Ricardo Rojas de la Universidad de la capital argentina.


Ricardo Piglia es profesor universitario y fabulador por necesidad. Si uno lee sus cuentos y sus novelas ve detrás de ellos, sin dificultad, las figuras eminentes de Roberto Arlt, de Juan Carlos Onetti y de Jorge Luis Borges. Y también la personalidad desconcertante del polaco Witold Gombrowicz.


En una estancia en la Universidad de La Laguna, allá por 1996, Piglia contó una anécdota que siempre me gusta recordar por lo que tiene de azar literario. Durante el servicio militar de nuestro autor en Mar del Plata, sus superiores lo responsabilizaron de no dejar pasar a nadie por un cruce de carreteras donde en seguida iban a empezar unas maniobras con fuego verdadero, pero Piglia tuvo la debilidad, al creer que no era tan inminente el comienzo de tales simulacros bélicos, de permitirle la circulación a un automóvil donde iba una señorita que apenas comenzó a atravesar la zona prohibida fue blanco de varios disparos que a punto estuvieron de acabar con su vida. Solo la declararación falsa -y generosa- de la joven ante las jerarquías militares argentinas testificando que ella había actuado por su cuenta y desobedeciendo al joven centinela -el sorprendido Piglia-, exoneró al escritor de haberse convertido por muchos años en un preso del pregolpista ejército austral de aquella época, caso de muerte de la conductora.


Las tramposas palabras de la señorita de turno sirvieron esta vez para hacer justicia de la de verdad.


La vida, nuestra vida, muchas veces, tuerce de rumbo sin apenas darnos cuenta.


Demócrito dijo que todo lo que existe en el mundo es fruto del azar y de la necesidad y muchos siglos más tarde el biólogo Jacques Monod tituló un libro con esos dos conceptos: El azar y la necesidad, donde nos demostró que el principio de toda vida está regido por lo inesperado.


A pesar de todas las tecnocracias que han intentado apartarla de la vida, la literatura sigue siendo un trasunto de nuestra nebulosa existencia. Un laboratorio donde no solo se pone en práctica la "magia del lenguaje", el lenguaje que interroga al lenguaje, como propuso, entre otros, Mallarmé (con repudio de todas las materias de la experiencia cotidiana, de todo contenido utilitario, de toda verdad práctica, de todo sentimiento vulgar, de todo sentimentalismo), sino un afán comunicador que los siglos no han agotado.


El mismo Piglia también nos ha hablado de las tribus nómadas de los indios ranqueles que habitaron en el norte de Argentina hasta el siglo XIX y de cómo sus jefes usaban el lenguaje narrativo para mantener intactas sus jerarquías ante los suyos contando, al alba o al atardecer, tanto la manera de aliviar sus penurias del presente como de construir las esperanzas del porvenir. En esas sociedades primitivas, también la palabra refinada -y hasta cierto punto caprichosa- constituía el verdadero Estado, la autoridad reconocida. El talento y el instinto verbal como condición e instrumento del poder.


El arte también avanza a golpe de azar y, a estas alturas del tercer milenio, nadie cree ya en el arte como progreso lineal, ni como acceso directo al conocimiento absoluto. Damos vueltas constantes sobre nosotros mismos y si no están de acuerdo con lo que digo arriésguense a visitar cualquier feria internacional, Arco, sin ir más lejos, y saquen sus propias conclusiones.


"Con todos los sentidos agotados, no nos queda más que el juego", proclamó el pensador griego Kostas Axelos en 1971, en una conferencia con título más que premonitorio: "La cuestión del fin de la historia". Muy anterior a la soflama de Francis Fukuyama, aunque no tan promocionada.


El azar, el juego, conduce a la historia, como conduce a la literatura, que es la "ciencia" que todo lo envuelve y todo lo cuestiona. La síntesis de todos los conocimientos, y lo digo convencido.


A estas alturas de la vida ya no creo en las recetas de Mallarmé, ni en las de sus excesivos continuadores, como no creo en los que postulan una literatura de "consumir y tirar".


La literatura, como tantos dominios del conocimiento humano, ha sido y es víctima de nuestras zozobras y de nuestras huidas hacia adelante.


Como la posthistoria de Axelos, la literatura retomará, repetirá, reactualizará unos principios y unas consignas para la acción ya desarrollados, para replantearlos de nuevo, contradecirlos, amalgamarlos y combinarlos. La literatura y el arte en general. El asombro siempre está a la vuelta de la esquina, y la felicidad también, si uno lo quiere.


En el caso de la narrativa hispanoamericana actual, nadie creería que después del éxito de lectura ya indiscutible de las novelas de García Márquez, de Vargas Llosa, de Cortázar, de los experimentalismos verbales de la generación posterior, con nombres como los ya tristemente fallecidos Salvador Elizondo o Rafael-Humberto Moreno-Durán, que, alineados a los pasos de Mallarmé, nos hablaron de la autonomía del discurso literario y hasta de la "gloria en no ser comprendido" invocada por Baudelaire, ahora desembocáramos en una literatura de la mera sencillez y de la pura amenidad de Laura Esquivel, de Ángeles Mastretta, de Jaime Bayly o de la bestselleriana Isabel Allende, encaramada de nuevo en las listas de éxito con sus memorias La suma de los días.


Me quedo con las últimas ideas expuestas por el investigador franco-búlgaro Tzvetan Todorov sobre la literatura y sus peligros, en un libro ya traducido al catalán y pendiente de serlo en español, donde se plantea algo de lo que ya hablé aquí hace algunas semanas: la literatura corre el riesgo de perder su sentido social y su razón de ser si su enseñanza y difusión continúan el derrotero de la pura teoría; una teoría más preocupada por las formas y los procedimientos narrativos y poéticos que por lo que, en realidad, la literatura nos transmite sobre la vida.


El excesivo tecnicismo y la sobrecarga teórica han desposeído a disciplinas como la Lengua y la Literatura de sus metas preferentes: no la de formar profesores y especialistas, sino la de formar lectores; felices y alertados lectores.


No la palabra de los jefes ranqueles para conservar ladinamente el poder entre los suyos, ni la tiesura verbal de Mallarmé y sus epígonos en un ejercicio onanista que parece no cesar, sino la palabra que nos hable del vapuleo de sentimientos de los que somos víctimas cada día que pasa.


La poeta y filósofa Chantal Maillard lo ha expresado mejor aunque de forma más retorcida: "El espacio de las almas / ha de guardarse oculto / En la palabra está el engaño".


En el fondo, uno espera de la literatura la demostración de que alguien puede pensar sobre la condición humana de una manera más sutil que nosotros.