¿Por qué seguir siendo socialista?
Marcelo Colussi
Desde una posición triunfalista, casi con
desdén, el discurso de la derecha puede mirar socarronamente a la izquierda
mostrando su "fracaso" en el siglo XX. Por cierto que hoy, luego de
lo sucedido en las recientes décadas, elementos no le faltan para hacer el
señalamiento. Los primeros experimentos de socialismos reales del pasado siglo
no terminaron muy bien, y después de la caída del muro de Berlín y todo el
campo soviético, más los elementos de restauración capitalista en China, el
discurso hegemónico de la derecha se siente imbatible. Aunque la historia, por
cierto, no ha terminado.
Como dijo el brasileño Frei
Betto: "El
escándalo de
Ahora bien: ser socialista, seguir abrazando el
ideario socialista, seguir esperanzado en un mundo con mayores cuotas de
justicia, no es una cuestión de pura fe, de creencia dogmática, ciega,
irreflexiva. A una religión se la puede seguir por una pura cuestión de
convicción, exclusivamente pasional, ilógica si se quiere. Más allá del
análisis, incluso, se puede seguir una creencia dejándose arrastrar por la
corriente. Pero seguir firme en el ideal socialista es otra cosa. Por cierto,
mucho más que dejarse llevar por la corriente, ser socialista sigue siendo una
decisión sopesada, una decisión en la que hasta nos puede ir la vida incluso,
pero que se alimenta de un profundo principismo, de
una ética firme. Optar por el socialismo es seguir teniendo sensibilidad
social, preocupación y respeto por la dignidad humana. Es seguir creyendo
firmemente en la justicia, en que lo más importante para un ser humano es otro
ser humano.
Seguir optando por el socialismo no es hacer
una apología del amor al prójimo. La experiencia milenaria de la vida y las
modernas ciencias sociales nos enseñan que el amor incondicional, el amor por
el amor mismo no existe (los dioses omnipotentes podrán amar en forma absoluta.
Los humanos de a pie, más modestamente, amamos en forma parcial, fragmentaria,
con cuentagotas). Pero sí existe el respeto –y hay que forjar una cultura que
se base en él; eso es el socialismo en definitiva–. Aunque no amemos
incondicionalmente al otro (¿podríamos amar de verdad a todo el mundo?, ¿no
tiene algo de mesiánico eso?), podemos y debemos respetarlo. Y la injusticia,
en cualquiera de sus formas (explotación económica, subordinación de género,
discriminación étnica) es una forma de irrespeto.
La otra opción que tenemos frente al
socialismo, el capitalismo, la sociedad asentada en la explotación de una clase
social por otra, ya hemos visto hacia dónde puede llevarnos: sólo hacia un
holocausto como especie. El afán de poderío, la búsqueda interminable por la
supremacía –cosas que pudiéramos estar tentados de tomar como naturales, como
factor espontáneo de nuestra humana condición, pero que finalmente se descubren
como construcciones culturales, históricas– no pueden ser el norte de la vida.
Si lo son, ello depende de una historia que no nos da otra salida, que nos
lleva a valorar un teléfono celular o una botella de whisky
por sobre otro ser humano. Y ahí radica justamente el trabajo revolucionario,
el ser socialista: se trata de cambiar ese mundo, esa historia, esa conciencia.
Si se quiere: de ir contra esa corriente.
El capitalismo, la sociedad basada sólo en
el lucro personal, olvida el respeto. Si el motor último de la vida es "la
ganancia", amén de ser una vida muy pobre en términos de valores humanos,
como construcción social eso es una bomba de tiempo. En nombre de su búsqueda
se puede sacrificar la naturaleza completa (la actual catástrofe
medioambiental), se generan contradicciones tan profundas que ya no tienen
marcha atrás y se vuelven luego inmanejables (sectores sociales
"respetables" que viven defendiéndose de los "excluidos"
que reclaman su lugar en el mundo, Norte rico "invadido" por pobres
que escapan del Sur excluido), todo lo cual genera una bomba de tiempo que por
algún lado estalla. O, peor aún, en nombre de defender las ganancias obtenidas,
se producen guerras tan mortíferas que ponen en riesgo la habitabilidad misma
del planeta. De liberarse toda la energía nuclear contenida en las armas
atómicas de que dispone la humanidad hoy día, se produciría una explosión tan
monumental cuya onda expansiva llegaría a la órbita de Plutón… Pero ello no
impide que cada siete segundos muera de hambre una persona en el mundo, siendo
el hambre –¡el hambre y no la guerra!– la principal
causa de muerte de nuestra especie. ¿Triste? ¿Indigno? ¿Tremendamente pobre?
Eso y no otra cosa es el capitalismo.
La derecha podrá mostrar –con razón en
muchos casos– que los experimentos socialistas tuvieron innumerables errores:
verticalismo, abuso de poder, falta de libertades públicas, nepotismo,
ineficiencia, burocratismo, culto a la personalidad de los líderes y una
interminable lista de lacras y mezquindades vergonzantes. También la izquierda
lo dice en una visión autocrítica de esas experiencias. Ahora bien: de la
derecha ya nada se puede esperar, sino más de lo mismo: explotación, saqueo,
injusticia, consumismo voraz….
Y el abuso de poder no es un invento del
socialismo. Por tanto, el único camino que brinda aún esperanzas sigue siendo
el socialismo. Con sus errores, defectos y mezquindades. Pero con esperanza al
final del camino.
Las sociedades basadas en la explotación de
clase no ofrecen salidas y son, inexorablemente, una afrenta a la equidad entre
humanos. Con un horizonte socialista, sabiendo de los errores que cometemos y
sabiendo que hay que enfrentarlos, queda al menos la esperanza respecto a que
se busca la justicia, que vamos más allá de pobreza de la "salvación"
personal. La vida es demasiado indigna si se mide por la cantidad de dinero que
tenemos depositada en la cuenta bancaria, por el automóvil que usamos o por la
ropa que llevamos. Pues como dijo el poeta[escritor]
canario Víctor Ramírez, "aunque no
haya motivos para la esperanza, siempre tendremos razones para la
dignidad".
Y el socialismo es dignidad.