Salvemos la Revolución Bolivariana
Marcelo Colussi
"Socialismo
significa que un cocinero también puede ser primer ministro."
Vladimir
Lenin
Luego de
varias décadas de neoliberalismo salvaje, de triunfo absoluto del capital sobre
las fuerzas del campo popular, caída la experiencia soviética, restaurada la
propiedad capitalista en China y con el retroceso de las fuerzas progresistas
en estos últimos años a nivel mundial, la aparición de nuevos aires políticos no
podía ser sino una buena noticia. Esos nuevos aires, esa nueva fuente de
esperanza estuvo dada por la llegada a la presidencia de la república de
Venezuela de Hugo Chávez. Empezó ahí un proceso que, sin ningún lugar a dudas,
revitalizó los anhelos por un mundo mejor, de más justicia y equilibrio.
En sentido
estricto, el fenómeno iniciado en Venezuela a partir de 1998 no fue una
revolución socialista al modo "clásico" de las anteriores
experiencias ocurridas en el siglo XX. Fue un proceso surgido en la estrechez
de la democracia representativa. Pero circunstancias diversas lo fueron
radicalizando y hoy, nueve años después de iniciado, es un espejo donde se
miran muchos pueblos del mundo y organizaciones populares y revolucionarias. Si
está en el ojo del huracán de los ataques de la derecha –venezolana e
internacional– desde ya que por algo será: constituye una afrenta al dominio
absoluto del discurso único de las grandes corporaciones multinacionales, es
una renovada fuente de esperanza para los pobres, para los excluidos de siempre.
Es por todo ello que esa revolución debe ser defendida. Es, hoy por hoy, la
mejor garantía para comenzar a sumar fuerzas en Latinoamérica –quizá en el
mundo incluso– y levantar nuevas propuestas de desarrollo alternativo al
capitalismo depredador y asesino.
Pero hoy más
que nunca, la revolución corre peligro. Por eso hay de defenderla con uñas y
dientes.
Corre peligro
por dos motivos, porque se enfrenta a dos enemigos, tan peligrosos el uno como
el otro: por un lado, libra una batalla a muerte contra su enemigo de clase,
contra la derecha tanto nacional como externa, liderada en este caso por el
imperio dominante en la zona, los Estados Unidos. Pero por otro lado, se
enfrenta a sus propios límites: al reaccionario conservador que inexorablemente
todos llevamos dentro, a los prejuicios, al peso de la historia que no tolera
cambios. Y la derrota sufrida en la consulta popular en diciembre pasado puso
todo esto al descubierto.
En cuanto al
enemigo de clase, la guerra está declarada desde hace tiempo. A poco tiempo de
asumir la presidencia Hugo Chávez y mostrar que no era "un presidente
más" del continuismo petrolero, que comenzaba a representar intereses de
los grupos históricamente marginados y que su acción de gobierno se dirigía a
ellos, las alarmas rojas se encendieron. La oligarquía nacional y el
imperialismo de Washington mostraron los dientes sin tapujos. Vinieron entonces
los ya conocidos golpe de Estado, sabotajes a la economía, la guerra mediática
despiadada. Todo ese ataque, en vez de lograr su destitución, fortaleció la
conciencia popular llevando al gobierno a radicalizarse. El socialismo dejó de
ser la "mala palabra" a la que había quedado confinado durante años,
y las reivindicaciones populares pasaron a ocupar la agenda política. El
proceso bolivariano se fue poniendo revolucionario.
Si bien en
sentido estricto nunca tuvo un talante precisamente marxista, las
circunstancias le fueron dando cada vez más su carácter revolucionario: se
nacionaliza enteramente el manejo del petróleo, se desarrollan políticas de
fuerte contenido social, las organizaciones populares de base comienzan a tener
una participación inédita hasta ese entonces. Surge la idea de un nuevo
socialismo, superador de las burocracias europeas caídas con el muro de Berlín:
el socialismo del siglo XXI. Pero sin entrar en consideraciones sutiles, para
los grandes poderes el solo hecho que un presidente desempolvara una
terminología que se pretendía condenada al museo, al ver que "los negros
de los cerros" comienzan a sentir que son tenidos en cuenta, todo eso
provocó –y continúa provocando– su más enérgica reacción. No importa de qué
siglo será el socialismo en ciernes; por instinto atávico los factores de poder
reaccionan: socialismo es siempre socialismo. Su enemigo son esas clases históricamente
desposeídas que ahora comienzan a sentirse actores, aunque las armas apuntan
hacia la persona responsable de movilizar a esas masas: el presidente Chávez.
La revolución, más que socialista, es chavista. El objetivo de la derecha, por
lo tanto –al menos en lo inmediato– ha sido y sigue siendo sacar de en medio a
Chávez.
