Marcelo Colussi
Quizá este no sea un tema de actualidad, de gran importancia, con
implicancias profundas en la vida contemporánea. Quizá no…, pero no deja de ser
preocupante, al menos para los niños que han sido sus víctimas sexuales (que
por cierto no son pocos). Pero además su tratamiento puede enseñarnos algo
acerca de esos patrones de doble moral que tan frecuentemente vemos por ahí...
Y de los cuales
¿Por qué los curas hacen votos de castidad? No lo preguntamos en
el sentido de saber qué significado pueda tener eso en términos teológicos (si
es que lo tiene. Podría preguntarse también desde la psicopatología). Lo
decimos –nada inocentemente sin dudas– para poner esa práctica en tela de
juicio. De lo cual pueden desprenderse otras dos preguntas.
Por un lado: ¿se puede seguir siendo tan “ingenuo” –para decirlo
con cierta elegancia– como para creer que el celibato es posible? Por otro: ¿no
es un absoluto despropósito que alguien que ha vedado voluntariamente, en
nombre de una causa superior, su vida sexual terrenal, pueda erigirse en guía y
consejero justamente en temas ligados a ese campo? ¿En nombre de qué alguien
que borró de su vida lo sexual –al menos oficialmente– puede no sólo dar consejos
sino imponer conductas a otros en ese campo? ¿Cómo unos cuantos varones
supuestamente de vida asexuada pueden dictarles las reglas de su vida sexual a
las mujeres? ¿No tiene esto algo de, además de injusto, profundamente psicótico?
La sexualidad humana, definitivamente, no es algo fácil. Y lo que
en modo alguno es –¿de dónde saldría tamaño
disparate?–, no es ni puede ser, es algo “puro” químicamente. Es, por
antonomasia, el lugar de las contradicciones, de los malentendidos, de los
fallidos. Si queremos jugar con las palabras: es el lugar de las “impurezas”
por excelencia. Siendo un ámbito donde todo se juega en relación a lo que
eternamente se nos escapa, a la no-conciencia es, como mínimo, dudoso
que pueda sostenerse un voto voluntario de toma de distancia respecto a la
sexualidad, o en todo caso, al ámbito más acotado de la genitalidad (la
sexualidad es mucho más que lo genital). La sexualidad, no como instinto animal
sino como campo simbólico, es constitutiva de lo humano. Es, por tanto,
humanamente “difícil” (digámoslo claramente: ¡es imposible!) renunciar a ella,
aunque se declare la renuncia. ¿Por qué los curas pretenderían haberlo logrado?
La prueba de tal imposibilidad se revela en la cantidad impresionantemente alta
de hechos sexuales de que están plagadas sus vidas: paidofilia, relaciones
genitales ocultas, hijos ilegales, novias y novios por doquier. Y valga agregar
–ratificando lo que es la vida sexual “normal” fuera de los ámbitos
eclesiásticos–: relaciones heterosexuales y homosexuales. Lo cual no quita que,
a veces, también sea posible la castidad; aunque: ¿para qué ese martirio del
celibato? ¿Acaso Dios lo exige?
