Rumeu
y el Atlántico
Juan Manuel García Ramos
Uno de los más solventes albaceas de la obra histórica de Rumeu,
don Antonio de Béthencourt Massieu,
ha sido el encargado de dirigir este encuentro (precisamente Béthencourt acaba de ratificar, en una entrevista reciente,
que sólo se pueden estudiar las peculiaridades de nuestras islas en relación
con su condición atlántica) junto a la capacidad de gestión y de anfitrionazgo de Elena Acosta.
Durante tres días, seis especialistas en lo que nos gusta llamar
A nosotros nos tocó hablar de
Visión de conjunto frente a infinidad de diminutas imágenes, la historia de
unos y de otros pueblos del Atlántico es imposible sin el estudio de las
reciprocidades y de los imaginarios correspondientes.
Lo que recomendó en el año 2000 Elliot es lo que ya
intentó Antonio Rumeu de Armas (aunque el hispanista Elliot no cita ni una sola vez a Rumeu
en las cincuenta y cinco páginas de su conferencia, editada por el Cabildo de
Gran Canaria en el año 2001) en su libro monumental intitulado, en su reedición
facsímil de 1991, Canarias y el Atlántico, que
entre 1947-1950 había aparecido con el rótulo de Piraterías y ataques
navales contra las Islas Canarias, una empresa que se anticipaba a la del
historiador francés Fernand Braudel
con respecto al Mediterráneo con su magna obra El Mediterráneo y el mundo
mediterráneo en la época de Felipe II, de 1949, es decir, publicada dos
años más tarde que la de don Antonio Rumeu.
Decía Elliot sobre el Atlántico: "El Atlántico
es una construcción puramente europea. En esencia, se trata de una invención de
los siglos XV y XVI".
Felipe Fernández-Armesto, otro apasionado atlantista,
también nos recordó en su momento que la civilización atlántica fue tardía con
respeto a otras civilizaciones, como la de los vikingos, ese pueblo escandinavo
que durante los siglo IX al X de nuestra era se extendió por el Mar Báltico y
el Mar del Norte, Islandia y Groenlandia; como el
Islam, que a lo largo de los siglos XIV y XVII invadió el Océano Índico; o como
los polinesios y su dominio del Océano Pacífico, durante los siglos VI-IX.
La civilización atlántica fue tardía, el arte de la navegación existía desde
hacía cincuenta mil años.
Ya hemos defendido en más de una ocasión que a la hora de elaborar nuestra
propia actitud ante la cultura que nos moldea, quizá más que de Canariedad,
nosotros debamos hablar de Atlanticidad.
Somos un pueblo en perpetua proyección, un pueblo sensible y permeable a todo
lo que circula por el océano al que pertenecemos y que lleva y trae tradiciones
culturales tan diversas en un curso y recurso incesante. Una consciencia, un
temperamento general, un carácter de conjunto, en continua evolución y regreso
a nuestros orígenes.
Canariedad como tradición estática; Atlanticidad como tradición dinámica.
¿No se habla de la caribeñidad de Cuba o Puerto Rico,
no se habla de la mediterraneidad de Malta?
Por ese Atlántico ha circulado parte de la cultura universal con todas sus
consecuencias -la cultura de los pueblos del África noroccidental,
el monoteísmo judeo-cristiano; la filosofía
racionalista griega; el derecho romano-: Jerusalén, Atenas y Roma; ese
Atlántico ha sido testigo de las reciprocidades euroamericanas
y de las vinculaciones directas de África con el Nuevo y el Viejo Mundo.
Europa es
Somos lo que somos (
¿Acaso con nuestra mirada puesta exclusivamente en el interior, o viéndonos
proyectados en el exterior que hemos sido capaces de generar con nuestros
sueños, con nuestros viajes, con nuestro espíritu comercial o nuestra capacidad
innata de relacionarnos con otros pueblos? Pudimos ser una cultura regresiva
(como pudo ocurrir en la isla de Pascua, en el océano Pacífico, enfrente de
Chile, con sus estatuas megalíticas, los moais,
o con su escritura aún no descifrada, productos de una cultura superior, acaso
llegada de
Volvemos a repetir una vez más. Si los canarios somos rigurosos con lo que medio
natural significa, no nos cuadra que un archipiélago como el nuestro pueda
asimilarse al medio natural continental africano ni a la cultura generada por
ese medio. Ni 1) por origen geológico: nuestro vulcanismo tan determinante; ni
2) por el escenario natural: nuestra oceanidad, más
decisiva todavía -porque hemos elegido entre la mirada hacia dentro y la
apertura hacia otros pueblos-; ni 3) por la índole poblacional: unas
poblaciones estables en el continente, una población mestiza en Canarias:
descendientes bereberes, normandos, andaluces, castellanos, leoneses, vascos,
lusos, italianos, flamencos, ingleses, holandeses, malteses..., ni 4) por la
curiosidad cultural: tribalismo continental frente a
porosidad a otras culturas por parte de nuestras islas; ni 5) por credos
religiosos: cristianismo o poscristianismo nuestro
frente a la civilización islámica de nuestros vecinos; ni 6) por nuestra
escritura latina frente a otras caligrafías de los pueblos del norte de África.
A pesar de la inmensa obra legada, seguimos echando de menos a don Antonio Rumeu de Armas. Nos sigue haciendo falta su coraje a la
hora de generar el debate sobre las ideas atlánticas. Porque Canarias sólo se
entiende de verdad en esa proyección oceánica, en su diálogo permanente con las
culturas que circulan entre el Viejo y el Nuevo Mundo.