Un Sol de gato
Agapito de Cruz Franco
Los
sentimientos son cosa de nosotros los animales. Las personas -máscaras según
los antiguos- nacieron para ocultarlos. Tu mirada, Sol, estaba llena de mundos donde
no existía la máscara. Una mirada profunda que nos observaba y sabía de
cualquier gesto, caricia, palabra, afecto -que es la palabra más perfecta-. Una
luz, la de tus ojos, que se apagó una noche, y continúa en los ojos de todos los gatos.
En
agosto te fuiste al país de nunca jamás. Pero sigues en nuestra memoria. Agazapado
entre los circuitos informáticos. Nos miras cuando se enciende el teléfono móvil.
Cobras vida cuando Eva, en el Ayuntamiento,
te fija en el escritorio de su ordenador. Y con Magarza y Leyma que preguntaban por ti. O Goldmann, que te
llamaba bendito Sol, mientras hablaba
de la ecología profunda y de crear una nueva cultura plenamente insertada en
los ecosistemas y que acabara con el dominio de nuestra especie.
Con
las lluvias, en ese lugar donde duermes para siempre y que fue todo tu mundo,
han brotado flores amarillas. Y los flamboyanes no paran de ponerse rojos. Y la
yuca que crece a tu lado está más verde que nunca. Pero la buganvilla -que
vestía el suelo de violeta- ha dejado de hacerlo. Y la parchita se ha secado
porque ya no puede jugar contigo, y ayudarte a entrar por la ventana para buscar a Mila en esas
noches tuyas de amor y luna nueva.
Tus
amigos te llaman. Y se paran junto a la puerta maullando. Y no saben qué pasa. Yo
no sé cómo explicarles que te pueden encontrar siempre en el cielo con
Tus
12 años junto a nosotros fueron tu vida. Tus días haciendo malabarismos. Persiguiendo
imaginarios perenquenes que te espantábamos. Tu mirada interrogante cuando nos
íbamos. Tu presencia llena de gemidos al regresar y que solo tú y nosotros
conocemos. Los veranos donde recibías al resto de la familia. ¿Te acuerdas de Irene que venía a verte desde Firgas?, ¿De Uali que vive allá en el desierto?, ¿De Magdalena, Lucía o Ana
que incluso tú eras más grande que ella?, ¿De Juan Andrés que fue el primero que te vio cuando despareciste?, ¿De Guaci a la
que le encanta la gente como tú? Y qué decirte de esos inviernos que para ti
eran un alivio con ese pelo tuyo de bosque de Noruega.
Sabías
del Norte y del Sur. De la calle Nueva de
Sabías
mucho más que nosotros. Como cuando ronroneabas junto al teclado buscándonos
palabras. Con tu desaparición nos devolviste a la terrible soledad de la vida y
de la muerte. Nos demostraste la elegancia de lo caduco. Sin fantasías eternas.
Nos encontraste y te fuiste de nosotros como algo natural. Sin aspavientos ni
esperanzas. Cumplido tu ciclo. Que lo demás es cosa de personas. La vida como
eternidad que escribía Blas de Otero.
Yo
sé que esperaste a que regresara. Y cuando te curábamos, tus ojos nos devolvían
lágrimas. Pero por la tristeza que debías ver en los nuestros.
Y
esa noche, tras tu último camino a