Por sus caras
los conocerás
Juan Manuel
García Ramos
Dicen que los enamorados siempre se dan el
primer beso con los ojos, es decir, sin que medie contacto físico alguno. Existe
un lenguaje de los rostros a través de los gestos faciales que traducen la
relación entre nuestros sentidos y el mundo físico que nos rodea.
Los buenos novelistas son expertos en describir fisonomías en toda su
intensidad; los cineastas tienen esa tarea mucho más fácil, aunque nada harían sin un buen manejo de la cámara y de las luces y las
sombras. Hay una morfología y una sintaxis de los rostros, unas singularidades
faciales y unas relaciones entre ellas que no resultan demasiado difíciles de
descifrar. Caminamos por calles populosas y no nos cansamos de leer en los
rostros que nos cruzamos las muchas marcas de la vida sobre la superficie
facial de nuestros semejantes. Los viajes fuera de nuestros entornos cotidianos
facilitan esos ejercicios de lectura de los sentidos en los semblantes de los
demás.
Hay caras que uno nunca podrá olvidar. Era el año 1982 y yo viajaba con unos
amigos desde la estación de tren de Viena (dice Karl Kraus que las calles de Viena están pavimentadas con
cultura. Las de otras ciudades con asfalto) hacia Budapest. Nos hicimos un
pequeño lío al comprar nuestros billetes y algo más de lío cuando nos acercamos
a los andenes correspondientes. Todo estaba mal señalizado. Tomamos el tren
algo hambrientos y con la intención de aliviar el viaje merendando algo, pero,
una vez en marcha, descubrimos que no había restaurante. Lo cierto es que el
tren avanzó hasta la frontera con Hungría, donde paró para ser analizado con
toda meticulosidad por los soldados de la otra parte del mundo que era nuestro
país de destino antes de la caída del muro de Berlín. Me asomé a una de las
ventanas: perros pastor alemán e inmensas linternas rastreaban los bajos de
nuestro transporte. Cuando ya el silbato nos dejaba libre el camino, dos o tres
ventanas más allá, apareció el rostro barbado de un anciano que preguntó a los
encargados de aquel control exhaustivo, en una lengua inteligible, si el tren
marchaba hacia Bucarest, la lejana capital de Rumanía,
e inmediatamente se oyeron voces que lo corregían: Budapest, Budapest. Una
"d" y una "p" fatales sustituían a una "c" y una
"r" anheladas. El pobre anciano había tomado un tren equivocado, muy
equivocado. Había sido víctima de la confusa estación ferroviaria de Viena.
Jamás me podré olvidar de las facciones amargas del rostro del anciano y de sus
interjecciones todavía más amargas.
Otra historia de rostros. Sucedió en la
muy populosa calle Florida de Buenos Aires y no sé si los detalles que manejo
son absolutamente correctos. Dos poetas de Las Palmas de Gran Canaria que
llevaban años sin dirigirse la palabra coincidieron por casualidad, cada uno
por su lado, en un viaje a la capital argentina
durante cualquiera de los años setenta del siglo anterior. El azar hizo que se
toparan paseando por la calle mencionada, entre ríos y ríos de gente. Me
imagino que cada uno de ellos vendría pensando en sus cosas y contemplando los
cientos y cientos de rostros con los que se iban cruzando. Hasta que en un
momento determinado se encontraron sus miradas y no pudieron resistirse al
inmediato saludo recíproco, a pesar de la enemistad que venían alimentando
desde hacía tanto tiempo. Pudo más el ansia de reconocer a alguien entre
aquella variopinta marea humana que el posible rencor que ambos almacenaban al
cabo de los años. Luego creo que volvieron a su acostumbrada distancia de
trato. Como el tiempo ha pasado y las heridas deben estar cicatrizadas, me
permito dar los nombres de esos dos protagonistas. Son mis buenos amigos Juan
Jiménez y Alberto Pizarro, por lo demás dos excelentes manejadores de palabras
y autores de libros imprescindibles de nuestra buena literatura poética. En
Canarias, eso de quitarle el saludo a alguien es una decisión implacable, pero
lejos del terruño parece que pierde fuelle.
Dice el fisiólogo Francisco Mora que nuestra cara alberga entre veinte y
veintidós músculos que delatan en cada momento nuestras emociones más profundas
o superficiales: la tristeza o el alborozo, el odio y la compasión. Dice además
que todos no tenemos necesariamente los mismos músculos en el rostro y que
nuestro cerebro contiene plantillas para el reconocimiento de las caras de los
demás. Nuestros antecesores, los primates, debieron poseer también esas
facultades y las usaron para descubrir la amistad o la enemistad de los que se
les acercaban, sobre todo en la noche.
Al parecer, ningún ser humano sabe qué cara está poniendo en cada momento, no
es dueño absoluto de ese entramado neuro-muscular.
Aunque uno conoce caras fijas, las llamadas "caras de póquer", como
la que yo descubrí, durante mi periodo cuartelero, en el mejor jugador de esa
modalidad de naipes con el que me he tropezado hasta ahora. Un sargento de
telecomunicaciones que venía del Sahara y que le levantaba los cuartos a todos
aquellos que se sentaran a su mesa. A mí me cogió en un par de ocasiones,
aunque con las cifras modestas que uno manejaba en años tan lejanos. Era tal su
afición al juego y a anular toda alteración de sus facciones faciales durante
las timbas que luego se le quedó así la cara para siempre.
Decía Albert Camus que al
llegar a cierta edad todo hombre es responsable de su rostro. Y al cabo de los
años, ahora habla Jorge Luis Borges, un hombre puede simular muchas cosas pero
no la felicidad. En cualquiera de los casos, los expertos en fabricar
liderazgos saben que la opinión que tiene de sí misma una persona acaba por
reflejarse en su rostro y en su conducta externa. Un verdadero líder ejercita
la autodisciplina, el control de los veintipico
músculos faciales y de sus pensamientos y sentimientos más íntimos.
El gran político y escritor británico Benjamín Disraeli
mantenía que cada uno de nosotros tiene la cara que Dios nos da, pero pasados
los cuarenta años todos somos responsables de las caras que presentamos ante
los demás, aunque a él nadie le leyó nunca en su cara cuál era la verdadera
relación que mantuvo con la reina Victoria.
Nos miramos en las caras de nuestros semejantes, pues en ellas muchas veces
quedan reflejadas las impresiones que causamos en esas personas.
Por eso empecé hablando de los primeros besos de los enamorados, los que se dan
con los ojos y no con los labios. Esa es la parte hermosa de nuestra
existencia. Luego está la parte triste, cuando adivinamos un rostro que nos
aguará la fiesta si no reaccionamos a tiempo. Yo esos rostros los detecto
enseguida, pero no aprendo a deshacerme de ellos a tiempo. Estos días sufro con
el propietario de un rostro que conocí hace algo más de un año y que supe desde
el principio que venía joderme la marrana. No me
equivoqué. Es un rostro desencajado, bovino, con ojos inexpresivos, moribundos.
El frontispicio de un auténtico coñazo al que al
final tendré que agradecerle que me haya inspirado este artículo. A ver si así
puedo conjurar la posible lata que me dé.