¿Sociedad del conocimiento?
Juan Jesús Bermúdez
Los estudiosos del medio rural, y los que
minoritariamente optan –de forma meritoria, anónima, a contracorriente y
en ausencia de reconocimiento social– por seguir
cuidando el suelo, semillas y prácticas agropecuarias y artesanales seculares,
para aplicarlas en la vida diaria e intentar conservar ese legado, advierten
día sí y día también que se mueren los viejos que tienen la mayor parte del
conocimiento que permitía el sustento a la mayoría de la población de las Islas
hasta hace muy pocas décadas, y durante el conjunto de nuestra Historia.
Normalmente, los conocimientos se heredaban con la
práctica diaria de los oficios y la vida cotidiana de las familias, en una vida
de verdadera parquedad de medios con la que, sin embargo, el humilde entorno
familiar y productivo se procuraba las técnicas, semillas, prácticas más
diversas, para poder alimentarse y alimentar al ganado, vestirse y cobijarse,
sanarse y poder cantar coplas que tenían forzosamente que improvisar o
aprender; también para intercambiar y conservar alimentos o historias que no se
debían olvidar. Esa sociedad antigua que hoy mayoritariamente se repudia o se
ignora en su conjunto, gestionó una masiva fuente de conocimientos de forma oral,
con comunicación directa e inveterada, y claves importantes para desenvolverse
en un medio de escasez de recursos del exterior.
La particularidad de todos esos conocimientos es que
eran extraordinariamente diversos y adaptados a cada medio, a entornos muy
concretos: probablemente nunca circuló tanta información específica y
especializada entre personas que hoy consideraríamos iletradas, como en esas
décadas en las que se conocían los ciclos de las plantas comestibles y sus
variedades y cuidados principales; se daba nombre necesario a cada rincón de
barranco; o se conocía cómo armar una yunta o preparar el complejo proceso de
elaboración del gofio o de la confección de tal pieza de ropa, ungüento, fiesta
local o reparación de tal o cual aparejo. Era el hoy redundante I+D incrustado
en la vida de decenas de miles de conocedores de su zona, verdaderas
bibliotecas vivas, hoy olvidadas.
Se da la circunstancia de que todo ese inmenso
conocimiento necesita estar vivo para ser real. Si no se traspasa y ejecuta la
práctica cotidiana diversa entre iguales, muere con sus transmisores truncados,
para siempre. De hecho, Canarias está perdiendo en
estos años la mayor fuente documental y del conocimiento de su Historia, en su
inmensa mayoría nunca escrita, cuando fallecen sus mayores. Como casi nadie se
ocupa de hacer lo que se hizo generación tras generación, esa pérdida es
definitiva e irrecuperable para el conjunto social.
Hoy, sin embargo, nos mofamos de ser la “sociedad del
conocimiento”. Una sociedad atrapada que, cuando le bajan la palanca de la luz
eléctrica, se vuelve inútil porque no sabe o puede hacer casi nada. Vivimos en
una entelequia enchufada al conocimiento televisivo y electrónico, atrapaba
literalmente en el mundo virtual ya programado y cocinado por la industria
globalizadora, que nos hace clones de supermercado y amasijo homogéneo
únicamente distinguible por el salvapantallas del
móvil. Nos enorgullecemos de muchos grandes avances en la formación de los
ciudadanos, precisamente cuando menos sabemos de cómo vivir con poco, o sin el
frágil pero masivo apoyo de lo que entra por puertos y aeropuertos, y cuando
menos tiempo podemos estar sin apretar un botón. Nos hemos convertido en
sólidos ciudadanos tecnológicos, despreciando groseramente lo manual, en
trasunto de pueriles coleccionistas de cualquier engodo
de la sociedad de consumo. Sabemos de fórmula 1 pero no cómo plantar para
alimentarnos. Somos la sociedad del desconocimiento de lo vital, y andamos
sonámbulos, presurosos tras el último ingenio electrónico, para ser cada vez
menos autónomos y cada vez más piezas de engranaje autómata, encerrados en los
autos y viviendas que procuramos llenar con lo último, en una dinámica que
tiene el ciclo vital de la moda, el triunfo de lo efímero y lo caduco frente a
la permanencia y contundencia del conocimiento generacional. Todo un logro de
esta moderna sociedad del conocimiento el que hoy desconozcamos tanto lo real.
Un agradecimiento a los que se desviven para que esto no ocurra, en su trabajo
diario y casi anónimo con los mayores de Canarias.