Salvador Allende

 

Luis Ortega

 

El envío de Alcides Varela me recuerda la celebración continental del centenario del nacimiento de Salvador Allende (1908-1973), el político chileno más notable del siglo XX, inmolado el 11 de septiembre de 1973, durante el cruento golpe militar que dirigió Augusto Pinochet para derrocar su gobierno democrático de mil días. El prodigio informático concentró en tres deuvedés de elaboración casera las ceremonias públicas, con discursos sentidos y pomposos de socialistas, comunistas, incluso democristianos, liberales y extraparlamentarios, todos en pos de la huella del estadista que luchó, hasta el fin, por la democratización de su patria y por la erradicación de las desigualdades que vetaban la justicia y la felicidad de la mayoría de sus compatriotas.


Varela está, como siempre, en una izquierda utópica, igualitaria e internacional, antes combatida por las dictaduras y despreciada ahora por la globalización imparable; por eso cree que, en estos momentos, "los partidos convencionales necesitan invocar referentes morales de tal calado"; sus montajes de noticias y declaraciones, ilustradas con las viejas músicas combatientes -las de Víctor Jara y Violeta Parra- y con una cartelería subversiva, imaginativa y pobre, protestan de la oficialización del mito y la utopía, con la misma energía con la que denunció el golpe del tirano "de comunión diaria y capa azul celeste, como el cielo profanado" y la costosa recuperación de las libertades; sueña para sus nietos gemelos, Pablo y Salvador, lo que ni él ni sus hijos contemplaron: "Un socialismo pacífico y solidario, con sabor a empanada y vino tinto", como pregonaba en sus mítines populares el político carismático en su camino hacia el Palacio de la Moneda, del que salió, "víctima de los traidores, con los pies por delante". Con la sinceridad, lo más valioso del envío, llegaron dos regalos estupendos: el documental sobre la exposición conmemorativa, una bella selección de los fondos plásticos de la Fundación Salvador Allende, con firmas tan representativas del siglo XX como Joan Miró, Antoni Tapies, Eduardo Chillida, Roberto Matta y Oswaldo Guayasamín, entre otros, y una entrañable compilación musical que unió a Joan Manuel Serrat, Pablo Milanés, Soledad Bravo, Silvio Rodríguez (y cantantes y grupos menos conocidos) en un firme compromiso militante, con los que Varela departió al fin en su Santiago de la muerte y de la vida cuando la libertad volvió con canciones y "los estadios de las matanzas se abrieron para los conciertos".


Gracias es todo y poco, amigo Alcides.