En los
primeros siglos del cristianismo los ritos fundamentales de esa expresión
religiosa podían ser presididos por cualquier cristiano –habitualmente eran
varones, aunque también podían ser mujeres– pero progresivamente, a partir del
siglo V, la costumbre fue cediendo la presidencia de la misa a un ministro
profesional, de modo que el ministerio sacerdotal empezó a crecer sobre la
estructura socio-administrativa que se llama a sí misma sucesora de los
apóstoles. Fue en el Concilio III de Letrán del año 1179 –que también puso los
cimientos de
El Concilio de Trento (1545-1563),
profundamente fundamentalista, refrendó de modo definitivo la anterior mistificación;
y luego la llamada escuela francesa de espiritualidad sacerdotal, en el siglo
XVII, acabó de crear el concepto de casta del clero actual: sujetos sacros en
exclusividad y forzados a vivir segregados del mundo laico. Este movimiento
doctrinal, pretendiendo luchar contra los vicios de la casta clerical de su
época, desarrolló un tipo de vida sacerdotal similar a la monacal (hábitos,
horas canónicas, normas de vida estrictas, tonsura, segregación, etc.), e hizo
que el celibato (la abstinencia sexual voluntaria) pasase a ser considerado
como de derecho divino y, por tanto, obligatorio, dando la definitiva confirmación
al edicto del Concilio III de Letrán, que lo había considerado una simple medida
disciplinar (instancia ya muy importante de por sí porque rompía con la
tradición dominante en
Hasta antes del Concilio de Letrán III hubo
numerosos papas casados y con hijos. De hecho, eso era una práctica común,
nadie pensaba en el celibato. Viendo la historia, pueden mencionarse varios
pontífices casados: San Félix III (483-492, 2 hijos), San Hormidas (514-523, 1
hijo), San Silverio (536-537), Adriano II (867-872, 1 hija). Incluso luego de
ese reaccionario cónclave del siglo XII en Letrán, muchos papas siguieron con
la práctica de casarse y dejar descendencia: Clemente IV (1265-1268, 2 hijas), Félix
V (1439 1449, 1 hijo), Inocencio VIII (1484-1492, varios hijos), Alejandro VI (1492-1503,
varios hijos), Julio (1503-1513, 3 hijas), Pablo III (1534-1549, 3 hijos y 1
hija).
Más aún: después de la introducción del
celibato como práctica obligada en 1563 en Trento, hubo papas que continuaron
su vida sexual, por ejemplo Pío IV (1559-1565, con 3 hijos) o Gregorio XIII (1572-1585,
con 1 hijo). Es decir: la instauración de una medida “administrativo-legal” no
termina de ordenar la práctica cotidiana o, al menos, necesita de mucho tiempo
para acabar por incorporarse plenamente en la cultura diaria. En el mundo de lo
sexual –fuente de equívocos por excelencia, campo donde el deseo prácticamente
no tiene límites– pareciera imposible (¿descabellado?) intentar legislar. Por
decreto me tienen que gustar las morenas… ¿Y qué hago si prefiero las rubias? Y
si a mi prima que es lesbiana le obligan que le gusten los morenos musculosos,
¿cómo hace? ¿Se pueden decretar los días que en que hay que hacer el amor? ¿Puede
alguna legislación borrar la paidofilia?
En otras religiones
distintas a la católica sus guías espirituales no se ven constreñidos a pasar
por ese acto de renuncia, lo cual es mucho más sano. ¿Por qué el Vaticano aún
persiste en esa práctica perversa? Lo criticable en todo esto no es, obviamente,
que los religiosos puedan tener una vida sexual plena; lo censurable es la
hipocresía con que es manejado todo el tema en el ámbito de la institucionalidad
católica: se dice una cosa y se hace lo contrario.
Y a partir de lo
anterior, entonces, podemos llegar a la crítica de fondo: ¿cómo es posible, en
nombre de qué, una institución que establece pública y oficialmente la abstinencia
sexual de sus miembros como su regla de oro, se arrogue el derecho de erigirse
en llave moral de la sociedad, orientando, guiando, estableciendo prohibiciones
incluso, respecto a las normas de vida que tocan directamente el ámbito sexual?
Ello, justamente,
lleva a pensar en que algo de la edificación moral que constituye nuestro mundo
occidental y cristiano no anda muy bien. ¿Cómo es posible que varones intolerantes,
misóginos, que no saben nada –ni quieren saber por decisión expresa– de la
sexualidad femenina, puedan dictaminar qué hacer y qué no hacer respecto al
aborto, a la planificación familiar, al divorcio, a cómo criar los hijos? Suena
extraño, ¿verdad?
¿No será hora de ir
desenmascarando tanta hipocresía?