Venezuela
posee las reservas petroleras probadas más grandes del mundo. Por tanto, ni la
potencia hegemónica del planeta, Estados Unidos, cada vez más ávida de energía,
ni los sectores venezolanos de burguesía-parasitaria que las manejaron durante
todo el siglo XX, dejarán perder ese fabuloso botín. El objetivo de estos
sectores es terminar de una buena vez por todas con este proceso que les
descuadra sus planes. Para ello son lícitas todas las armas. Además de todo lo
que han intentado hasta ahora, sin éxito por cierto, podremos ver próximamente
la batería de ataques más inimaginable. Desde la intervención militar directa
de Washington –quizá no en lo inmediato, pero nunca descartable– a la
provocación de malestares bélicos entre Venezuela y Colombia, sabotaje a la
economía nacional por medio del desabastecimiento de productos básicos,
acusaciones de narcotráfico y terrorismo hacia el gobierno venezolano con lo
que crear crisis internacionales que justifiquen la aparición de fuerzas
"de paz" externas (OEA, o incluso ONU), creación de climas de
ingobernabilidad (lo que llaman "golpes de Estado lentos o suaves"),
bombardeo mediático perpetuo para crear la desestabilización.
La derrota en
el pasado referéndum del 2 de diciembre ha envalentonado a estos sectores de la
derecha, quienes ya comienzan –con más fuerza que antes– a contar los días para
salir de Chávez, o más aún, de lo que éste representa: la posibilidad de un
paso real al socialismo, al gobierno de los pobres, de los trabajadores, y por
tanto a la propiedad colectiva de los medios productivos.
En este
ataque de la oligarquía radica el mayor peligro que sufre la revolución. Pero
en cierta forma eso no es nada nuevo. Si un proceso político se precia de ser
un verdadero intento de transformación de la realidad social, es de suyo que
tendrá oposición. A toda revolución le sigue siempre e inexorablemente una
contrarrevolución, y cuanto mayor sea la profundidad de los cambios propuestos,
mayor será la fuerza de la reacción. En ese sentido, entonces, nada toma por
sorpresa. Lo cual no dice que no haya allí un peligro enorme. Dice,
simplemente, que eso no sorprende. Sabrá la revolución prepararse para afrontar
esos ataques. Y como de estrategias de combate se trata, una de las dos fuerzas
ganará. Si es la revolución, le permitirá su solidificación. Si es la
contrarrevolución, vendrán las revanchas (y la violencia de clase). Pero como
sea, nadie desconoce que de lo que se trata es de una lucha a muerte con ese
enemigo de clase. No hay, por tanto, reconciliación posible. Es a vencer o
morir. En ese sentido este breve escrito no pretende aportar nada nuevo. La acción
revolucionaria de gobierno y el poder popular surgido de las bases organizadas
ya están concientes de todo esto.
Pero existe
otro enemigo, más solapado, quizá más perverso que la oligarquía que siente
perder sus privilegios y ataca frontalmente. Es la conciencia que nos
constituye, es el peso de nuestros prejuicios. Ahí radica una de las
dificultades más grandes para promover los cambios sociales: la carga de
nuestros prejuicios, de nuestros valores más enraizados. "Es más fácil
desintegrar un átomo que un prejuicio" añadirá sabiamente Einstein.
Además del ataque de la derecha que nos quiere impedir a toda costa ir hacia el
socialismo, hacia una sociedad de mayor justicia e igualdad, contamos con la
dificultad de vencer nuestra propia conciencia que aún no termina de asimilar
lo nuevo.
Eso lo vemos
con elocuencia en esta riquísima experiencia que es la revolución bolivariana.
Sin dudas constituye una alternativa al poder hegemónico del gran capital, pero
no termina de decidirse si quiere ser capitalista o socialista. Y ahí tenemos
un enemigo tremendo, terrible, mortal.
Escribir
estas breves líneas quizá no aporta nada en la lucha contra la oligarquía,
contra el imperio; pero sí intenta abrir este debate –profundamente
autocrítico– en nuestras propias filas. Si no lo hacemos, muy probablemente
estamos condenados a ver fracasar los sueños de esta revolución que vino
creciendo en forma tan hermosa hasta ahora.
No hay dudas
que la derrota en el referéndum puso al descubierto muchas de nuestras
debilidades estructurales. Teníamos en nuestras filas un exceso de
triunfalismo. Quizá este golpe sirva –esperemos que así sea– para revisar,
rectificar y reimpulsar todo el proceso (las "tres R" propuestas por
el gobierno como respuesta a esta circunstancia). Sería francamente horrendo
ver naufragar los sueños de un cambio profundo en Venezuela si se hunde la
Revolución Bolivariana, y por extensión en América Latina que comienza a
levantar la voz e intenta salir del neoliberalismo feroz que aún campea. Pero
para ello necesitamos profundizar autocríticamente lo hecho hasta ahora en
estos nueve años y buscar correctivos de verdad, no remiendos cosméticos.
