En el reino de Afur
(la educación como diseño de la identidad)
Samir Delgado
Cuando
somos chiquillos nos empapamos de dibujos animados, ya casi es extraña la
persona que a cualquier edad no sea capaz de tararear sin dificultad
memorística la melodía de Barrio Sésamo, un programa que más allá de los
entrañables personajes añadidos en la edición española, su contenido didáctico
estuvo diseñado bajo la lógica instrumental del yankie,
una apreciación nada desdeñable que encontré en un libro del reconocido
dramaturgo brasileño Augusto Boal, y a decir verdad,
el monstruo de las galletas y todos los demás personajes imitados en la actualidad
por otros conocidos muñequitos que siguen dando la hora de dormir, nos
adoctrinaban la cabeza con un vampiro que recontaba los números y otros
adefesios que nos indicaban donde está la derecha y donde está la izquierda,
arriba y abajo, delante y atrás ¿lo recuerdan?.
Pues bien, hace un tiempo
llegó a mis manos un libro infantil titulado “En el reino de Afur”, de la autora Cristina García Carballo, publicado en
una colección para colegiales dirigida por representantes de la narrativa
canaria como el profesor Ernesto Rodríguez Abad o el escritor Félix Hormiga,
relatando en un volumen bien confeccionado una historia de ficción enclavada en
alguna charca de Anaga, con la exquisitez de una
fábula de Esopo y recordando bastante a la presteza
literaria de la gran escritora canaria Pepa Aurora, reconocida por su
trayectoria como docente y creadora de entrañables historias para jóvenes y no
tan jóvenes, que nos acercan a la fauna y la flora isleñas con moralejas
desbordantes.
Con grandes dosis
de invención imaginaria, este libro como cualquier otro de similar temática,
está ambientado en un lugar pretérito para la mayoría, aún siendo probablemente
la zona localizada cerca del Tamadiste, visitada por
senderistas, gentes amantes de la naturaleza y obviamente por los propios
vecinos del Macizo tinerfeño, y nos remite con el formato accesible de la
literatura infantil a un espacio territorial paradigmático, de singular apego a
la tierra y con unos valores ecológicos muy acentuados, desprovisto en su conjunto
de los artificiales chutes de ciencia ficción con marcianos que nos llevan
hipnotizando desde pequeños a través de los mass
media.
Si nos adentramos en esta
república de juncos y alpispas, balidos y caletas,
podríamos ganar un momento de respiro personal frente a la telaraña tecnológica
que nos abruma alrededor con la amenaza del cáncer personificado en las antenas
de telefonía móvil, desquitarnos del tedio agonizante de la autopista que
organiza con su estrépito la neurosis social con dirección a ninguna parte, y
con suerte encontraríamos en su lectura un hábito acogedor que sirva cada noche
para ilustrar el sueño de los más pequeños de la casa, sobre todo para quienes
no hayan podido disfrutar de cerca las historias y remembranzas de nuestros abuelos.
En una sociedad cada vez más
globalizada por su alta concentración poblacional en las grandes capitales,
donde el tiempo de esparcimiento es acaparado por el espejismo consumista de
las superficies comerciales tipo Carrefour, la
maquinaria que confecciona la realidad para una gran mayoría de adolescentes
canarios tiene sus enchufes fijados en los centros educativos por la mañana y
en el ámbito familiar por las tardes, siendo los valores inculcados para su
educación un compendio de derechos y deberes que suponemos idealmente comunes,
aunque la resabida polémica de la asignatura Educación para la Ciudadanía ha devuelto
a ojos de todo el mundo la evidencia del fuerte cruce de intereses
manipuladores que han engrasado desde siempre los mecanismos institucionales
que modelan nuestra identidad, y quienes nacimos con la Constitución española
sabemos con ironía que los niños no vienen en cigüeña desde París.
Así que, de igual forma, tanto
en el patio del colegio, como frente al televisor familiar, estamos acumulando
diariamente durante nuestra vida infantil una visión del mundo que va haciendo
coherente y normal lo que transcurre alrededor, tenemos la tendencia a buscar
referentes fijos que nos orienten en esta balsa a la deriva que es la vida
compleja del piberío, por eso resulta de capital importancia qué tipo de
lecturas y qué historia de las islas nos han contado en el instituto, además
claro está de nuestra procedencia social y las influencias ideológicas de
nuestro entorno, para así ver lo maquiavélica o liberadora que puede llegar a
ser la educación como diseño de la
identidad.
Este dilema alcanza el colmo
de la cuestión cuando llegamos a la mismísima universidad, una institución
educativa que en las últimas décadas ha socializado a una gran parte de la
ciudadanía más joven, y para quienes hemos visto con nuestros propios ojos el
rumbo que está tomando con el tecnocrático Plan
Bolonia de cara al 2010, más nos vale hacer algo más que poner el grito en el
cielo ya que las consecuencias directas de la competitividad a ultranza están
homologando un modelo de persona europensante,
individualista y consumidora, calcada de la utopía capitalista y que hunde sus
fundamentos enajenantes en la conquista de las islas, provocando una identidad
canaria fragmentada y distorsionada por las secuelas de la dependencia, como ya
nos advirtió a través de sus lúcidos análisis el desaparecido Manuel Alemán Alamo.
Ayer tarde, mientras miraba desde la
ventanilla del coche las montañas de Anaga, cuna de
mis abuelos y enclave maldito del radar de AENA, observaba a los demás
conductores circulando a toda velocidad, con una mirada robótica puesta en el
horizonte. Entonces, me di cuenta de que en todo isleño aún habita el niño que
se fue, y su idea del mundo, es decir, de las islas, ya que son lo que
conocemos del mundo cuando pibes, dependerá en gran medida de si vivió una
infancia arraigada a la tierra o al menos pudo echar sus raíces existenciales
con el sudor de una guataca en algún reino de Afur.