Miguel
Ángel Díaz Palarea
Yo creía razonablemente
en la “justicia”, en la que se practica en los juzgados; y no en la partidista,
en la que te da la razón, pero observo que esa
“justicia” está mediatizada por la razón de
Estado, en la mano “bondadosa” que acaricia, de cara a la galería, la necesidad
de razonable imparcialidad, de aquella
hermosa hembra que, con los ojos tapados, sostiene en el aire una balanza.
Ahora comprendo que razonablemente ecuánime.
Con ocasión de la presentación de la revista el Canarii,
a la hora de llevar al público un extenso trabajo, que aplaudo, sobre el
asesinato del joven estudiante Javier Fernández Quesada, dijo, ante unas veinte
personas el antiguo fiscal del Estado Eligio Hernández -al que sinceramente
admiro por su categoría de intelectual- y lo aseguro con razón,: “yo respeto el trabajo de los Palarea sobre el joven Javier Fernández Quesada, pero me
temo que no servirá de nada su empeño”, “los jueces de instrucción no estarán
por la labor, por buscar las razones de por
qué mataron al joven estudiante. Dijo con razón
y no se me caen los anillos en reconocérselo, “es intrascendente que tengan razón” o algo parecido expuso ante la
concurrencia. Tenía toda la razón del mundo
y este preparado jurista sabía con qué razonable
razón hablaba, porque hijo de la razón pare razones.
Se ofreció razonable incluso, bondadoso y
“desinteresado” nos dio la razón, pero creyó
más práctico y razonable constituir una
comisión para que se solucionara el viejo problema. Razonó sobre la irracionalidad
de unos políticos canarios, que habían olvidado las razones de la muerte del joven Javier de un tiro
que le rompió el corazón.
¿Tenía razón?, me pregunto. Yo desde
luego no presenté mi humilde contribución, mi granito de razón, mi desinteresada labor para dicha razonable comisión pensando, quizás de forma irrazonable, que quien compartió tantas razones de Estado con el Señor X: el siempre razonable, al menos eso decía la prensa del
momento, Don Felipe González que, sin la categoría de Maquiavelo,
nos culturizaba con un milenario proverbio chino “qué más da que el gato sea
blanco o negro, si caza ratones”, digo yo caza razones.
Pensé ingenuo que no ayudaría a otra cosa que a tapar, entullar
el vil y cruel asesinato con razones y a que
deslumbrase la razón razonable de Estado. Quizás me equivoque, siempre
existe la posibilidad de dar marcha atrás, darle la razón razonable. Me dije: “este señor no sabe
hasta donde estamos dispuestos a llegar los “mierdecillas”
de los Palarea". Ya nos amenazó por teléfono una
razonable voz anónima, con motivo de
nuestros intentos de desenmarañar la irrazonable
muerte del joven: “que ellos ponían las balas” y desde luego en sus armas de
todo tipo y en sus balas está su razón, su
única razón razonable.
Tal como discurren los razonables
acontecimientos intentan darle la razón. En
algo tan simple como sentar ante los razonables
tribunales al que fuera jefe de
El gran Maquiavelo
(1469-1527), en su obra el Príncipe (publicada en 1532) dice: “Todos ven lo que tu pareces, pero pocos palpan lo que tu
eres, y los que no se atreven a oponerse a la opinión de muchos que tienen
además la autoridad del Estado para defenderlos. Y en las acciones de todos los
hombres, pero sobre todo de los príncipes, donde no hay un tribunal a quien
reclamar, se mira el fin…”
Un dicho popular sentencia: "Obras son amores y no buenas razones"
19/04/08
Miguel Ángel Díaz Palarea
Nicolás Maquiavelo, autor de la
obra "El príncipe"