¡Una responsabilidad histórica!
Ramón Moreno Castilla
Según Karl R. Popper, "es un error
demasiado extendido el pretender sujetar con el pensamiento lo que va a
suceder". Lo correcto, sostiene el conocido ensayista, "es pensar en
lo que puede hacerse para que lo que vaya a pasar sea mejor que lo de
ahora". Este filósofo neopositivista, de origen
austriaco (1912-1994), es un claro exponente del interés que existe en nuestro
tiempo por el estudio de la lógica y la metodología científica. Autor de
diferentes ensayos sobre el concepto de la "falsabilidad"
("La lógica de la investigación científica", "La miseria del
historicismo", "La sociedad abierta y sus enemigos", entre otros);
basa sus tesis en la posibilidad de toda proposición científica de ser
rechazada por un hecho concreto comprobado.
Estamos, pues, ante la
necesidad acuciante del análisis y el estudio de la prospectiva futura.
Proyectar el pensamiento hacia delante equivale a querer provocar cambios sin
esperar a que el peso de la problemática agote su proceso degenerativo o
intente solucionarse con piruetas desarraigadas de los límites digeribles. Si
cambiar es sustituir hábitos inerciales por comportamientos de movimiento,
parece lógico, por tanto, que lo preferible sea apostar por futuros ajenos a
cualquier tipo de fatalismos. No en vano, actitudes de esa naturaleza
imposibilitan o frenan, por principio, el espíritu de combate; o sea, el único
antídoto capaz de frenar el curso de las peores evoluciones de los
acontecimientos más nefastos.
Y aquí, entra en
escena la sociedad canaria en su conjunto, que tiene un compromiso insoslayable
y un "pasivo exigible" a corto plazo, ante el deterioro progresivo
que sufre nuestra tierra en todos los órdenes; y que hace absolutamente
necesaria una categórica e inaplazable toma de decisiones para solucionar la
caótica situación por la que atraviesa nuestro Archipiélago, que a nadie se le
esconde. Otra cosa es que, para seguir manteniendo el primer y último
territorio de ultramar, se nos impongan imperativos legales que nos atan de
pies y manos en una abyecta política colonial. Pero, no obstante, ese perverso
entramado político-jurídico en el que nos tienen prácticamente secuestrados, este
pueblo tiene que sacudirse de una vez sus complejos y miedos atávicos, y ser
capaz de tomar la iniciativa para ser protagonista de su futuro y dueño de su
destino; sin tutelas ni dictados de ningún tipo, como ha correspondido
históricamente a todos los pueblos del mundo que, llegados a su mayoría de
edad, han ejercido libremente su derecho inalienable e imprescriptible a
decidir por sí mismos.
Es por ello que, como
significado estrato social e indudable grupo de poder (por sus medios
económicos y sus cuadros dirigentes), corresponde a la burguesía canaria ser la
abanderada y liderar los profundos cambios y transformaciones que exige la
degradante situación de Canarias. ¡No se trata, por consiguiente, de plantear
problemas, sino de proponer soluciones! Y lo primero que haría falta para
acometer esa metamorfosis que está demandando Canarias urgentemente son ideas
dinamizadoras capaces de despertar el entusiasmo y ser el desencadenante del
trabajo y el esfuerzo común, sin los cuales todo cambio resulta imposible. ¡No
se puede seguir escondiendo la cabeza debajo del ala por más tiempo! ¡La
burguesía canaria debe darse por aludida y asumir sus compromisos y su
responsabilidad histórica! ¡Es su deber, y ya es el momento!
Los canarios que
tenemos plena confianza y fe en nosotros mismos creemos que es perfectamente
posible la construcción de esa Canarias del siglo XXI,
libre y soberana que todos anhelamos. Porque si bien es verdad que hemos vivido
circunstancias históricas difíciles y trágicas, no es menos cierto que siempre
las hemos superado juntos, obligados por el continuo desafío de la
supervivencia. Y es, justamente, ¡por propia supervivencia!, que ahora debemos
afrontar seriamente nuestro futuro y el de las generaciones venideras. Pero esa
imperiosa y apasionante tarea no puede limitarse sólo a la gestión política
(con un discurso agotado) y a la gestión económica (supeditados a las
subvenciones comunitarias) o a la modificación (más de lo mismo) de sus
estructuras; sino que debe ir acompañada de un cambio de mentalidades todavía
imperantes en nuestra sociedad, y que con frecuencia han frenado y
obstaculizado todo intento de acometer el proceso emancipador de este pueblo.
En esta etapa crucial
que nos ha tocado vivir, y que sitúa a Canarias en la peor y más grave
coyuntura de su historia más reciente, es obligado debatir sin el menor
complejo y sin ninguna animosidad, pero con todo realismo, firmeza y decisión,
el anacronismo de nuestro "statu quo", que la legalidad internacional
ya no contempla.
Ello pasa, necesariamente,
por un replanteamiento serio, coherente y riguroso del actual modelo
Canarias-Estado que, en mi opinión -y en la de muchos más-, requiere un nuevo
marco de relaciones después de más de cinco siglos de feroz colonialismo. ¡Ahí
radica el quid de la cuestión! En consecuencia, no se trata únicamente de que
la burguesía canaria se erija en defensora a ultranza de nuestros derechos como
pueblo; sino que, además, sea el necesario aglutinador
de los otros sectores sociales y agentes económicos, para dar respuesta a una
calamitosa situación, por demás, insoportable e insostenible. ¡Reitero que
quien tiene la capacidad de actuar tiene la ineludible obligación de actuar!
Parafraseando al
célebre general y teórico militar prusiano Karl Von Clausewitz (1780-1831):
"Si el Derecho Internacional es también la continuidad de la política por
otros medios", el imprescindible pronunciamiento de la burguesía canaria
debe tener la condición, independientemente de sus postulados jurídicos (el
Derecho Internacional nos ampara), de una clara e inequívoca reivindicación
política, cuya finalidad última sea la primacía de los irrenunciables intereses
del pueblo canario en general, propugnando la unidad del Archipiélago, sin
fisuras. Y, a partir de ese principio sagrado, la consolidación del mercado
único canario, como instrumento de cohesión territorial e indudable vertebrador de este pueblo.
Y si, como ha quedado
meridianamente claro, España no puede aplicarle su legislación marítima a
Canarias, en modo alguno, dada nuestra innegable extraterritorialidad (aunque
se tenga la vana pretensión de declarar las aguas canarias "aguas
europeas" ¡menuda "boutade"!), habrá
que concluir que es precisamente la artificiosa y tan cacareada
"españolidad de Canarias" la que nos impide la delimitación de
nuestros espacios marítimos archipelágicos y
disponer, legítimamente, de los recursos naturales de nuestro territorio
(petróleo y/o gas incluidos).
¿Cómo se explica,
entonces, que si Canarias es tan "española" y