NECESIDAD
Y POSIBILIDAD DE UNA
NUEVA
RELIGIÓN UNIVERSAL
Eduardo
Hartmann
La medida de la
evolución religiosa necesitada por la situación presente, ¿se define por la transformación
de los elementos dados, o por una innovación que sustituya a las ideas
reinantes concepciones esencialmente distintas?
Esta es la cuestión
que se encuentra en el comienzo de nuestras investigaciones, y la conclusión de
las consideraciones que preceden parece ser la de resolverla en el sentido del
segundo término de la alternativa. El principio católico, que es el principio
de autoridad, y el principio protestante de la negación crítica de la
autoridad, han sacado ya sus últimas consecuencias: el primero, en el
cristianismo momificado del ultramontanismo, por el dogma de la infalibilidad,
que es un reto lanzado a todo lo que la razón enseña, a todo lo que el
desenvolvimiento de la civilización ha hecho prevalecer; el segundo, por la
total disolución del cristianismo
positivo y por el enflaquecimiento de la religión, bajo cuyo nombre ya
no existe más que una irreligión completamente mundana. En cuanto a los ensayos
hechos para conciliar estos dos extremos igualmente inaceptables, son etapas
que el protestantismo ha atravesado ya descendiendo por un plano inclinado y
que el curso de la evolución histórica ha dejado atrás: tratar de volver a
ellas, sería colocarse delante de las ruedas de la evolución lógicamente
necesaria para retardarla, ya que no para hacerla retroceder.
La idea cristiana ha
concluido su carrera. Esta idea está dividida en dos períodos; el primero, que
comprende el cristianismo primitivo y el catolicismo hasta el florecimiento de
la verdad cristiana bajo Tomás de Aquino; el segundo, que abraza el
catolicismo en su decadencia y el protestantismo fatigándose en ensayos de
conciliación, útiles, lo reconocemos, pero inaceptables en principio.
El fin semeja
admirablemente al comienzo, si nos mantenemos en el aspecto negativo, por la
ausencia de un cuerpo de doctrina cristiana; sólo que los contenidos con que se
llena el recipiente en ambos casos son muy diferentes: aquí la cultura moderna;
allí, por ejemplo, el judaísmo talmúdico de un Hillel.
La ordenada de la curva cristiana ha llegado a ser igual a cero al fin, como lo
era al principio, pero en esta ocasión la abcisa es
otra muy distinta. Si el cristianismo comparte con otras religiones la concepción
pesimista del mundo y la necesidad de elevarse por la verdad metafísica por
encima de este mundo y de su miseria, la idea fundamental, especialmente la
cristiana, debe buscarse en la fe, en un redentor que cura del sentimiento de
la culpa y en un mediador que opera la reconciliación y la unión con Dios; y la
fe cristiana, ¿qué es?, la fe en Jesucristo como redentor y mediador. Pero si
se ve en Jesús de Nazareth el hijo legítimo del
carpintero José y de su esposa María, este Jesús y su muerte lo mismo pueden
redimir mis pecados que el ministro Bismark o el
diputado Lasker, por ejemplo, y es mucho menos apto
aún para ser el mediador entre Dios y yo que el confesor católico, por ejemplo,
cuya prerrogativa no es una afirmación en el aire, sino que la hace desprender
del hijo de Dios. Así, pues, la idea sobre la cual descansa el cristianismo se
ha hecho caduca enfrente de la civilización moderna. Es posible que en el
cuadro de un sistema religioso basado sobre un principio nuevo, lo que reste
del cristianismo pueda invocar algunos títulos para hacer que se le reconozca
una significación secundaria y auxiliar; pero este elemento es insuficiente en
sí mismo para satisfacer la necesidad religiosa, sobre todo si permanece
cerrado a la presuposición indispensable de toda religiosidad, el pesimismo del
cristianismo positivo. Mas aun cuando se conservase este factor, o, por mejor
decir, se le restableciera enfrente del optimismo protestante que encuentra el
mundo delicioso y se congratula de la existencia, lo que se tendría no sería
más que el fundamento, indispensable sin duda, del nuevo edificio religioso, y
nada más; poseeríamos una concepción del mundo la cual implique un alma de tal
modo dispuesta, que la religión sea para ella una necesidad imperiosa;
la poseeríamos en el mismo sentido que Buda, Jesús, San Pablo, San Francisco, Savonarola y otros la han poseído, y quedaría ante nosotros
la cuestión de saber qué nuevo edificio religioso satisfaría a la vez la
necesidad religiosa que nace de esta disposición, y a la cultura moderna.
