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SEMANA
SANTA: ¡TIEMPO DE MIRAR AL CIELO!
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Víctor
P. García
Todas
las celebraciones ancestrales cuyo origen no es otro que la curiosidad, la
investigación y el descubrimiento del ser humano deben formar parte de un
calendario científico festivo entre los que proponemos el solsticio de verano,
el primer plenilunio de la primavera, el solsticio de invierno y los equinoccios.
Como
cada año, y no por las mismas fechas, llega
la Semana Santa, que el Vaticano aprovecha para conmemorar la pasión, muerte y resurrección
de Jesucristo, el niño Jesús, cuyo nacimiento conmemora justa o mejor
injustamente en otra fecha ancestral y memorable, el solsticio de invierno.
Lo
que la iglesia católica, apostólica y romana denomina Semana Santa no es, ni más
ni menos, que la celebración ancestral de una fiesta astronómica, la llegada
de la primera luna llena de la primavera, el primer plenilunio de esta estación,
estaciones que son debidas a la inclinación del eje de
la Tierra
en su movimiento alrededor del Sol.
La
iglesia católica, etc., sostenía que
la Tierra
permanecía fija y que era el Sol el que giraba en torno a la misma. Le cupo a
Galileo el honor de demostrar la idea de Copérnico de que era a la inversa:
la Tierra
tenía un movimiento de traslación alrededor del Sol, lo que no le gustó nada
precisamente a la sagrada institución y le supuso a Galileo una condena a morir
en la hoguera, como si del mismísimo infierno se tratara, o abjurar de su magnífico
descubrimiento ante el tribunal de la también, como no, santa inquisición, el
mismo que condenó a morir en la hoguera a más de cinco millones (51000.000)
de mujeres acusadas de brujería y cuyo único delito no era otro que saber leer
y escribir.
“Eppur
si muove” (sin embargo se mueve) dice la tradición oral que exclamó el bueno
y rebelde Galileo. Fue el concilio de Nicea el que acordó conmemorar la fiesta
de
la Pascua
de resurrección “el domingo siguiente al plenilunio posterior al
equinoccio de primavera”, lo que no constituye una fecha en el sentido
tradicional que se le da a una onomástica, sino un periodo de tiempo, que puede
ocurrir entre el 22 de marzo y el 25 de abril de cada año, que se traduce en
que la muerte y la descabellada idea de la resurrección de Cristo cada año
ocurre en una fecha distinta.
Los
movimientos de
la Luna
con respecto a
la Tierra
ya eran tenidos en cuenta desde la remota antigüedad, lo que dio lugar a los
calendarios lunares, que ayudaban y ayudan tanto a los agricultores y ganaderos
como a los astrónomos y meteorólogos en sus predicciones. Este calendario era
el utilizado por nuestros antepasados, los canarios, como puede comprobarse
todavía en esa brillante lección de geometría aplicada que recoge la famosa
cueva pintada de Gáldar: los cuatro cuadrados horizontales y los tres
verticales representan doce lunas, figura denominada Acano según el prestigioso
profesor e investigador Barrios de
la Facultad
de Matemáticas de
la Universidad
de
La Laguna.
Por
motivos aún no bien clarificados y que atribuimos a interacciones
gravitacionales, este plenilunio desestabiliza la atmósfera con relativa
frecuencia. Un ejemplo reciente lo tenemos en la riada que el 31 de marzo del
2002, domingo de resurrección, asoló Anyashu n Chinet.
Todas
las celebraciones ancestrales cuyo origen no es otro que la curiosidad, la
investigación y el descubrimiento del ser humano deben formar parte de un calendario
científico festivo entre los que proponemos el solsticio de verano, el
primer plenilunio de la primavera, el solsticio de invierno y los equinoccios
que significa "noche igual". Los equinoccios se llaman vernal y
equinoccio otoñal, o autumnal.