El periplo del guanche Pedro González, por las cortes europeas (I)

 

Por José Gregorio González y Fernando Hernández

 

Hay personajes que parecen haber existido para que sus vidas fueran noveladas o llevadas al cine. PEDRO GONZÁLEZ, el gentilhombre salvaje de TENERIFE, es sin duda  uno de ellos. Condenado a ser una atracción de feria a causa de la enfermedad que padecía, el destino le tenía reservado un papel muy respetado en varias cortes europeas.

 

Hoy en día nuestro protagonista, Pedro González, sería carne de cañón y estaría condenado a llevar una vida distinta con el fin de reducir la marginación social a la que probablemente estaría abocado. Mal que nos pese, nuestra sociedad sigue siendo excluyente para los que son diferentes, sobre todo cuando se alejan de los patrones estéticos que consideramos "normales". Y nuestro personaje sin duda lo hacía. Sin embargo, lo verdaderamente sorprendente de la historia de Pedro y de su familia es que, viviendo en el siglo XVI, lograron llevar una vida medianamente tranquila y cómoda, a pesar de la patología que afectaba a varios de sus miembros: Hipertricosis, la enfermedad que muchos expertos vinculan con el nacimiento del mito del hombre-lobo y que implica, entre otros síntomas, un crecimiento desmesurado de pelo por todo el cuerpo. El periplo de González y su familia por varias cortes europeas, bajo el protectorado de influyentes personajes como el mismísimo rey Enrique II, constituye un episodio singular que ha sido reconstruido por el historiador italiano Roberto Zapperi.

 

Las exhaustivas indagaciones de Zapperi, plasmadas en la meticulosa biografia ‘El salvaje Gentihombre de Tenerife’, han puesto de manifiesto la consideración de la que gozó y los puestos de confianza que ocupó "el hombre lobo canario", durante su vida, lo que demuestra que la deferencia que tenían hacia él sus protectores tuvo un peso tanto o más importante en su biografía que la curiosidad indiscutible que despertaba entre quienes lo conocían. Pero es precisamente a esa curiosidad que generaba a la que hemos de agradecer que su historia sea conocida y que sus rasgos hayan llegado hasta nosotros representados en innumerables obras, encargadas la mayoría de las veces para incrementar las colecciones de rarezas que poseían algunos médicos y naturalistas. Es bastante probable que ningún otro personaje, de su tiempo y de su misma condición, haya sido tan representado como González y aquellos sus descendientes que heredaron su patología. Pedro González Selvaggio, llegó a Paris en 1547, como regalo de coronación de Enrique II, unas semanas después de la muerte de su padre el rey Francisco I. Por entonces era un niño de unos diez años que presentaba una curiosa y vistosa anomalía, su cuerpo estaba completamente cubierto de fino pelo.

 

No debe extrañarnos que la llegada del muchacho a la corte parisina fuera vivida como todo un acontecimiento. Giulio Alvarotto ejercía en aquellos momentos de enviado diplomático de Ferrara en Francia y gracias a su privilegiada posición en la Corte, pudo contemplar al muchacho, en Abril del mismo año. Así le transmitió sus impresiones al Duque Ercole II,  en la que constituye la primera reseña fidedigna sobre nuestro protagonista. "Su cara y su cuerpo están recubiertos por una fina capa de pelo de unos cinco dedos de largo (9 cm) y de color rubio oscuro, más fina que la de una marta cibelina y de olor bueno, si bien la cubierta de pelo no es muy espesa, lo que permite apreciar bien los rasgos de su cara.". En su misiva Alvarotto cometió un error que la detectivesca investigación de Roberto Zapperi contextualiza adecuadamente. El diplomático afirmaba que el pequeño salvaje procedía de America. Debido, según Zapperi, a los rasgos de su cara, el color de su piel y el hecho de que hablase castellano, además de por creciente numero de informaciones que comenzaban a llegar del continente americano.

 

La apariencia del niño, Alvarotto lo comparaba con aspecto con el que solían "pintar a los salvajes" y las corrientes intelectuales de la época confluyeron en un punto a mitad de camino entre el mito y la ciencia, vinculando a aquel singular pequeño con el mito salvaje, mitad hombre mitad animal, en eterno conflicto.

 

Continuará…