El intento de
resolver este problema significaría la pretensión de ser el fundador de una
nueva religión. Esta pretensión no tan sólo se halla muy lejos de mí por
razones personales, sino que se encuentra ya excluida por la convicción
objetiva de que ni la ciencia por su misma naturaleza, ni sus representantes,
están llamados a tener una acción inmediata sobre el establecimiento de nuevas
religiones. Históricamente es una verdad demostrada, y aparece también como una
consecuencia de las relaciones que mantiene la religión con la ciencia, y de
las cuales hemos hablado en otro lugar. En los fundadores de religiones no se
deben nunca a la ciencia los éxitos populares grandes y decisivos, sino al don
de presentar de una manera intuitiva y figurada las ideas religiosas que se
hallen en armonía con la época, y después, a la autoridad de la persona que las
representa. Mas, por otra parte, estos hombres no sacan de ellos mismos estas
ideas que son lúcidas chispas, sino que las hacen salir del tesoro espiritual
que constituyen en cada época las creencias populares y la ciencia. Entre estas
ideas, que pueden venir a su conocimiento de un modo muy imperfecto, descubren
algunas que se apoderan con fuerza de su sentimiento religioso, y comunicándolas
en un círculo extenso, prueban el entusiasmo que son capaces de excitar; y aun
cuando sea completamente necesario que las circunstancias del tiempo hayan
dispuesto a las almas para recibir tales impresiones, es muy posible que hasta
entonces el poder de estas ideas no haya sido percibido o apreciado por otros.
Esto nos ilustra sobre la clase de auxilio que la ciencia puede prestar a la
aparición de las religiones que no han nacido aún, pero cuya necesidad existe y
va creciendo. Sus misiones trabajar con celo y lealtad, levantar su vuelo más
vigoroso y profundizar más cada día a fin de ofrecer al porvenir una provisión
de ideas tan rica y tan preciosa como sea posible, donde pueda hallar el
alimento de la nueva religión.
¿Es probable,
en un porvenir próximo, que veamos surgir una fuerza creadora capaz de dar
existencia y estabilidad a meras formas religiosas? Es muy difícil contestar
afirmativamente a esta pregunta. ¿Quién ha podido apreciar la tenacidad y la
fuerza histórica de resistencia inherentes a las formas religiosas que aún nos
rodean? En nuestra opinión, sería estimarlas de un modo demasiado bajo el
suponer que hoy, en que apenas si los exploradores del ejército protestante
liberal comienzan a tener conciencia de las últimas consecuencias del principio
protestante, la antigua creencia, considerada como religión de la masa, esté
bastante gastada para que un viento religioso fresco y vivificante pueda
barrerla. No olvidemos que en lo que se refiere a las luces adquiridas por la
cultura, la masa se encuentra siempre algunos siglos más atrás del espíritu del
tiempo. Aún se puede decir más. Supongamos que la evolución haya llegado a tal
punto; esto no sería una razón para que resultase necesariamente el
advenimiento de una nueva creencia, pues bien podría suceder que el reinado de
la antigua y el de la nueva fuesen separados por un tiempo de descanso más o
menos largo, durante el cual se consumaría la putrefacción de los viejos
elementos, y el suelo sufriría una preparación química favorable para la fertilidad
del porvenir.
Por último, no es
posible probar la imposibilidad de la tesis afirmando que en general no habrá
ya novedad religiosa viable, aunque esta opinión sea tan extremada e
inverosímil como la que afirma que la religión del porvenir se halla próxima.
Aquella se apoya, es verdad, en el argumento plausible, en la apariencia de que
la vida del alma contempla cómo se retiran de día en día los jugos nutritivos
en provecho de la vida de la inteligencia, y que en particular las necesidades
religiosas del alma se van constantemente debilitando. No obstante, se confunde
aquí, en primer lugar, un hecho momentáneo con una tendencia evolutiva capaz de
duración, y después, a esta tendencia, que es real en un sentido, se la da una
interpretación errónea en lo relativo a su incompatibilidad con la religiosidad
y con el sentimiento general. Es muy cierto que la inteligencia reflexiva
figura en primera línea en los progresos de la humanidad; pero, a la larga,
cada adquisición de la inteligencia ejerce sobre la esfera del sentimiento una
acción que lo enriquece y que lo depura, y la lucha de la inteligencia con el
sentimiento siempre se dirige exclusivamente contra el punto de vista del
sentimiento legado por una fase anterior del desenvolvimiento intelectual: no puede
haber cuestión sobre el punto de vista que responde a la nueva fase de la
inteligencia, el cual no puede formarse sino gradualmente después de la
destrucción parcial del antiguo.