Este es un
momento crucial de la revolución. Si una sola derrota electoral luego de diez
triunfos en todos estos años de gobierno en distintas elecciones desata este
escenario de preocupación, ello indica que falta mucho aún por consolidar. Lejos
estamos de poder decir que la revolución tiene pies de barro, pero sin dudas tenemos
muchas debilidades intrínsecas, y es ahí donde debemos comenzar el proceso de
revisión y autocrítica. El poder popular dista mucho aún de ser una realidad
con fuerza decisoria, y si bien se cuenta con el aparato de gobierno (la
revolución maneja el principal recurso, el petróleo, y tiene consigo las
fuerzas armadas), las palancas últimas del poder en la sociedad aún siguen en
mano de la oligarquía. Debemos revisar nuestras debilidades para enmendarlas.
Ese es el trabajo urgente, impostergable para que la revolución no fracase.
En estos
momentos se está constituyendo el Partido Socialista Unido de Venezuela –PSUV–,
el partido político de la revolución. Ese es el lugar exacto, y este es el
momento impostergable, para dar estos debates. Hacerlo con honestidad y altura
es lo único que puede garantizar que la revolución siga adelante y triunfe. De
no hacerlo, de dejar pasar esta oportunidad –quizá dejando todo en los hombros
del conductor del proceso, Hugo Chávez, como habitualmente se ha venido
haciendo estos años– sería una tremenda irresponsabilidad, con lo que se
ratificaría otra de las debilidades del proceso: todo descansa en una sola
persona. ¿Cómo construir así el socialismo? ¿Dónde está el poder popular
entonces? Si desaparece Chávez ¿desaparece la revolución también?
Es ahora
cuando deben acometerse estas discusiones, fundamentales para la continuidad
del proceso. De clarificar todo esto, de promover estas batallas ideológicas, de
crecer en esta revisión crítica fecunda, podrán ir saliendo las fortalezas que
permitirán seguir enfrentando los embates de la derecha (que de ningún modo van
a terminar, por cierto). Desprovistos de estas definiciones, librados sólo a la
intuición, al azar, a las respuestas coyunturas o al activismo reactivo,
estamos condenados al fracaso. Y con nuestro fracaso como revolución
bolivariana muy probablemente puedan hundirse también el ALBA y las nuevas
esperanzas que en estos años comenzaron a despertar no sólo en Latinoamérica
sino en todos los movimientos populares a lo largo y ancho del mundo luego de
los desesperanzados años post caída del muro de Berlín.
1) Capitalismo o socialismo. Aquí la revolución tiene un déficit pendiente que
debe definir con urgencia y claridad. Quizá aquí se encuentra su principal
escollo, pues de persistir la actual indefinición, las fuerzas del capital
terminarán imponiéndose. Y la más mínima concesión que se les haga, servirá
para que desbarranquen todo lo conseguido en estos años. Un sistema
económico-social dual, mixto, que dé lugar a capitalismo y socialismo, es
imposible. La historia lo ha demostrado patéticamente en más de una
oportunidad.
Venezuela
sigue sosteniendo muy buena parte de su producto bruto interno (la mitad aproximadamente)
sobre la explotación petrolífera. Pero la todavía débil industria existente, el
sector servicios y la banca pertenecen mayoritariamente a empresas privadas.
Así como están hoy las cosas se corre el riesgo de que el Estado revolucionario
termine siendo sólo el administrador de la renta petrolera, que con buena
suerte regresará a los sectores más desposeídos gracias a una política de
misiones en una especie de aparato ministerial paralelo. Pero eso no es ni sostenible
en el tiempo, ni mucho menos deseable como modelo de desarrollo socialista. ¿Dónde
seguiría quedando la propiedad de los grandes recursos y medios de producción
del país? En el gran capital –nacional y extranjero–, en la oligarquía
terrateniente, en la banca. Eso, de hecho, es lo que está ocurriendo. Y son
esos sectores los que jamás pactarán con su clase antagónica, con los
trabajadores, los que no repartirán nunca sus privilegios; son esos sectores
los que siguen trabajando denodadamente –más allá de llamados a reconciliación
y pactos sociales, de ley de amnistía– para terminar con Chávez y toda la
experiencia socialista que se pretende construir. ¿Quiénes, si no, son los
provocadores del desabastecimiento general que sufre la población, del
encarecimiento del costo de la vida? ¿Cómo aplicar ahí las "tres R"
del proceso de revisión impulsado por el gobierno si, como muy bien lo dijo
Martín Guédez, sólo "retorno y rendimiento de la inversión son las dos
erres del capitalismo"? (a lo que se podría agregar, como
tercera R, represión, cuando la presión social crece mucho). ¿Cómo compatibilizar
dos lógicas que son incompatibles?
