"He sido derrotado por la literatura
muchas veces,
pero nunca me rendí"
JORGE DÁVILA, S/C
de Tfe.
Confiesa que "El señor de las faldas verdes", la obra que está
en su "taller literario" desde hace varios años, se ha convertido en
una obsesión a la que espera incrustarle en breve un final. A pesar de sus 85 años,
aún siente curiosidad por la vida y siente que siempre hay tiempo para
sorprender a sus lectores. No le ha quedado más remedio que abrir una relación
con la informática, aunque él prefiera una amistad con las minas de aquellos lápices
de madera con los que escribió sus primeras notas. Rafael Arozarena se
"asoma" hoy a EL DÍA en una entrevista con sabor añejo. El escritor
tinerfeño, Premio Canarias de Literatura y miembro de
-Antes de
"fusilarlo" a preguntas, contarle que una de mis primeras incursiones
serias en la narrativa fue con su "Mararía". ¿Siente algo especial
al ser maestro de tantos alumnos de Literatura?
-Orgullo. No sé
explicar la felicidad que me causa ver cómo los jóvenes que la han leído
ponderan mis ideas y no paran de curiosear entre sus páginas.
-¿Cómo puede
describir con esa perfección un paisaje en un trozo de papel?
-Para pintar todo lo
que hay en ese libro ("Mararía") es necesario sufrir y querer la
aridez de nuestras Islas. En las tabaibas y en los cardones se encuentra la
pureza del Archipiélago. Son tan simples, que he adaptado mi estilo escueto a
su belleza visual.
-La misma sequedad
que halló Unamuno en su destierro majorero, ¿no?
-Su espíritu
salmantino sufrió mucho en Fuerteventura, pero terminó enamorado de su
sequedad y de su falta de lujo; simplemente, aprendió a restregar su corazón
con la arena para aprender a quererla. De hecho, en sus últimos días de
destierro, cuando sabía que se iba a París, le llegó a decir a su amigo Ramón
que emprendía un viaje al desierto. ¿París un desierto? ¡Don Miguel era muy
grande! Yo me froté en la fe de mi maestro para amar algo que a primera vista
es desolador.
-Usted apostó por
Lanzarote. ¿Es difícil retratar su magia?
-Hay que vivirlo, pasar
muchas penurias y penetrar en tierras que son propiedad de la soledad. Mi
experiencia en Lanzarote fue como un viaje al infierno en busca de lo más
hermoso.
-¿Un escritor de su
calado, con más de medio siglo de producción, se siente atraído por alguna
obra en particular?
-Todos los principios
son incipientes y uno no puede estar conforme con ellos, pero no significa que
me ponga en contra de mis primeros pasos. "Alto crecen los cardos" me
dio una formalidad poética y con él descubrí el sur.
-¿Pero hay un
favorito?
-Sí... "Desfile
otoñal de los obispos licenciosos"... También me lo pasé bien con "Fetasian
Sky". Es un texto en el que parece que no ocurre nada y, en cambio, absorbe
un siglo de vida de Santa Cruz.
-En todo caso, ¿no
renuncia a sus dos primeras obras?
-Nunca, gracias a ellas
tenemos hoy a estos nietos o bisnietos...
-Mucho ha llovido
desde 1946, cuando publicó su "Romancero canario", ¿reconoce su obra
52 años después?
-Tiene el mismo hilo
conductor de siempre y una expresión unitaria que se ha adaptado a la
modernidad. Los clásicos como Espronceda o Bécquer fueron genios literarios,
pero que hoy en día son historia. Ya no se puede hablar de los románticos
troveros de anchos sombreros... La vida cambia en un minuto y el libro que hoy
presento ("Poliedros del mar") mañana ya es pasado. Soy inconformista
y no renunció a dar un paso adelante en mi obra si con él aporto algo bueno a
mi producción.
-¿Eso no puede ser
visto como un síntoma de debilidad frente a los románticos?
-Sí, pero la luna ya
no es nuestra musa y se ha convertido en un globo inútil en el espacio. Perdió
todo su encanto el día que los americanos la pisaron. Entonces, dejó de ser la
serenita influencia de tantos y tantos escritores.
-¿El futuro no
espera?
-Ése es el auténtico
drama al que nos enfrentamos a diario los escritores. En mi caso, quisiera
subirme al caballo del futuro, no meter el mío en una cuadra para que se eche a
dormir.
-¿Y en qué anda
metido?
-Después de publicar
"Poliedros del mar" vendrá, posiblemente tras el verano, "Los
ciegos de la media luna" y continúo haciendo cosas... Lo importante es
agarrarte a la vida y no estancarte, ni pensar que ya lo has hecho absolutamente
todo.
-Por cierto, ¿tiene
pendiente "El señor de las faldas verdes"?
-Llevo diez años
pendiente de este dichoso libro. Una década de suplicio en el que hay días en
los que tengo ganas de apartarla de mi vista y otros en los que retomo la
historia con pasión. Ya es demasiado tarde para abandonarla y espero ponerle un
final pronto.
-¿Qué significa
para un escritor la palabra fin?
-Es como si te tocara
la lotería. Cuando le pones el fin a una obra estás en la gloria; entonces te
puedes morir tranquilo. Es el sueño de todos los autores pero, a su vez, el
descanso. Ese día sientes que has ganador la batalla y te llegas a sentir
invencible.
-¿Alguna vez salió
derrotado en una de esas batallas?
-He sido derrotado por
la literatura muchas veces, pero nunca me rendí. La sensación de fracaso es
horrible y hay que ser bastante fuerte para no elegir el camino de la retirada.
Un escritor siempre está hundido en la ciénaga de la ignorancia y la
impotencia, pero, si eres tenaz y fiel a tus principios, un día acabas saliendo
de ella.
-Una curiosidad, ¿el
ordenador es tan buen confidente como el papel?
-Mi ilusión hubiera
sido escribir siempre con un lápiz carpintero, de madera, con formas ovalares y
lacados, pero al final he tenido que entrar por el aro y adaptarme a las nuevas
tecnologías.
-¿Eso no supone una
pérdida de esencia?
-Hay algo todavía peor
que eso. Hoy ya se puede escribir un libro hablándole a un ordenador. Eso sí
que es una locura. Con la máquina de escribir se perdió la esencia de aquellas
plumas de ganso que raspaban el papel. El futuro ha mecanizado a una de las
artes más hermosas que han existido desde el principio de la humanidad.
-Una última cuestión.
Usted que es miembro de
-No, cada vez hay menos
personas que hablan bien o muchos que no lo hacen tan bien. Lo que es innegable
es que hay medios de comunicación que se han tomado unas licencias que han
vulgarizado el lenguaje.
Fuente:
El Día/Cultura,
15-06-2008