Rumeu y el Atlántico

 

Juan Manuel García Ramos

 

La Casa de Colón, dependiente del Cabildo Insular de Gran Canaria, ha tenido la generosa idea de dedicar esta última semana un seminario sobre Atlántico e Historia como homenaje a la figura de don Antonio Rumeu de Armas.


Uno de los más solventes albaceas de la obra histórica de Rumeu, don Antonio de Béthencourt Massieu, ha sido el encargado de dirigir este encuentro (precisamente Béthencourt acaba de ratificar, en una entrevista reciente, que sólo se pueden estudiar las peculiaridades de nuestras islas en relación con su condición atlántica) junto a la capacidad de gestión y de anfitrionazgo de Elena Acosta.


Durante tres días, seis especialistas en lo que nos gusta llamar la Atlanticidad han planteado sus distintas miradas sobre ese mar un día ignoto y luego encuentro de dos tiempos y dos mundos.


A nosotros nos tocó hablar de la Atlanticidad como concepto cultural y de nuevo volvimos a plantear que cuando estudiamos nuestra cultura insular no debemos remitirla sólo al referente español, ni al sustrato magrebí, tendríamos que incluirla en lo que el hispanista británico John Elliot defendió el 16 de octubre del 2000 en su conferencia de apertura del XIV edición del Coloquio de Historia Canario-Americana, es decir, tendríamos que incluirla en una unificada Historia del Atlántico, una manera de ver las cosas que neutraliza esa otra multiplicidad de visiones parciales que predominan en las últimas décadas.


Visión de conjunto frente a infinidad de diminutas imágenes, la historia de unos y de otros pueblos del Atlántico es imposible sin el estudio de las reciprocidades y de los imaginarios correspondientes.


Lo que recomendó en el año 2000 Elliot es lo que ya intentó Antonio Rumeu de Armas (aunque el hispanista Elliot no cita ni una sola vez a Rumeu en las cincuenta y cinco páginas de su conferencia, editada por el Cabildo de Gran Canaria en el año 2001) en su libro monumental intitulado, en su reedición facsímil de 1991, Canarias y el Atlántico, que entre 1947-1950 había aparecido con el rótulo de Piraterías y ataques navales contra las Islas Canarias, una empresa que se anticipaba a la del historiador francés Fernand Braudel con respecto al Mediterráneo con su magna obra El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, de 1949, es decir, publicada dos años más tarde que la de don Antonio Rumeu.


Decía Elliot sobre el Atlántico: "El Atlántico es una construcción puramente europea. En esencia, se trata de una invención de los siglos XV y XVI".


Felipe Fernández-Armesto, otro apasionado atlantista, también nos recordó en su momento que la civilización atlántica fue tardía con respeto a otras civilizaciones, como la de los vikingos, ese pueblo escandinavo que durante los siglo IX al X de nuestra era se extendió por el Mar Báltico y el Mar del Norte, Islandia y Groenlandia; como el Islam, que a lo largo de los siglos XIV y XVII invadió el Océano Índico; o como los polinesios y su dominio del Océano Pacífico, durante los siglos VI-IX.


La civilización atlántica fue tardía, el arte de la navegación existía desde hacía cincuenta mil años.


Ya hemos defendido en más de una ocasión que a la hora de elaborar nuestra propia actitud ante la cultura que nos moldea, quizá más que de Canariedad, nosotros debamos hablar de Atlanticidad.


Somos un pueblo en perpetua proyección, un pueblo sensible y permeable a todo lo que circula por el océano al que pertenecemos y que lleva y trae tradiciones culturales tan diversas en un curso y recurso incesante. Una consciencia, un temperamento general, un carácter de conjunto, en continua evolución y regreso a nuestros orígenes.


Canariedad como tradición estática; Atlanticidad como tradición dinámica.


¿No se habla de la caribeñidad de Cuba o Puerto Rico, no se habla de la mediterraneidad de Malta?


Por ese Atlántico ha circulado parte de la cultura universal con todas sus consecuencias -la cultura de los pueblos del África noroccidental, el monoteísmo judeo-cristiano; la filosofía racionalista griega; el derecho romano-: Jerusalén, Atenas y Roma; ese Atlántico ha sido testigo de las reciprocidades euroamericanas y de las vinculaciones directas de África con el Nuevo y el Viejo Mundo.


Europa es la Cristiandad latina, el Renacimiento, la Ilustración científica, la Revolución francesa, la industrialización y la Unión Europea, y nosotros estamos vinculados a todas esas iniciativas de una parte de la humanidad.


Somos lo que somos (la Historia) y lo que soñamos que somos (la Literatura). Muchas veces me he preguntado cómo podríamos definirnos mejor los canarios desde el punto de vista cultural.


¿Acaso con nuestra mirada puesta exclusivamente en el interior, o viéndonos proyectados en el exterior que hemos sido capaces de generar con nuestros sueños, con nuestros viajes, con nuestro espíritu comercial o nuestra capacidad innata de relacionarnos con otros pueblos? Pudimos ser una cultura regresiva (como pudo ocurrir en la isla de Pascua, en el océano Pacífico, enfrente de Chile, con sus estatuas megalíticas, los moais, o con su escritura aún no descifrada, productos de una cultura superior, acaso llegada de la Polinesia, luego olvidada), pero pronto optamos por dar pasos adelante, por incorporarnos a la historia de los dos hemisferios confrontados en nuestras propias narices oceánicas.


Volvemos a repetir una vez más. Si los canarios somos rigurosos con lo que medio natural significa, no nos cuadra que un archipiélago como el nuestro pueda asimilarse al medio natural continental africano ni a la cultura generada por ese medio. Ni 1) por origen geológico: nuestro vulcanismo tan determinante; ni 2) por el escenario natural: nuestra oceanidad, más decisiva todavía -porque hemos elegido entre la mirada hacia dentro y la apertura hacia otros pueblos-; ni 3) por la índole poblacional: unas poblaciones estables en el continente, una población mestiza en Canarias: descendientes bereberes, normandos, andaluces, castellanos, leoneses, vascos, lusos, italianos, flamencos, ingleses, holandeses, malteses..., ni 4) por la curiosidad cultural: tribalismo continental frente a porosidad a otras culturas por parte de nuestras islas; ni 5) por credos religiosos: cristianismo o poscristianismo nuestro frente a la civilización islámica de nuestros vecinos; ni 6) por nuestra escritura latina frente a otras caligrafías de los pueblos del norte de África.


A pesar de la inmensa obra legada, seguimos echando de menos a don Antonio Rumeu de Armas. Nos sigue haciendo falta su coraje a la hora de generar el debate sobre las ideas atlánticas. Porque Canarias sólo se entiende de verdad en esa proyección oceánica, en su diálogo permanente con las culturas que circulan entre el Viejo y el Nuevo Mundo.