Todo esto,
por tanto, nos indica una de las grandes debilidades de la revolución: no se
puede asegurar la construcción de una sociedad de justicia y abundancia para
todos si estamos en las manos de grandes empresas movidas sólo por el afán de
lucro. Y en esto coinciden tanto capitalistas extranjeros como venezolanos.
Ninguna clase capitalista, ninguna burguesía nacional es menos explotadora que
otra foránea. El llamado a un empresariado patriótico hoy, siglo XXI, con una
globalización feroz que ya dividió tajantemente el mundo en regiones según las
planificaciones geoestratégicas de unas pocas potencias, es un imposible. En
Venezuela, país ligado totalmente a los intereses de las clases dominantes de
Estados Unidos y sus correspondientes políticas, hoy día ya no es posible
construir opciones capitalistas independientes sustentables. El último proyecto
de empresariado nacional relativamente autónomo, centrado en su propio mercado
interno, que pudo desarrollarse con cierto éxito en América Latina fue el de
Argentina en las primeras décadas del siglo XX. Pero ante los planes
globalizadores que llegaron hacia fines de la década de los 70, esa burguesía
terminó desapareciendo. Las revoluciones burguesas "modernizadoras"
ya finalizaron. Ahora, lo único que puede mejorar la situación de las masas
marginadas son alternativas no-capitalistas. Por otro lado, el capital no tiene
patria. Incluso en Estados Unidos esto es evidente: sus grandes corporaciones
prefieren invertir en los puntos donde las condiciones permiten las mayores
tasas de ganancia (cualquier lugar del Sur, China, India), aún a costa de
sacrificar parte de su propio mercado interno dejando en la calle a
trabajadores compatriotas. La apelación a nacionalismos parece que no le
importa mucho al capital. Las frías leyes de la ganancia no tienen sentimientos
patrióticos.
Una economía
de puertos asentada en la renta generada por el petróleo (que alguna vez se va
a terminar, por otro lado) que se permite comprar todo en el extranjero, es un
suicidio como nación. Definitivamente la revolución está dando pasos de gigante
en la búsqueda de la autosuficiencia alimentaria (restando muchos rubros aún
por ser encarados también apuntando a la finalización de las importaciones);
pero mientras siga chantajeada por los grandes capitales privados
contrarrevolucionarios como sucede ahora, seguirá en estado precario sin poder
proveer calidad de vida adecuada a la población. Lo cual es una bomba de
tiempo. El presidente Chávez propone perspectivas socialistas heroicas
(terminar el problema habitacional, por ejemplo, o mejoras en las condiciones
laborales de los trabajadores), pero el mantenimiento de una economía
capitalista no lo permite.
Paralelamente
a esta situación de la economía real persiste otro fenómeno, ligado
profundamente a ello: se hace un llamado –vehemente en un sentido, y por cierto
heroico, desde una profunda convicción ética– a construir un nuevo modelo social,
a nuevos valores culturales, a poner en marcha el mundo socialista. Pero al
convivir todo eso con el más descarnado capitalismo, con valores consumistas
muy acentuados por las décadas de cultura rentista que vivió el país, orgulloso
aún de las Miss Universo y de las toneladas de implantes de silicona que
circulan por ahí, se producen cortocircuitos insolubles. Socialismo del siglo
XXI conviviendo con el que se anuncia –no sin jactancia– como el centro
comercial más grande de Latinoamérica... Una vez más: ¿cómo compatibilizar dos
lógicas que son incompatibles?
Si no se
definen estos puntos débiles en forma urgente, la fuerza de la tradición, los
prejuicios, los años –las décadas, los siglos– de cultura capitalista
terminarán imponiéndose. ¿Por qué fracasan tantas y tantas cooperativas pasando
a ser meras empresas privadas? En el proceso de revisión deben encararse estos
aspectos con valentía, con verdadera audacia revolucionaria.
