Hacia el shock
petrolero
Juan Jesús Bermúdez
Al terminarse el petróleo abundante, el Mundo
registrará permanentes subidas de precios, aunque bien es cierto que una depresión
económica profunda podría retraer temporalmente el consumo de crudo en muchas
economías, y aliviar temporalmente este ascenso. Sin embargo, la gran demanda y
dependencia existente hoy en los cuatro puntos cardinales del Planeta permite
pensar que, aunque progresivamente los países se vayan descolgando de forma
trágica del mercado de adquisición de materias primas energéticas, alimentarias
o de otro tipo –la descomposición aguda y violenta que sufren algunos países
africanos, asiáticos y americanos es un síntoma evidente de colapso
socioeconómico de quienes difícilmente pueden afrontar los costes crecientes–
es previsible que se mantengan precios importantes y crecientes para quienes,
cada vez menos, puedan pagarlos en esta nueva era histórica del “racionamiento
creciente del petróleo (y otros bienes) por el precio”.
Un shock es un proceso de
inevitable ajuste de la demanda constante o creciente a una oferta decreciente:
es un fenómeno que se puede ya vislumbrar en decenas de países, en forma de desabastecimiento
puntual, subidas de los precios de casi todo, acaparamiento, desempleo,
conflictos sociolaborales y, en última instancia, el recurso a la dolorosa
emigración o a la violencia sin tapujos, desde el Estado o por parte de
facciones sociales de cualquier tipo. Este ajuste viene dado, en la cuestión
petrolera, fundamentalmente, por motivos geológicos: no se ha descubierto
crudo suficiente en las últimas décadas para sustituir a los supergigantes yacimientos que suministran al Mundo; así,
pese a que en el periodo 1980-2002 se perforaron 6 veces más pozos de petróleo
que en el periodo 1963-1980, únicamente se pudo extraer un 50% menos. Como
resultado de este hecho, desde los 80 el consumo global bebe de forma creciente
de los llamados “supergigantes” yacimientos antiguos
con más de 30 años de existencia, que en más de un 70% suministran de crudo al
Planeta, aunque muchos de ellos no pueden ya incrementar físicamente su
producción o se encuentran en franco y terminal declive. Más aún, esta
situación de inevitable “estrés” petrolero – un líquido esencial para entender
nuestra civilización - lleva, lógicamente, a los países productores a
planificar medidas de descenso de las exportaciones, sabedores como son del
valor estratégico de sus hidrocarburos para los próximos tiempos.
La diferencia de este shock
que ya se vislumbra – cuyo detonante puede ser un jueves negro de la
burbuja financiera, un conflicto bélico, o cualquier otro episodio puntual
consecuencia (y no causa) de ese déficit de la oferta para atender la demanda
creciente –, con los que han vivido ya las economías occidentales en 1973 y
1980, es su carácter más o menos permanente y creciente. Es una tendencia
históricamente muy diferente a la vivida con anterioridad donde, aunque se
conocían, no se habían alcanzado los más que probables límites globales de
producción y declive posterior en el que nos encontramos hoy.
Intentar aliviar ese ajuste podría formar parte de
nuestra agenda social y económica, si no fuera porque nos negamos a aceptar que
exista ese “límite del crecimiento”, y seguimos planificando mantener el status
quo actual, pensando en un crudo que no existe o con alternativas tecnofantásticas que no lo son realmente. Mientras no
queramos atender a las advertencias de tantos conocedores de las evidencias geológica,
física y energética, sólo cabe esperar a que un shock
petrolero nos despierte, para bien, de este letargo acomodaticio y con muy poco
futuro que supone el mirar para otro lado en tiempos de crisis energética.