Su dinero no existe

 

Juan Manuel García Ramos

 

Cuando en nuestra vida particular superamos algunos obstáculos vemos cómo aumentan nuestras propias fuerzas para enfrentar próximas adversidades. La lucha fortalece siempre que no termine con nosotros. Le sucede a las personas y le sucede a los pueblos.


Valga esta reflexión como pórtico a algunos pensamientos no demasiado optimistas sobre nuestra actualidad.


El domingo pasado, sin apenas darme cuenta, empecé a leer un periódico de información general y de extensa tirada por sus páginas sepias, las de economía, y cuando llevaba recorridos dos o tres artículos caí en la cuenta de que era la primera vez que abría y leía un diario a partir de esa sección especializada.


En estos días, todos estamos un poco obsesionados con la economía. Las familias, las instituciones, los países y hasta los continentes. Una ola recorre el mundo y desestabiliza sistemas económicos sin contemplaciones.


Declaraciones de jefes de Estado y de Gobierno producen en nosotros más sobresaltos que sosiegos, sobre todo las del presidente del Gobierno español y su ministro de Economía y Hacienda, que hasta hace unos meses negaban a diestro y siniestro que la crisis mundial avanzara a la velocidad que ya había alcanzado a la vista de casi todo el mundo.


El debate pre-electoral entre Pedro Solbes y Manuel Pizarro quedará para la posteridad como el ejemplo más acabado del cinismo político. Todo lo que dijo Solbes en ese encuentro era mentira, todo lo que dijo Pizarro era verdad, pero los medios de comunicación afines al gobierno de Zapatero se encargaron de demostrarnos la profesoral competencia del ministro y de ridiculizar las tesis del aspirante, y así pusieron las urnas a favor de la opción socialista. Once millones de papeletas cayeron de ese lado.


Lo cierto es que a la vuelta de la esquina nos esperaba lo que nos esperaba: desempleo en cascada, inflación incontrolada, desfondamiento financiero y estupefacción gubernamental sin capacidad de respuesta.


Pero lo peor no es eso. Yo me he empezado a preocupar cuando he oído hablar de la cobertura de garantía de las cuentas corrientes y de los depósitos bancarios de los ahorradores, es decir, cuando he oído hablar al Gobierno del Estado de que esos ahorradores tienen asegurado hasta un nivel de 100. 000 euros por titular y entidad financiera en caso de quiebra del sistema. En resumidas cuentas, se trata de tranquilizar a los impositores para que no vayan disparados a las oficinas de sus entidades a sacar las perras.


Claro está que cuando a esos ciudadanos quienes les garantizan esa cobertura son el mismo presidente y el mismo ministro de Economía y Hacienda que hace unos meses negaban la existencia de cualquier tipo de crisis y se quedaban tan frescos, la capacidad para tranquilizar es muy relativa. Yo diría que nula, y deseo equivocarme.


No sé cuándo empezará el pánico atávico, y espero que nunca se produzca y seamos capaces de remontar estos momentos tan críticos de desconfianza. Pero hay un sonido sordo y estremecedor que va por debajo de lo que todo el mundo piensa por arriba. Una inquietud que se reproduce sin descanso y que puede acabar en estampida.

En mi memoria tengo una crisis económica sufrida en Tenerife en 1976 que no es comparable a lo que sucede hoy, pero que puede valer como trailer de una futura hecatombe.


En aquel año una pequeña agencia de préstamos, la de José Santaella Tuells, vio desaparecer a uno de sus apoderados y admitió un descubierto de unos trescientos millones de pesetas. Los propietarios intentaron frenar la noticia y paliar la situación acudiendo a otras entidades financieras en busca de auxilio de liquidez, pues sus activos eran muy superiores a su pasivo. Vano intento. A la semana, el resto de agencias de préstamos de Santa Cruz y de La Laguna, en especial los Santaella Cayol y los Quintín Melo Benito, se vinieron abajo como un castillo de naipes. Los pequeños ahorradores acudían desconcertados a estas oficinas a salvar sus humildes fortunas de trabajadores del campo, de emigrantes americanos, de pequeños y medianos empresarios, de jubilados en precario, de viudas desesperadas: su dinero había dejado de existir.


Empresas tabaqueras, agrícolas, de automóviles, que vivían con créditos de estas agencias, también desaparecieron en muy poco tiempo agobiadas por sus descubiertos y la falta de respaldo. Una catástrofe que se llevó por delante algunas vidas y la salud y la esperanza de muchos paisanos inocentes, todos ellos víctimas de un sistema económico que creían imperecedero. Estas cuatro o cinco agencias de préstamos manejaban en esos años el diez o el quince por ciento de los depósitos de fondos de la provincia de Santa Cruz de Tenerife. Como dijimos, todo esto sucedía en unos pocos días, aunque luego los pleitos, tras las consiguientes suspensiones de pago, continuaron durante años y años, y no sé si todavía caracoleará algún expediente por los juzgados de nuestras islas.


Esto es a pequeña escala lo que puede suceder a gran escala. Aunque no se trata de ponerse pesimistas, sino de conocer la pequeña historia siempre aleccionadora.


Como dijimos, todas esas agencias de préstamos disfrutaban de activos muy superiores a sus pasivos, pero la desesperación de sus clientes las precipitó en el abismo después de gozar de estructuras de funcionamiento que nada tenían que envidiar a bancos o cajas de ahorro de la época: libretas de ahorro, cuentas a plazos fijos con intereses muy por encima de los que ofrecían las entidades oficiales, oficinas abiertas al público, atractivas ventas inmobiliarias.


Hoy la crisis que sufren Estados Unidos y Europa es de otras dimensiones financieras, por supuesto, pero es también una de las crisis clásicas del capitalismo. Para Carlos Marx -quién iba a decirnos que tendríamos otra vez que acudir a él-, las crisis formaban parte de la naturaleza misma del capitalismo y se generaban por la forma de comportarse los propietarios de los medios colectivos de producción y por la gestión de las plusvalías.


Demasiados jefes de Estado y de Gobierno de nuestros días se han referido a la codicia de algunas entidades financieras a la hora de manejar sus negocios, pero, como dice un buen amigo, todavía no se sabe de ninguno de estos tiburones del lucro que haya ingresado en una cárcel por hacer mal las cosas.


También está de moda hablar de las políticas anticíclicas, esas políticas orientadas a prevenir o evitar las crisis. Y cuando uno oye estas cosas lo primero que se le viene a la cabeza es cómo un país como España, con sus gobernantes de turno, puede invocar ahora esas políticas anticíclicas, cuando esos mismos gobernantes de marras han sido incapaces de aceptar la mera existencia de la crisis cuando ya la teníamos encima.


Vamos a confiar en que nuestro dinero existe y está a buen recaudo en los bancos y cajas de ahorro. No corramos que es peor. Esto es lo que me digo cada noche cuando me entra el insomnio y le rezo un par de padrenuestros a Zapatero y a Solbes. Dios nos coja confesados.