¿Quién negará que el
desenvolvimiento intelectual avanza por un impulso genérico
y constante? Es igualmente cierto que una nueva religión debe tener la razón
por principio, cosa que los antiguos no tenían necesidad de hacer más que como
tarea secundaria. ¿Pero se sigue de esto que la necesidad religiosa debe
borrarse por un largo período? No; por lo menos en tanto que el pueblo no esté
imbuido de la ciencia abstracta en el sentido estricto, y no es de esperar que
lo esté jamás.
Por el contrario, la
concepción pesimista del mundo, en la cual la necesidad religiosa repara diariamente
sus fuerzas, no cesará de fortificarse y de extenderse, puesto que, cuanto más
se multiplican los medios de que la humanidad dispone para hacerse la
existencia agradable, más se convence de la imposibilidad de superar de este
modo la angustia de la vida y de alcanzar la felicidad, ni siquiera la
satisfacción. Un período ascendente de las cosas humanas puede ser optimista en
tanto que alimenta la esperanza de encontrar la felicidad al fin gozar de ella;
mas en el instante en que el objeto se alcanza, el pueblo que lo ansiaba
percibe que no ha progresado en la felicidad y que han aumentado las
necesidades que le roen y le atormentan. Así, el optimismo es siempre un
intermedio en las naciones que se hallan en medio mismo
del vértigo mundano; mas el pesimismo es la disposición profunda de la
humanidad que se conoce, y cada vez que termina una época de movimiento mundano
aparece con doble energía. Esperemos, pues, que la aspiración del hombre a
superar la miseria de este mundo, lo cual no puede realizarse sino por la idea
y en la esfera de la conciencia, se haga sentir con una intensidad cada vez más
señalada a la conclusión de los períodos en que el mundo, por decirlo así, ha
celebrado sus triunfos, y en que los intereses terrenales lo han absorbido
todo, y la cuestión religiosa sea la más importante de todas cuando la
humanidad haya alcanzado todo lo que puede alcanzar de civilización sobre la
tierra, y haya abrazado de un golpe de vista toda la miseria lamentable de esta
situación.
Al mismo tiempo que
la ciencia da comienzo al trabajo preparatorio para el edificio que ha de
habitar la religión del porvenir, no se le puede censurar el que examine los
elementos de su fortuna actual, y trate de inquirir qué ideas son las que
tienen probabilidades de ocupar en el porvenir el sitio de las ideas
cristianas, y de fundirse con los restos de aquellas que no estén condenadas a
desaparecer. No es posible ocultar, sin embargo, que esta orientación está
limitada por el estado actual de los conocimientos. El mejor modo de entrar en
materia será arrojar un golpe de vista general sobre las principales
religiones, con el fin de desentrañar su significación histórica; y esta
consideración tendrá por resultado el demostrar una tesis que, por otra parte,
corresponde al estado actual de las relaciones entre las naciones del globo, y
es, que la religión del porvenir, para llegar a ser religión universal, debe
representar la síntesis de la evolución religiosa del Oriente y de la
del Occidente, de la evolución panteísta y de la evolución monoteísta: sólo con
esta condición podrá satisfacer a la vez las necesidades religiosas y las
necesidades intelectuales de la época moderna.
El rápido bosquejo
que irá a continuación atestiguará lo que la ciencia ha podido encontrar con
toda su riqueza actual en lo referente a materiales que puedan servir a los
fines de la religión. Este ensayo no tiene de ningún modo la pretensión de
trazar a la religión del porvenir el camino que debe seguir, pero, a lo menos,
se esfuerza en romper con la opinión antifilosófica que mantiene el dualismo de
los cristianos y de los paganos, y con un cosmopolitismo exento de
preocupaciones, en conceder sus derechos respectivos a las civilizaciones que
nada en apariencia une ni pone en relación: la civilización india y la de los
países que baña el Mediterráneo, a fin de abrir la perspectiva del encuentro
futuro de estas grandes corrientes religiosas que han de correr en adelante por
un solo lecho. Sólo así adquiere verdadero sentido la historia universal, aun
cuando no se entienda ordinariamente bajo este nombre más que la historia de la
mitad occidental del antiguo mundo, dejando a un lado la civilización del Asia
central, reducida de este modo a ser nada más que una quinta rueda del carro de
la historia. Lo que nosotros vamos a considerar, pues, no es la religión del
porvenir en sí misma, que una espesa niebla oculta a nuestras miradas, sino las
piedras de construcción que proporcionan la historia, la religión y la
filosofía, de las cuales nos parece que será posible sacar partido para dotar
de una religión al porvenir de nuestra raza.
Asociación
Sociocultural Kebehi Benchomo.
Mayo 2008.
Fuentes:
Eduardo Hartmann
Biblioteca Económica Filosófica
Madrid, 1888.