La retroautonomía

 

Juan Manuel García Ramos

 

Aceptamos la retórica de las competencias de desarrollo legislativo contempladas en el Estatuto de Autonomía de Canarias; no aceptamos esas competencias cuando puedan ejecutarse de verdad".


Así se expresan y así proceden algunos partidos estatales españoles con delegación en nuestro archipiélago, algunos sindicatos con matriz foránea y algunos otros sectores de opinión de nuestras islas.


Sucede esto en los últimos tiempos en todo lo que concierne a la creación de la policía autonómica canaria, ya prevista en el artículo 30.2 del primer Estatuto de Autonomía de Canarias de 1982.


Esa competencia en seguridad ciudadana fue asimismo contemplada en el nuevo Estatuto reformado por Ley Orgánica de 30 de diciembre de 1996 y en la más reciente propuesta respaldada por el Parlamento de Canarias el 13 de septiembre de 2006, propuesta que, como todos sabemos, decayó en su tramitación ante las Cortes Generales.

Es decir, la policía autonómica ha sido, desde la misma constitución de la Comunidad Autónoma, un objetivo irrenunciable del autogobierno de Canarias, en consonancia con lo previsto en el artículo 149.1, 29ª, de la Constitución española, donde esa competencia del Estado de seguridad pública puede ser transferida a las comunidades autónomas a través de sus respectivas policías territoriales.


En el artículo 150 de la misma Constitución también podemos leer que cuando el Estado ceda o delegue facultades a las comunidades autónomas, caso de la seguridad pública, se preverá la correspondiente transferencia de medios financieros.


Para entendernos: la creación de la policía autonómica en Canarias debe venir acompañada del trasvase de recursos desde el Estado hacia la Comunidad y no debe suponer, en ningún caso, un esfuerzo exclusivo de la tesorería de Canarias al respecto, como algunos detractores de tal competencia sostienen con no oculta malignidad. Se niega la posibilidad de esa fuerza del orden autonómica porque se confunde con un gasto extra del Gobierno de nuestra nacionalidad (y espero que tampoco nieguen la posibilidad de usar la expresión de "nacionalidad" aplicada a Canarias, pues también está reconocida esa denominación en el Estatuto reformado de 1996, artículo uno).


La paz ciudadana era uno de nuestros rasgos de convivencia insular hasta hace algunos años. Hoy cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, Fiscalía y Magistratura reconocen que esa seguridad ha saltado por los aires. Las últimas memorias anuales del Tribunal Superior de Justicia de Canarias hablan con preocupación del aumento continuo de delitos en el ámbito de nuestra jurisdicción. En 2007, ese aumento fue del 6,8% con respecto al año anterior.


El autogobierno se demuestra andando y no retrocediendo, y está muy claro que si hoy somos competentes en materia educativa, en materia sanitaria y en tantas otras, la competencia de seguridad pública nos debe preocupar mucho más de lo que nos preocupa y ocupa.


Una policía autonómica debe plantearse como un cuerpo profesionalizado, arraigado y motivado.


Una policía autonómica ha de ser un cuerpo de élite, de cualificación rigurosa, no un sobrante de las policías locales, llamadas a otras responsabilidades.


Un alto número de vacantes en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en Canarias ha sido, y es, la situación acostumbrada en estas islas. Por mucho esfuerzo derrochado en este sentido, los números nos indican que Canarias no es un destino muy apetecido por jóvenes españoles que entran a formar parte de la Policía Nacional o de la Guardia Civil. Están lejos de sus familias y los sueldos que cobran no les animan en sus estancias insulares, muchas veces en zonas turísticas donde el precio de la vivienda y la manutención están muy por encima de sus posibilidades. Están desarraigados, y esta condición no es la más aconsejable para las duras tareas a desempeñar.


Tareas que muchas veces no cuentan con los medios materiales mínimos. A los desembolsos llevados a cabo a lo largo de los últimos lustros por alguno de nuestros cabildos en automóviles para uso de esos cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado nos remitimos como una prueba de las carencias sufridas durante muchos años. La desmotivación se apodera de muchas de sus labores.


La situación geopolítica de Canarias nos exige en estos tiempos complejos de amenaza terrorista, de tráfico de estupefacientes y de movilización ciudadana descontrolada, una especial atención a la seguridad pública. Los tiempos no están para bromas. La globalización del delito llega a nuestras puertas y es hora de frenarla con todos los instrumentos a nuestro alcance. Y es un contrasentido que el autogobierno canario, a miles de kilómetros de Madrid, no sea el competente en tales cometidos.


Los textos autonómicos definen quiénes somos los canarios y qué queremos ser y cómo lograrlo.


La última propuesta de revisión del Estatuto de Autonomía de Canarias, consensuada al final por todas las fuerzas políticas presentes en el Parlamento, matices menores arriba y abajo, preveía un salto cualitativo en el reconocimiento de nuestras aguas archipielágicas, en la modernización del funcionamiento de nuestras instituciones de autogobierno, en la reorganización judicial, en la que el Tribunal Superior de Justicia de Canarias sería la última instancia jurisdiccional, en una definición más clara de la organización territorial de la Comunidad Autónoma, en una muy significativa ampliación de nuestras competencias, en una actualización del contenido del Régimen Económico y Fiscal, en la creación de una Agencia Tributaria de Canarias...


Es decir, se trataba de enriquecer nuestras capacidades para mejorar nuestro bienestar y para abordar los nuevos problemas de un siglo XXI plagado de incertidumbre.


Ni el mundo es el de hace una década; ni lo es Europa, a medio camino de constitucionalizarse o de renunciar a ese salto cualitativo; ni lo es España, nada parecida a la de la Constitución de 1978; ni lo es Canarias por decisión propia: la última propuesta de reforma del Estatuto de Autonomía aludida es una prueba de que todas las fuerzas políticas echan en falta un nuevo traje jurídico-político para enfrentar los nuevos tiempos que nos tocan vivir.


Cuestiones como la creación de la policía autonómica, la delimitación de nuestras fronteras oceánicas o el control poblacional son de índole preferencial para cualquier autogobierno que se precie de tal. Ignorar algunas de estas asignaturas pendientes no significa sino una apuesta por la retroautonomía. Demasiados poderes políticos, empresariales, sindicales, mediáticos, están empeñados en que Canarias retroceda en sus responsabilidades más urgentes. Las razones de todos estos poderes para que Canarias no madure como sujeto político diferenciado en el contexto del Estado español y de la Unión Europea pueden ser tan inconfesables como incomprensibles, pero ahí están.