Solidaria de
esa definición clara y honesta del programa que habrá de aplicar la revolución,
debe ser también la política que se seguirá en adelante con el enemigo de clase
en un tema básico como las comunicaciones. ¿Puede el socialismo darse la mano
con el capitalismo? ¿En qué condiciones, hasta dónde, para qué? El proceso
bolivariano, bautizado también la "revolución bonita", se define como
democrático y pacífico. Porque no quiere, o porque no puede, hasta ahora se ha
manejado con una especial suavidad con las fuerzas de la derecha. Hoy, era de
las comunicaciones, marcados todos absolutamente por la cultura de la imagen,
por los moldes mediáticos que van imponiendo al ciudadano común lo que debe y
no debe pensar, el manejo de los medios masivos de comunicación decide el rumbo
político-ideológico y cultural de las sociedades. Venezuela, por supuesto, no
escapa a esta tendencia. Pero hay algo curioso aquí, por no decir preocupante:
la oposición de derecha pasó a tener como especialísima arma de combate a los
medios de comunicación. Ya casi no hay partidos políticos; mucho menos, líderes
con talento. Todo el discurso contrarrevolucionario se juega en los medios. Y
la revolución bolivariana, con esa actitud de no confrontación que la
caracteriza, ha dejado hacer a sus anchas a los medios de oposición.
En tanto
estrategia a largo plazo podría entenderse esa "suavidad" como una
política tendiente a no reforzar el mensaje de dictadura con que la guerra
mediática intenta estigmatizar al proceso bolivariano. Es posible; incluso no
sería una mala estrategia. Pero haciendo el balance de lo que significan esos
medios (televisivos, radiales, prensa escrita, internet) en la conciencia media
de los venezolanos, cabe la cita que nos traía alguna vez Eduardo Galeano de
los patriotas bolivianos del siglo XIX: "hemos guardado un silencio
bastante parecido a la estupidez". ¿No es estar jugando con fuego esta
indefinición?
Si se da toda
esta indefinición peligrosa de parte de la revolución, eso lleva a cuestionar
quiénes y cómo están impulsando este proceso de transformación. ¿Son todos
revolucionarios los cuadros bolivarianos? ¿Se puede impulsar una revolución
socialista con ideología no-socialista? ¿Qué hay que hacer en ese punto para
ayudar a salvar la revolución?
2) Revolucionarios o reformistas oportunistas. Como dijimos en un principio, el proceso bolivariano
no nació, en sentido estricto, como una revolución popular. Por el contrario,
fue más bien una sorpresa para propios y extraños el curso que fueron tomando
los acontecimientos y la radicalización del presidente Hugo Chávez. Fue una
revolución nacida desde arriba que luego fue bajando hacia las bases. Pero una
vez que se dio ese proceso, la relación líder-masas fue indestructible. De
hecho, pocas veces se han visto relaciones así. La población excluida, aquella
que se siente realmente representada por todo este proceso y que encuentra en
Chávez su interlocutor natural –un 60 % de venezolanos y venezolanas– lo ha
defendido y seguramente lo seguirá defendiendo a muerte. Ya fueron muchas las
ocasiones donde ello quedó evidenciado; la más contundente, seguramente, cuando
los acontecimientos de abril del 2002. La revolución no es socialista sino
"chavista". Y ahí viene el problema que todo el proceso debe
enmendar: ¿con quién, además de Chávez, se cuenta para todo esto? ¿Dónde están
los revolucionarios? ¿Hay realmente revolucionarios?
No siendo un
proceso nacido al calor de luchas populares, con dirigentes revolucionarios que
fueron interactuando con la población, no hay precisamente una abundancia de
cuadros socialistas en la dirección de todo el proceso. La estructura básica
del aparato estatal no ha cambiando. Producto de décadas de cultura rentista,
de corrupción generalizada asentada en el clientelismo político, de
ineficiencia asumida como normal y cotidiana, el plantel de empleados públicos
con que cuenta Venezuela no ayuda en nada a profundizar un proceso de
transformación social. Por el contrario: es uno de sus principales obstáculos. La
revolución no parece haber llegado ahí. Tan es así que la estrategia fue buscar
viabilizar los cambios en cuestión por medio de estructuras paralelas a los
ministerios: las misiones sociales.
Por otro
lado, el presidente Chávez nunca contó con un partido revolucionario que fuera
su base real de actuación. Toda su obra depende de su talento, de su olfato
político, de su tremenda habilidad para comunicarse con las bases y de moverse
en los más diversos escenarios. Los aparatos que lo acompañaron en todas sus
movilizaciones políticas nunca fueron partidos en el sentido estricto de la palabra;
en todo caso, no pasaron de maquinarias electorales. Eficientes en términos
pragmáticos, pero carentes de principios ideológicos, de plataformas
elaboradas. Hoy, perdido el referéndum para la reforma constitucional, se hace
evidente ese déficit: ¿con qué estructura organizativa se cuenta, además del
carisma del comandante, para la movilización de la gente, para su participación
real en la toma de decisiones? El PSUV está recién ahora en proceso de
creación, y para diciembre pasado mostró que aún está muy lejos de ser
realmente un instrumento confiable para la organización popular. De la
movilización y el debate fecundos que ahora habrá que dar depende que se
transforme en un auténtico instrumento al servicio de los cambios en ciernes.
