¿Sachos a pilas?
Wladimiro
Rodríguez Brito
Vivimos en una cultura
mediática en la que apenas se habla de los recursos y de los costes ambientales
de un mundo marcado por los procesos de urbanización. De tal manera que, de los
algo más de 6.000 millones de personas que vivimos en este planeta, las
estimaciones dicen que más del 50% moran en ciudades o zonas urbanas o "bidonvilles" (ciudades de bidones, latas y tablas). La
alimentación ha perdido puntos considerando que la producción de la comida era
un proceso industrial en el que las máquinas y los fertilizantes prescindían
del hombre, es decir, de nuestros campesinos, para todo este proceso y la modernidad
era sinónimo de poblaciones activas en el sector primario inferiores, incluso,
al 3%.
Es curioso que en
Canarias estos días que estamos hablando del crecimiento del paro veamos
nuestros campos balutos mientras las importaciones de
alimentos se han disparado y, lo que es más preocupante, no siempre tenemos
claro dónde comprar dichos alimentos. Es decir, que podemos encontrarnos un día
con dinero, pero sin nada que poner en la mesa. Aquí se ha implantado una
cultura en la que parece que no hace falta nadie en el campo y que todo lo
resuelven las máquinas y fertilizantes y ya solo falta que inventen el sacho
"a pilas".
Entremos en materia.
De las
Veamos más datos. En
Canarias importamos sólo en cereales algo más de 500 millones de kilos, o lo
que es lo mismo, si calculamos que cada hectárea produce una media de 4.000
kilos, la superficie necesaria para producir los cereales que demandamos
superan las
De ahí que estas
líneas pretenden hacer una reflexión crítica sobre el agro, el campo, los
campesinos y la cultura agraria en una sociedad básicamente urbana cargada de
espejismos y sueños que nos pueden dar un disgusto cualquier día. Por ello, el
campo, los agricultores y la cultura agraria no son algo de nostalgia de
románticos frustrados, sino que es algo básico en cualquier compromiso de
presente y futuro de esta tierra. Y, en consecuencia, tenemos que mirar con el
máximo respeto a lo que nos queda en el mundo rural y, por supuesto, a la hora
de comprar alimentos, si es posible, hacerlo con los productos más cerca, más
frescos y que generan trabajo, riqueza y estabilidad a los hombres y los
mujeres de esta tierra.