En estos momentos es una confusa agregación de corrientes diversas, donde
conviven sectores de burguesía nacional hasta ex guerrilleros marxistas,
oportunistas de toda laya y, ¿quién sabe si no?, agentes encubiertos de la
contrarrevolución. Todo ello con un agravante que, esperemos, no marque su
futuro destino: no tiene aún programa, pero ya se permitió sancionar a algún
aspirante a militante (el diputado Luis Tascón) desde un autonombrado tribunal
disciplinario.
Por tanto, ni
en el Estado ni el naciente partido revolucionario sobran –y muchos menos
tienen un claro poder en su funcionamiento– cuadros comprometidos con el
proceso de cambios. En el Estado hay muchos, quizá demasiados,
"chavistas" oportunistas. Es decir: funcionarios sin ideología, hoy
acomodados a los actuales tiempos políticos, portadores de los ancestrales
valores corruptos que definen a cualquier burócrata, más aún a los que vivieron
por décadas en la cultura rentista-petrolera. Funcionarios con los que no se
puede contar como elementos favorables a la revolución, más allá de las
consignas de turno que puedan repetir, de la apología cosmética que puedan
hacer del líder, de la oportuna concurrencia a marchas con su franela roja. Incluso,
esa doble moral es un peligro tremendo, más aún que los ataques frontales de la
derecha. En el seno del PSUV no es muy distinta la situación; hay honestos
luchadores sociales de toda una vida de militancia. Pero hay también –y no
pocos– oportunistas disfrazados de "chavistas", sin principios,
interesados sólo en su cuenta bancaria personal.
Toda esa falta
de calor revolucionario en parte de la dirigencia es lo que ha ido llevando a
la desmovilización de la población. Hoy se vive un proceso de enfriamiento en
las luchas populares. Acertadamente lo dijo Vladimir Acosta, citando a un
revolucionario amigo, cuando afirma que se vive un proceso de
"teresacarreñización"*: "actos públicos muy organizados, cada uno en
su asiento, cada uno en su fila, pero la movilización popular, el impulso
revolucionario que dan los sectores populares se ha enfriado mucho".
Son los sectores populares excluidos, hambreados y reprimidos desde siempre los
que salieron a oponerse al ajuste neoliberal cuando el heroico
"Caracazo" en 1989 –sufriendo una represión inmisericorde donde los
muertos se contaron por miles–; son esos mismos sectores los que salieron
espontáneamente a rescatar a su líder, el presidente Chávez, en abril del 2002
cuando el golpe de Estado de la derecha reaccionaria y del gobierno de Estados
Unidos; son esos sectores también los que lograron vencer el sabotaje
petrolero, el paro patronal, las provocaciones y ataques de la oligarquía; son
igualmente ellos los que por cientos de miles llenan las calles movilizados
para apoyar a su líder y defender los logros que fue trayendo la revolución.
Pero algo está pasando que en el referéndum del 2 de diciembre no salieron a
votar por una reforma que les traería mayores beneficios. ¿Fue la propaganda de
la derecha que se impuso? (¡otra vez los medios de comunicación!) ¿Fue el miedo
anticomunista sembrado desde décadas el que afloró cuando se habló de paso al
socialismo? Sin dudas todo eso cuenta; y cuenta muchísimo, no hay que
minimizarlo. Pero también cuenta la "teresacarreñización" en curso. La
combinación de esos factores hizo que tres millones de personas, que no son
oligarcas ni tienen propiedades millonarias que defender,
asustadas/desmovilizadas/frustradas, no se molestaran por ir a votar. Con lo
que queremos decir que en muy buena medida esa desmovilización en curso debe
ser profundamente revisada como producto del apagamiento de la llama
revolucionaria. Una revolución sin revolucionarios no camina. La derrota de
diciembre lo dejó claro.
Si ser
revolucionario es haber perdido el sentido de la crítica y de la autocrítica,
si ser revolucionario no es incompatible con los valores del consumismo
capitalista que se dice combatir, si ser revolucionario es sólo ponerse una
franela roja para un acto, todo ello no puede menos que lograr terminar con la
revolución, enfriar los cambios, desmotivar a quien quiera profundizar las
transformaciones sociales y humanas. Si podemos salvar la Revolución
Bolivariana –por supuesto confiamos plenamente en que sí– debemos apuntar a una
profunda revisión de esto: son los sectores más "moderados"
–eufemismo por decir: oportunistas sin ningún compromiso con el cambio, con el
socialismo– los que han ido tomando los lugares más protagónicos tanto en la
estructura del Estado como, al menos así parecieran desear, en el PSUV. O se
cambia eso, o la revolución fracasa.
Ahora bien:
¿quién cambia eso? ¿El comandante Chávez? ¿La movilización popular? ¿O esos
sectores han ido tomando cada vez mayores cuotas de poder en las estructuras y
puestos donde se deciden las cosas siendo ellos quienes imponen las líneas
políticas? Esto lleva a un punto medular que define el destino mismo de la
revolución: ¿quién manda realmente?
3) Liderazgo de Chávez y poder popular. Aquí, distintamente a los apartados anteriores, no
ligamos los dos elementos del título con la excluyente "o" sino que
los acercamos con la incluyente "y". ¿Quién manda hoy en la República
Bolivariana de Venezuela? "Con Chávez manda el pueblo" reza la
consigna. ¿Es cierto? Sí y no. Hugo Chávez es un líder carismático como pocos
en la historia. Sin ser estrictamente de izquierda –es una mezcla heterodoxa
que aúna Jesús con el Che Guevara, un hasta ahora no claro socialismo del siglo
XXI con la empresa privada y la obra de Simón Bolívar–, ha ido más a la
izquierda logrando movilizar a los sectores populares que cualquier partido de
la izquierda. Es un fenómeno mediático-masivo inédito digno de ser estudiado
por la semiótica y la psicología social, sin dudas. Y sin dudas, manda. Y manda
mucho. Pero no tiene todo el poder en Venezuela.
Las
correlaciones de fuerza en el país han empezado a cambiar con la llegada de
Chávez a la presidencia. Pero resta aún muchísimo para decir que "el
pueblo tiene el poder", que "el pueblo manda". Hay,
definitivamente, un protagonismo popular muchísimo más grande de lo que nunca
había habido en la historia nacional; los sectores marginados ahora, por
primera vez, se sienten tenidos en cuenta, participan. En realidad deciden
poco, pero al menos tienen un lugar en la agenda nacional. Por otro lado
Chávez, más allá de la forma en que la derecha nacional e internacional lo
presenta como un dictador autócrata, tiene un poder bastante limitado. Las
fuerzas de la derecha, que no son pocas (empresariado organizado en
FEDECAMARAS, medios de comunicación, universidades, jerarquía de la Iglesia
Católica, embajada de Estados Unidos –que es un factor principalísimo en la
escena nacional–… y por suerte para la revolución, pocos o ningún operador en
las fuerzas armadas), siguen controlando buena parte de los resortes decisorios
de la vida en Venezuela, en lo económico y en lo cultural. Quién detenta el
poder militar es básico en este momento, y por ahora la balanza se inclina hacia
el lado de la Revolución Bolivariana.
Como se menciona
más arriba, dadas las características de este proceso, de cómo surgió y cómo se
fue armando, es la figura de Chávez quien decide mucho (¿todo?) lo que pasa en
el campo bolivariano. Los cuadros intermedios, tanto en el Estado como en las
pasadas maquinarias electorales o el actual PSUV, son engranajes. No habiendo
una línea política clara y definida, estando eso librado en muy buena medida a
los manejos del comandante, en parte librado a la improvisación –en general,
siempre bien inspirado y apuntando al beneficio del campo popular–, esos
cuadros medios no deciden mucho, y por tanto, no han desarrollado un espíritu
crítico que aporte a la conducción.
En el ámbito
comunicacional claramente quien manda es la derecha. Como parte de la guerra
mediático-cultural que define la modalidad de la lucha de clases de estos
tiempos, el imperio ha desarrollado su estrategia de guerra de cuarta
generación, y sus acólitos nacionales la implementan a la perfección. Es ella
quien pone la agenda, quien marca el ritmo. Si ahora, por ejemplo, nos
enteramos que Venezuela es parte del "eje del mal", país cuna del
terrorismo internacional y paraíso del narcotráfico, ello no es sino parte del
montaje mediático. Pero eso fuerza a dar respuestas, a gastar energías en esa
lucha, y el que pega primero, pega dos veces. En política comunicacional el
gobierno no manda. Ahí hay algo que también urgentemente debe ser rectificado.
Para
construir una verdadera alternativa socialista, quienes deben pasar a tener un
protagonismo básico son los sectores populares. Y eso es lo que está en
discusión. Hoy la lucha de clases también está presente en el seno del
movimiento bolivariano (¿cómo no habría de estarla si Venezuela sigue siendo
una sociedad clasista regida aún por los parámetros del capitalismo?). Siendo
un movimiento aún no claramente definido éste (hay ahí "empresarios
bolivarianos" así como sindicalistas de base de línea marxista), de cómo
se dé esa correlación de fuerzas dependerá el futuro de la revolución. En estos
momentos son los sectores más moderados, proclives a la empresa privada y
dispuestos a la reconciliación de clases (léase: pacto social desmovilizador de
las luchas populares) los que parecieran estar marcando el paso. Los sectores
populares, obreros industriales, población de los barrios, movimiento
campesino, trabajadores informales, desocupados, no son quienes están llevando
la iniciativa en la marcha de la revolución. Son los referentes en el discurso
de Chávez, los que han recibido los beneficios de las misiones en los primeros
años del proceso, los que llenan las plazas en las manifestaciones, pero el
lugar que se le asigna al poder popular en la constitución –la vigente y la
propuesta reformada que no fue aprobada recientemente– aún no asegura a esos
sectores una gran incidencia en la toma de decisiones. Tal como está concebido
hasta ahora, el poder popular por medio de los consejos comunales está bastante
restringido a lo local, a lo micro. Las decisiones de orden nacional siguen
viniendo "de arriba". Para muestra –desafortunada, por cierto– la ley
de amnistía con que despedimos el año 2007.
La
construcción de un verdadero poder popular que se articule con el liderazgo del
comandante sigue siendo una tarea pendiente impostergable. Salvar la revolución
de su estancamiento, o peor aún: de su caída, implica por fuerza seguir
avanzando en la construcción de los mecanismos que fortalezcan el genuino poder
popular. Una forma concreta, fácil y transparente de avanzar en ese sentido es
hacer de la elección de las candidaturas de todos los cargos públicos elegibles
–desde concejal en una comunidad rural hasta la presidencia de la república– y
de su revocación o confirmación a mitad del período, un mecanismo automático de
consulta popular. No más un solo cargo a dedo (como ha sucedido hasta ahora), y
todos los funcionarios deben pasar por el tribunal de la ratificación o
revocación a mitad de su mandato. Es el pueblo el que realmente decide: decide
a quién se pone y a quién se saca, decide si su trabajo sirve o no sirve,
decide si lo desean tener en un puesto público o no. Eso, en todo caso, es un
comienzo de sano poder popular. Esas son formas concretas de salvar la
revolución. Si no, ¿dónde queda la democracia participativa, popular y
revolucionaria?
Sin lugar a
dudas el comandante Chávez maneja con mucho tino muchos de los aspectos de la
vida nacional. Quizá demasiados. "Pareces el alcalde de Venezuela",
le dijo alguna vez Fidel Castro. Y ahí
asienta otra de las grandes debilidades de la revolución, que podría echar por
la borda la búsqueda de un genuino poder popular. ¿Puede un proceso de
transformación social asentarse en una sola persona? No, eso es incorrecto.
¿Qué pasa si desaparece esa persona: se termina la revolución? Pero, ¿no es el
socialismo, tal como lo decía el epígrafe de Lenin, la búsqueda de un mundo
donde realmente todos somos iguales, intercambiables en un sentido, donde nadie
es imprescindible y al mismo tiempo todos y todas valemos por igual? Si la
revolución en curso es "chavista", desaparecido Chávez desaparece la
revolución. De ahí el sentimiento triunfal de la derecha –y, reconozcámoslo con
valentía: nuestro sentimiento de desconsuelo– cuando se perdió la justa
electoral de diciembre pasado. Todos sabemos que, hoy por hoy, la revolución es
Hugo Chávez; si ahora no se puede reelegir para las próximas elecciones, ¿hay
que olvidarse entonces de los sueños socialistas, de una nueva sociedad, de la
justicia y la igualdad para todos? ¿No tenemos que buscar enmendar esa
debilidad? Y si efectivamente logran matarlo ¿se termina todo? Y si se muere de
muerte natural antes de completar su período, ¿no hay más socialismo?
Es por eso
que, sabiendo que en la Venezuela actual no es posible el socialismo sin
Chávez, pero conscientes también que sólo con Chávez no puede haber socialismo,
que es imprescindible desarrollar el verdadero poder popular –no el de los
funcionarios chavistas que andan orgullosos con guardaespaldas y carros de lujo–,
debe buscarse la articulación entre ese liderazgo (que no debe ser el de un
"alcalde del país", porque eso es demasiado peligroso) y el poder de
las bases. De esa articulación, con un partido revolucionario real que le dé
forma y contenido (¡partido revolucionario real!, no amontonamiento de
personas), podrá depender el éxito de la revolución. Si no, inexorablemente la
derecha volverá a triunfar y nuevamente serán años de espera y sufrimiento para
el campo popular.
* "Teresa Carreño" es el nombre del teatro más lujoso de Caracas, ahora utilizado habitualmente para actos populares, anterior bastión de la cultura elitesca de la oligarquía venezolana.